Viajando en la ruta chivo

Caridad

La Ruta Chivo por Yiya

HAVANA TIMES – Es viernes por la mañana, y aunque no es día laborable, cuesta conseguir transporte. El sol comienza a dar tirones en nuestra piel, amenazando con hacernos sufrir. En menos de media hora aparece un camión de esos que sirven para cargar cualquier cosa: productos del agro, cajas de conservas, animales o personas desesperadas por llegar a su destino.

Subimos como podemos, alguna mano nos ofrecen desde arriba, donde se amontonan una veintena de cuerpos sudorosos. A 300 hasta Barquisimeto, vocifera el cobrador antes de avisar al chofer, con un silbido, que ya puede reiniciar el viaje.

El viento comienza a golpear los oídos, pero las conversaciones de quienes viajan junto a nosotros también nos llegan claritas. Algunos chistes sobre los recientes apagones incluyen protestas por equipos electrodomésticos quemados o comida echada a perder.

Pero enseguida una señora de muchas arrugas en la piel de sus brazos inicia una conversación conmigo. Uno nunca sabe cómo arrancan estas conversaciones callejeras, y a veces hasta sucede que en menos de media hora alguien te ha contado su vida.

Miriam tiene más de 50 años, le gustan los animales y su hija es abogada. Como una buena parte de los jóvenes de Venezuela, la hija de Miriam ya no vive en el país. No recuerdo bien si me dijo que se fue a Perú o Ecuador, lo que sí recuerdo es que a pesar de tener varios años de graduada, no está ejerciendo su profesión. Se dedica a llevar y traer mensajes en una consultoría jurídica. Con eso la ayuda bastante, a ella y a sus perritos, que es difícil mantenerlos alimentados en medio de una situación donde hay gente que se acuesta sin comer muchas veces, ella lo sabe; y confirma este conocimiento con un gesto de cabeza y apretando los labios.

Antes de que Miriam termine de contarme que su hija ha hecho algunos progresos en su nuevo trabajo, una bebé despierta a su madre que se había quedado dormida. Viajaban los tres sentados en una esquinita, con unos bultos entre las piernas del hombre que, supongo, es el padre de la pequeña. La mujer le toca la frente a la niña, le dice algo al hombre, lucen preocupados.

Una muchacha, que se sujeta del hombro de Miriam, acerca su voz a nosotras: Yo creo que está muy desnutrida esa niña. Se refiere a la criatura que llora, y agrega que su hermana es enfermera y que ve cosas muy fuertes en el hospital. Ella misma, hace poco, estuvo muy mal porque es diabética y no conseguía la insulina. La hermana pudo conseguirle con un paciente que tiene familia en Colombia, el paciente le debía un favor, no creas, nos dice hablando más bajito aún.

Lo terrible es que un día la hermana la llama preguntándole si todavía le quedaba de esa insulina, porque había ingresado una niña muy malita, y no aparecía la insulina en todo el hospital. Ella no lo dudó un instante y salió corriendo para allá, imagínate, exclamó a medio reír, montada en una ruta chivo igualita a esta. Cuando llegó ya la niña estaba en la morgue. Todavía no me repongo de ese día. Y la muchacha voltea la cara para que no le veamos las sombras del llanto.

Siento que alguien tira de mi mochila. Me sobresalto, pero no es un asalto. Un anciano delgado, y con la cara marcada por los estragos de una mala cuchilla de afeitar, no encuentra de dónde agarrarse y ahora lo hace de mi hombro.

A mí lo que me da miedo es caerme y romperme una cadera. Eso lo grita el anciano, quizá acostumbrado a hablar y que nadie le preste atención. Si estuviéramos en Caracas o en Cuba la gente rompería a reír, acostumbrados a morir de risa incluso ante la muerte. Pero estamos en Barquisimeto, creo que aquí tienen un poco menos de sentido del humor.

A mi amiga Irina se le rompería el corazón con este anciano, a punto de salir volando arrastrado por el viento. Me cuenta que va a comprar a la ciudad, porque en su parroquia hace días que los puntos de venta no funcionan, vive solo con su nieta, que ahora está en la escuela; la madre se la dejó cuidándola para poder trabajar en Chile, pero en menos de un año piensa mandar a buscar a la niña; a él no le pesa cuidarla, pero tiene miedo romperse la cadera y quién va a encargarse de todo.

Hay más historias en una ruta chivo que en una telenovela brasileña. Venezuela está llena de historias.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

Un comentario sobre “Viajando en la ruta chivo

  • El mundo está lleno de historias duras, del sufrimiento no escapa ninguna nación, incluso en las tierras más prosperas siempre existe alguíen agonizando una vida dura e injusta.

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