Un viaje de locos, y un día de paz

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Fotorreportaje por Caridad

HAVANA TIMES — En junio del año pasado cumplí treinta y tantos y me regalaron un viaje.
Como no me gustan los paseos programados por otros, entiéndase “paquetes turísticos”, mi amiga y yo nos aventuramos hacia el sur de Venezuela, a ese paraíso de naturaleza femenina que llaman La Gran Sabana.

Para recorrer la Gran Sabana hace falta 3 cosas: dinero, auto de potencia, y tiempo.

Sabana-2Para variar, no teníamos ninguna de las tres. Solo 4 días de permiso en el trabajo de mi amiga y unos 10 mil bolívares reunidos. De todos modos, mejor una pequeña ojeada que ninguna.

Llegamos en avión a Puerto Ordaz y pensábamos enseguida encontrar transporte para continuar viaje hacia Kavanayén, donde nos esperaba un amigo pemón. Pero en la terminal nos anunciaron que no saldría ningún autobús hasta dentro de 4 días.

Al parecer nos perseguía el número 4.

Teníamos dos opciones, volver a Caracas o aventurarnos desde Ciudad Bolívar, lo que implicaba un par de horas de retraso.

En la terminal de Ciudad Bolívar encontramos una camioneta (una guagua de las que suelen hacer recorridos urbanos) que haría el viaje hasta “unos kilómetros antes” de Kavanayén. No lo pensamos mucho y ocupamos puesto en la destartalada camioneta.

Se suponía que el viaje no durara más de 8 horas. Pero por algún motivo, el paisaje se extendía del otro lado de la ventanilla, como si alguien lo halara haciéndolo interminable. Primero lluvia, tierras secas, luego sol de atardecer con hermosos paisajes verdes que hacían que mi corazón palpitara emocionado imaginándome cerca de la añorada Gran Sabana…pero no…nada más lejos…al menos al ritmo que nos movíamos.

Llegó la noche, las interminables revisiones de la Guardia Nacional, pidiendo identificación, confundiéndome con “Colombiana ilegal” y a punto de bajarme de la guagua, la gente (ya amiga por tantas horas compartidas de viaje) defendiendo y asegurando que era cubana. Mi mente divirtiéndose con la idea de pasar dos de las 4 noches en un calabozo improvisado de aquellas Alcabalas Militares.

Sabana-3Una rueda de la camioneta perdiendo aire y perdiendo más tiempo detenidos. Carreteras oscuras bordeadas por casas de pemones que a veces se montaban con nosotros por cortos tramos. Y, cuando menos lo imaginaba y ya el cuello me dolía de tanto cabeceo sonámbulo, el chofer anuncia fin del viaje.

Bajamos con nuestras pesadas mochilas y enseguida comencé a preguntarme si estaría soñando o si el chofer no nos habría engañado llevándonos bien lejos de nuestro destino solo por unos bolívares más.
Si alguien desea hacer un viaje en el tiempo, o más bien hacer un cruce de tiempos, puede dirigirse sin temor a “la 88”. También conocido como “La Clarita”.

Por la calle principal del pueblo, estrecha, sin asfalto, apenas iluminada y recién empapada de lluvia; se movían a toda velocidad decenas de pistoleros, al estilo del viejo oeste, solo que motos en vez de caballos. Similar ambiente de tipos mal encarados, salpicados de fango, sin otra cosa mejor que hacer que mostrar sus dotes como equilibristas, luego de una ardua jornada buscando oro.

Enseguida supimos que se trataba de un pueblo minero. Y enseguida una de las mujeres a la que le compramos un poco de café, y que nos miraba como si extraterrestres fuéramos, nos aconsejó esperar el transporte en la Estación de Policía, a un kilómetro de allí.

No necesitamos ahondar en sus razones y a la “estación” nos fuimos, una habitación con un pequeño terreno cementado delante, sustituyendo lo que sería un parqueo. El policía de guardia nos permitió quedarnos en ese “parqueo” a la espera de un autobús interurbano que, a la larga, era el que debíamos haber tenido la paciencia de esperar en Ciudad Bolívar.

 

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Mientras esperábamos el frío y la llovizna se rieron de nuestro cansancio y no nos quedó más remedio que comprar un perro caliente en la acera del frente. La aterrorizante acera donde tomaban ron o cerveza un poco de hombres bullangueros.

A la media noche, desaparecidos todos los clientes, el vendedor de perros calientes se rió de nuestro temor. En aquel pueblo no iba a sucedernos nada. A no ser que la mala suerte se disfrazara de bala perdida por alguna trifulca entre la gente de allí.

“El Sindicato no permite que molesten a los que andan de paso por aquí. Además, ¿qué le van a quitar a ustedes que tenga tanto valor como un día de trabajo para ellos?”

El vendedor de perro caliente se dedicaba a comprar y vender oro. Lo de los perros, por supuesto, solo una fachada, no necesaria pero sí precavida. La mayoría de las personas que viven en ese pueblo de mala facha no son oriundos de allí, por eso no les interesa invertir algo de su dinero en mejorar un poco el aspecto de La Clarita. Sin embargo, a no engañarse, calles sin pavimentar, casas con feas arquitecturas, pero más dinero corriendo que en cualquier ciudad o capital.

Al amanecer, luego de que los autobuses se negaran a parar a recogernos (seguramente tenían la misma mala opinión que nosotras sobre aquel sitio); encontramos un taxi que nos adelantó hasta la encrucijada desde donde podríamos llegar a Kavanayén.

Tres horas más de viaje, sabana adentro, hasta llegar a un pequeño pueblo fundado, en 1943, por misioneros capuchinos.

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La iglesia, enorme, construida con piedras, al igual que las casas de los pemones arekunas de ese pueblo, se preparaba para una esperada actividad: la Primera Comunión de unos 50 niños y niñas.

La idea me hubiese parecido rara si no hubiese conocido la historia del pueblo, la historia de América en general y la cantidad de misiones evangelistas que, desde la segunda mitad del siglo pasado, inundaron la Amazonía y la Gran Sabana Venezolanas.

Después de dos días de viaje, me pareció una gran ironía ir tan lejos de Caracas para solo tener tiempo de entrar a una iglesia católica a escuchar la liturgia, mezcla de evangelios y cosmología indígena; y retratar niñas incómodas en picantes vestidos blancos.

Afuera se detuvo el apasionante juego de fútbol, los baños en un caño cercano, la preparación del cachiri y el casabe; y todos, casi sin excepción, se apretujaron a bendecir a los recién iniciados en el cuerpo y la sangre de Cristo.

El Capitán de la comunidad nos recibió con cariño, nos brindó un techo donde dormir. Nosotras llevábamos una carpa para colocarla donde suelen hacerlo los turistas que visitan el pueblo en otras épocas del año; pero ellos insistieron y no quisimos negarnos a su hospitalidad.

El amigo nos presentó a una de las maestras de la escuela, donde los niños aprenden – en español y arekuna – las enseñanzas básicas de cualquier escuela, y también las propias de su cultura.

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Cómo sobrevivir es un tema que se está tornando peliagudo para la gente de la comunidad. Las tierras cada vez son menos fértiles – la Gran Sabana no se caracteriza por la fertilidad -, y la extracción de oro se va volviendo la única actividad que provee de ganancias.

Nuestro amigo pasa mucho de su tiempo triste, bebe cachiri para olvidar que, aunque se niegue, en algún momento también tendrá que entrar a la ilegal extracción de oro. No es el camino, nos dice, no podemos destruir la tierra de ese modo; pero en sus ojos persiste el abatimiento, porque aunque estudia en la Universidad Indígena y tiene posibilidades que otros de sus amigos no tienen, no siente seguridad en su futuro. Lo peor es lo que viene junto con el oro y con los turistas que cada año llegan con sus 4×4 y sus enormes decibeles de reggaetón: muchos de sus amigos están probando la droga.

Los pemones, tranquilos y dulces por naturaleza, también ven con desagrado los continuos matrimonios con criollos. Se van en busca de mejores condiciones de vida o, simplemente, se enamoran y los traen a vivir dentro de la comunidad. Para ellos, aunque ven con naturalidad el divorcio, el matrimonio es sagrado.

Temprano en la mañana tenemos que reiniciar el viaje, de vuelta a Caracas. Llegar hasta la carretera, que parte en dos la Gran Sabana, es casi más difícil que viajar desde Caracas a Kavanayén. Pero tenemos la suerte de encontrar a uno de esos señores que recorren las comunidades indígenas para comprarles el oro. Nos ofrece la cola gratuitamente, y hasta nos muestra ese polvillo dorado por el que tanta gente ha muerto y gracias al que tanta gente, dentro y fuera de la Gran Sabana, sobrevive o se da la gran vida.

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Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.


14 thoughts on “Un viaje de locos, y un día de paz

  • el 17 febrero, 2015 a las 9:35 am
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    Hola Edy, me alegro mucho que te gustaran!

  • el 16 febrero, 2015 a las 12:35 pm
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    Caridad: Me puedes decir porque tus fotos son tan buenas? :)

  • el 13 febrero, 2015 a las 9:25 pm
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    Que no esta dentro de ninguna selva señor. El pasaje exótico es muy tentador pero no es así.
    Al norte está el Orinoco y luego pinos y mas pinos. Al oeste llanura con herbáceas y unos arbustos llamados que le dicen chaparros, al sureste las alturas de El Pao que no son selva. Usted confunde los morichales de los caños deltanos con la selva. Desde el río se ve vegetación tupida en la rivera, pero unas decenas de metros mas lejos no es así. No son canoas, se dice curiaras y los palafitos no se hacen con bahareque. Las pocas paredes que tienen suelen ser de tablas. Lo habitual es que sean abiertas. Ah y se alquilan algunas. La próxima bájate y pasa una noche con los wuaraos.

  • el 12 febrero, 2015 a las 8:58 pm
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    Por supuesto que Puerto Ordaz no es un claro en el bosque, es una ciudad bien grande ; pero si usted quiere llegar a ella en barco tiene que entrar por la desmbocadura del Orinoco y navegar mas de un dia a 12 nudos , atravezando selva venezolana y viendo bajareque de indios a ambas orillas y de vez en cuando estos se te arriman en canoas pidiendo que le tiren cualquier cosa, cualquier marino te puede confirmar lo que yo te estoy diciendo.

  • el 12 febrero, 2015 a las 8:31 pm
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    Hola Cojo, para esos días había una competencia en la gran sabana y no salían ni yeguas de la terminal de Puerto Ordaz. Y sí, fue impresionante al salir de la Sierra el encuentro con la sabana.

  • el 12 febrero, 2015 a las 5:58 pm
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    Ciudad Guayana (que usted llama Puerto Ordaz) no se encuentra dentro de ninguna selva.
    Hoy ya casi no se usa esa chalana. Gracias al gobierno del comandante Chávez se cumplió el sueño de los guayaneses de tener un puente sobre el río Orinoco.

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