La tía Kika

Caridad

Escena de La Habana - foto: Caridad

El común de las personas tenemos la manía de juzgar a los demás: lo que hacen, lo que piensan, cómo visten, con quiénes de reúnen, en qué gastan su tiempo o dinero.  Lo juzgamos todo.  Y de ese modo nos perdemos un montón de buenos sentimientos, relaciones, experiencias.  Y hasta podemos hacer daño a quien resulta juzgado.

Mi madre tuvo una tía que era distinta de todas las mujeres de la familia. Murió a finales de los  80, con menos de 50 años, y le decían Kika.

Ante mis ojos de niña-casi-adolescente Kika era la más alegre de mis tía-abuela. Tenía buena parte de su cuerpo marcado por el fuego, pero era alta, de caderas anchas y cabellos rubios. Ahora que lo pienso, su cara tenía mucha similitud con esas figuras regordetas que venden como estatuillas de Buda, así que esa paz – real o no – la hacía parecer más  atractiva y misteriosa.

Vivía en el Barrio Chino antes de que se le quemara el cuarto en el que criaba a sus 6 hijos, 4 hembras y dos varones.

Cuando fingía quedarme dormida escuchaba las conversaciones de mi familia respecto a la misteriosa tía-abuela.

Así supe que existía la sospecha de que el primer esposo hubiese violado a dos de las hijas – más tarde la sospecha se disolvió dando paso a la total seguridad, cuando la menor de las hijas acusó al padre porque a ella “también” la usaba sexualmente -.

Entre los parientes existía la opinión de que Kika no sabía escoger a los hombres…o no se detenía a escogerlos. Pero eso no me provocó ningún sentimiento adverso hacia ella.

Comencé a mirarla distinto cuando supe el modo en que se comportaba con mi madre y el resto de los hijos de mi abuela, en una temporada en que vivieron juntos.

Al cabo de tantos años no sería capaz de repetir una sola de las anécdotas acusatorias. Solo sé que, de algún modo, la tía Kika beneficiaba a sus hijos en detrimento de los herederos de mi abuela.

Ese hecho fue suficiente para volver nula la simpatía que me provocaba la hermana de mi abuela: Era una mujer Injusta.

A los 13 ó 14 años sentimos que debemos echar por tierra el injusto mundo de los adultos. Su hipócrita  forma de vida, su cobardía, sus mentiras.

Así que no me importó que Kika estuviera padeciendo los rigores del cáncer generalizado en todo su cuerpo. Ella había hecho mal – a mi “sincero” modo de ver – a mi madre, mi abuela, mis tíos, y no era digna de mi afecto, apenas de mi saludo; aunque solo nos visitara una vez cada dos meses.

No me detuve a pensar que cada cual tiene su verdad, sus motivos para ver las cosas de un modo u otro.

Ella era la madre responsable de 6 hijos, mi abuela también era responsable de los suyos.

Cuando alguien nos hiere expresamos nuestro dolor. Pero no quiere decir que odiemos por eso o que esa persona nos lastimara por el simple placer de lastimar.

Mi familia seguía queriendo Kika, con sus defectos, y ella igual les quería. Yo no supe entender eso a tiempo y me perdí la maravillosa experiencia de conocer a Kika.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

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Abandonado, Vega Alta, Puerto Rico. Por Bronya Clyde (Puerto Rico). Cámera: Cell phone Motorola 4G

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