Eugenio, un zapatero remendón de La Habana Vieja

Por Ivett de las Mercedes

HAVANA TIMES – En Cuba, el tiempo de uso y explotación de electrodomésticos, automóviles, bicicletas y cualquier otro tipo de artículo es diferente al de otros sitios del planeta. No es de extrañar que en pleno siglo XXI los reparadores de calzado tengan una alta demanda. Eugenio Méndez de la O, trabaja de zapatero remendón desde hace 25 años, en uno de los portales de la calle Villegas. Desde el mes de mayo está cumpliendo con el aislamiento social, pero antes conversó con Havana Times.

HT: El trabajo que usted realiza es solitario. Pasa mucho tiempo dedicado a las puntadas. ¿Cómo comenzó en esta labor?

Eugenio Méndez: Fue algo casual, cuando adolescente, cerca de mi casa, en Lawton había un zapatero remendón. Un día necesité de sus servicios. Mis únicas botas se habían descosido. Mi madre puso el grito en el cielo pues no podía ir a la escuela, así que no me quedó de otra que acudir al viejo remendón. 

Recuerdo que el zapatero no me quiso cobrar porque era amigo de la familia. Me senté a su lado y observé cómo introducía la aguja, ponía el hilo y cosía. Me impresionó su agilidad y la calma con que realizaba su trabajo. Yo estaba harto de la escuela y necesitaba dinero, ya tenía novia, y mi padre se había ido de casa. No lo pensé dos veces: le pedí que me enseñara. Al mes ya era su ayudante. Es cierto que es una labor solitaria, a veces si nos dan conversación corremos el riesgo de cometer errores. Por lo menos yo me paso mucho tiempo pensando.   

HT: ¿El proceso de adiestramiento resultó difícil?

EM: Al principio me costaba mucho introducir la aguja, pero con el tiempo me di cuenta de que no era fuerza si no maña. En lo que él terminaba seis zapatos yo solo cocía uno. Pero lo cierto es que también tuvo mucho que ver la tranquilidad, estaba a tope de gritos y broncas y el trabajo manual fue un respiro en medio de tanta tormenta. Es increíble como uno puede sentirse bien en un trabajo tan sencillo y tan mal mirado. Para la gente un zapatero es alguien inferior o simplemente invisible. Mi madre nunca se conformó, aunque desde entonces nunca faltó un plato de comida en casa.

HT: ¿Las relaciones entre el profesor y usted fueron buenas?

EM: Si, tuve mucha suerte. El hijo de Ramón se había marchado al extranjero. Al principió me sentía extraño con sus atenciones y su forma de hablar. Jamás conocí a un hombre tan tranquilo y educado, la realidad es que no solo me enseñó el oficio de zapatero. Mi padre nunca tuvo paciencia conmigo, era mecánico y no me enseñó a poner ni una tuerca. 

Todo ocurrió gradualmente, como si no hubiera intención en ello. Por ejemplo, nunca necesitó decirme que tenía que ser amable con los clientes, sobre todo con los ancianos, a los que él les cobraba menos. Fue su forma de ser la que me fue amansando el carácter. Mi madre fue la primera en darse cuenta. En un año yo era otro.

En ocasiones cuando atendía un cliente conflictivo que no quedada conforme con su trabajo, él buscaba un pretexto para ir a la trastienda y yo tenía que resolver el asunto solo. Créame que me enfrenté a cada tipo en esos primeros años que estuve muchas veces al borde del infarto. Hoy cuando alguien viene en mala forma a reclamar algo, le aseguro que se va convertido en un cliente para toda la vida y si no, sin chistar le doy la dirección de otro zapatero para que resuelva. Lidiar con el público no es fácil, hay que tener mucha paciencia.

HT: ¿Qué materiales usas? ¿Son difíciles de conseguir?

EM: Los materiales los consigo muchas veces en la feria de la Cuevita, en San Miquel del Padrón, sobre todo las suelas para las sandalias y los tenis. Con ese mismo pliego de goma confecciono l as chapitas de los tacones. El baje y el dermoduro, que son los pegamentos que más se utilizan, muchas veces se pierden. A veces tengo que ofrecer una buena cantidad de dinero por esos dos productos que siempre son obtenidos en el mercado negro. En cuanto al hilo encerado, lo compro en cantidades. Además. trato de utilizar el material de los zapatos que algunas personas desechan, así como las suelas en buen estado. 

HT: Imagino que hay altas y bajas como en todo negocio

EM: Como en todos los negocios en Cuba.  La temporada alta es cuando llueve. Parece que los zapatos los están pegando con algún material defectuoso y en cuanto sienten el agua se despegan. Hay momentos en que tengo sacos de calzados, incluyendo sandalias, y no tengo tiempo ni para almorzar.

HT: ¿Cómo ajustas el cobro del producto? ¿Le exige el Estado alguna tarifa especial?

EM: Mi oficio es de oferta y demanda, no tengo nada que ver con el Estado. Hay zapateros que se acogen a una empresa de servicios, pero en mi caso no. Por lo general por pegar y coser cobro 30 pesos, depende del artículo, porque si son botas tengo que cobrar más, el esfuerzo que hago es mayor y por supuesto empleo más material. No me considero carero, trato de ajustarme a la clientela y eso ayuda a que me dejen propina. Siempre cobro por adelantado, eso me da la seguridad de no trabajar por gusto. Y claro, a los ancianos les cobro menos.

HT: ¿Cuándo se trabaja en la casa puede resultar difícil ser disciplinado con los horarios?

EM: Trato de serlo. Hay días en que tengo que ir a comprar materia prima y ese día no abro. Generalmente empiezo a las 8:30 de la mañana y termino a las seis de la tarde, si viene alguien con una urgencia después de ese horario le hago el trabajo, pero la premura también tiene su precio. Muchas veces tengo que hacer las reparaciones al momento.

HT: ¿Tiene alguna anécdota que compartir?

EM: No suelo trabajar con prisa, pero una vez un cliente necesitaba un arreglo de inmediato y en el apuro me enterré la aguja en una mano.  Este tipo de aguja tiene una punta como de anzuelo, es imposible sacarla. En el hospital me pusieron anestesia y tuvieron que empujarla hacia el otro lado, porque podía desgarrarme algún músculo.

HT: ¿Cuánto ingresas al estado por tu licencia de cuentapropista?

EM: Pago 100 pesos mensuales, más la seguridad social. Hay muchos inspectores que vienen a menudo a verificar, afortunadamente lo tengo todo al día. No dudo que en algún momento pueda cometer algún descuido, pero estoy preparado para ello.

HT: ¿Piensas que algún día los zapateros en Cuba estarán en extinción?

EM: Quiero creer que sí, aunque me quede sin empleo, eso significaría que el calzado sería de excelente calidad. El mundo está hecho de soñadores y demás está decir que yo me encuentro entre ellos, si no fuera así nunca hubiera podido levantar los ojos del piso. Soy un zapatero orgulloso de mi profesión, me gusta servir a la gente. Me gusta creer que si no fuera por mí muchos de los que andan por la Habana Vieja y Centro Habana caminarían descalzos.

2 comentarios sobre “Eugenio, un zapatero remendón de La Habana Vieja

  • Un oficio que ya pocos realizan y de verdad que son artistas de la zapateria. Gracias a ellos muchos de nosotros continuamos yendo con lo que tenemos al trabajo. Ojala y siempre existan.

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  • pienso que los remendones solo existen en Cuba. por eso tantos turistas cuando vienen a Cuba les tiran fotos. somos un país tercermundista y con mucho atraso. la Habana cumplió el año pasado 500 años. los zapateros son tambien una de las maravillas de nuestro país, no se que hubiéramos hecho sin ellos. gracias por visibilizar un trabajo que solo las personas se acuerdan cuando se les rompe los zapatos.

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