¿Qué pasa con los trabajadores arrendados?

Yusimí Rodriguez

Unos trabajan en sus casas y otros en locales alquilados del estado. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 13 julio — Hace casi dos meses decidí volver a cortarme el pelo, después de llevarlo lago durante tres años.  Esa tarde me lo corté en una barbería del Vedado.

El viernes, fui para cortarlo de nuevo pero esta vez en mi municipio, Arroyo Naranjo.  Es un pequeño local, donde trabajan dos barberos.

La conversación comenzó porque uno de ellos escuchó algo muy interesante en un programa de la radio nacional: “Para combatir las células cancerígenas y retardar el proceso de envejecimiento, es importante llevar una dieta rica en manzanas.”

“¿A quién se le ocurre decir eso en la radio, cuando comerse una manzana en Cuba es un lujo?.” preguntó el barbero que llamaré Mario.  Le dije que yo me como una manzana cada tres o cuatro meses.   “Estás bien, yo podía comerme una cada seis meses, con este nuevo sistema de trabajo me comeré una al año.” dijo Mario.

Me asombró.  Hace tres o cuatro años, cuando me cortaba el pelo en este sitio, la barbería pertenecía al Estado y ellos percibían un sueldo fijo, tenían jefe y horario de trabajo.  Las máquinas que usan para pelar y las cuchillas que estas requieren, debían comprarlas y repararlas con su bolsillo.

Desde febrero son trabajadores arrendados.  El Estado les alquila el local con los dos sillones y cada uno de ellos paga mil pesos en moneda nacional en el mes.  Los mil pesos incluyen el alquiler, el impuesto a la ONAT y el pago de la Seguridad Social.  El dinero que sobra es su salario del mes.  Con este pagan, además, el agua y la electricidad que consume el local.

No tienen jefe, no rinden cuentas a nadie; si deciden tomarse un día libre, no pasa nada, mientras paguen los mil pesos correspondientes de cada mes.  Estaba segura de que ese sistema era mejor para los barberos, peluqueras y manicuras.  Al parecer, estaba equivocada.

Omar (el otro barbero): “El problema es que antes hacíamos tal vez mil pesos en el mes, le entregábamos al Estado ochocientos pesos y ellos nos daban un salario de trescientos.  No teníamos que pagar agua ni electricidad.  Pero ahora, el impuesto es altísimo y encima nos toca pagar el agua y la electricidad.”

HT: ¿Pero cuántos clientes vienen en un día? ¿Cuál es la tarifa?

Omar: “Vienen quizás o nueve, tal vez doce, pero recuerda que somos dos barberos, así es que nos toca más o menos la mitad de la clientela a cada uno.  El Estado no puso una tarifa y nosotros tampoco.  La gente paga diez o quince peso, oscila por ahí.”

Saqué la cuenta.  Seis clientes promedio para cada uno en el día, si los usuarios pagan 15 pesos, son 90 pesos diarios.  En la semana son 540 pesos y al mes serían 2160.  Les quedarían 1160 libres, de ahí pagan el agua y la electricidad.  El consumo de electricidad no es bajo, porque las máquinas funcionan con corriente eléctrica, los ventiladores deben permanecer prendidos porque hace mucho calor, están además las lámparas y el radio.  Omar y Mario deben ocuparse de comprar los aditamentos de las máquinas, y repararlas o sustituírlas si es necesario.  Además deben gastar dinero diariamente en almuerzo y merienda.  Sin embargo, me pareció que no estaba del todo mal; debían quedarles entre seiscientos y setescientos pesos. 

Omar:  “Eso funcionaría si todos los días vinieran doce personas, o sea, seis para cada sillón.  Pero a veces vienen durante el día cuatro o cinco.  Y casi ninguno paga quince pesos.”

Antes de que llegara mi turno, Omar peló a un cliente y Mario a dos.  Los tres pagaron diez pesos.   Por fin, ocupé el sillón de Omar y seguí haciéndoles preguntas mientras él pasaba la máquina por mi cabeza.

HT: ¿No pueden pelar más clientes cuando llegan a sus casas y hacer un dinero extra?

Omar: “Estamos aquí desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, cuando terminamos no servimos para nada más.”

Mario: “Te puedo decir que todas las manicuras que conozco, que trabajaban para el Estado y empezaron en este sistema, se fueron para sus casas.  Les sale mejor ser trabajadoras por cuenta propia, y no arrendadas.”

Omar: “De hecho, nosotros estamos pagando mucho más que los barberos cuentapropistas.  Ellos dan trescientos pesos mensuales, que incluyen el impuesto y la Seguridad Social.  A nosotros nos están cobrando más de trescientos pesos de Seguridad Social, cuando deberíamos estar pagando ochenta y siete.”

HT: ¿Pero no han protestado?

Omar: “Sí, cómo no.  Se han enviado cartas; hemos protestado cuando han venido las inspecciones.  La gente lo ha planteado también en las reuniones con el Poder Popular y la Empresa… Lo mejor es que ellos están conscientes de que sacaron las cuentas mal y el impuesto es demasiado alto.  Nos parece muy bien no tener jefe ni horario fijo y pagar un impuesto al Estado, pero con este impuesto nos estamos desgastando.”

HT: ¿Y entonces?

Mario: “Nada.  Primero circuló una información de que se iban a bajar los impuestos, pero después se dijo que era errónea.   Las peluqueras protestaron y de mil pesos, les bajaron el impuesto a 880, porque el agua entra cada cuatro días.  Pero todavía es mucho.  Date cuenta de que ellas tienen que comprar todos los productos.”

Omar: “Dicen que en un futuro es posible que bajen los impuestos, pero para eso tienen que reunirse los tres ministros:  el de Finanzas y Precios, el de Comercio Interior… y el otro no lo recuerdo.  Entonces, tendrían hasta un año para decidirse y firmar el papel que permita bajar los impuestos.  Y mientras tanto…”

Mario: “Hay otro detalle en el que no pensaron al sacar las cuentas.  No es lo mismo trabajar en una barbería en Miramar, Playa, el Vedado; que en Diez de Octubre o Arroyo Naranjo, y sin embargo, nos están cobrando a todos el mismo impuesto.”

Recordé la tarde que me corté el pelo en una barbería del Vedado.  Detrás de mí marcó un extranjero que es cliente fijo del barbero que me peló.  Ningún extranjero paga diez o quince pesos cubanos por un corte de pelo; menos aún si es un turista.  Lo mínimo que paga es un peso convertible, o 25 pesos normales. 

El lunes pasado pensé cortarme el pelo en el mismo lugar, pero el barbero llegaría más tarde.  Detrás de mí apareció un extranjero; no era el mismo de la primera vez.  Esperé unos minutos, pero al final decidí irme.  El extranjero disponía de tiempo y se quedó esperando.

HT: ¿En el tiempo que llevan ustedes aquí, cuántas veces le han cortado el pelo a un extranjero?

Me respondieron casi a coro.

OMAR/Mario: “Ninguna”

HT: ¿Si la situación es tan difícil por qué no se van para sus casas a ser barberos por cuenta propia?

Omar: “No es tan fácil.  Yo llevo años trabajando aquí, todos mis clientes son de los alrededores.  Si voy para mi casa tengo que empezar por crearme una clientela.”

Mario: “A mí eso no me preocupa. Es verdad que los primeros meses es difícil, porque la gente tiene que conocerte, darse cuenta de que eres bueno, pero yo me arriesgaría.  Mi problema es que en casa no tengo espacio para pelar y tendría que alquilárselo a alguien.  Eso también es un problema, porque el que te alquila el portal te quiere cobrar carísimo y si un día no quiere que estés más ahí, te saca, y no pasa nada.”

HT: Pero aquí no vienen los hombres solo a pelarse, seguro que alguno quiere que lo rasuren, de paso, y pueden cobrarle un poco más.

Omar: “No podemos rasurar porque los sillones, que vienen incluidos en el alquiler con el local, tienen problemas y no se inclinan.  Además, aquí no hay agua.”

HT: Ah, pero entonces no tienen que pagar el agua.

Omar: “Eso fue otro problema.  Imagínate que cuando vinieron a hacernos el contrato del agua, él (Mario) le explicó al compañero que en esta edificación hay problemas con el agua hace años y por tanto nosotros tampoco tenemos.  El hombre nos quería hacer el contrato de todas formas, porque ese es su trabajo.  Al final, no firmamos el contrato y no estamos pagando.”

Omar terminó de pelarme y llegó el momento de pagar.  El corte me quedó perfecto, igual que a todos  los clientes anteriores.  Pero ellos pagaron diez pesos así es que no veía motivo para pagar más.  Yo tampoco soy rica.  En el último momento saqué otro billete de cinco pesos.  Omar me sonrió con gratitud.


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