La soledad de los edificios grises

Caridad

Vista desde el hotel.

Como soy una persona lenta, tardé unos meses en darme cuenta.  Sabía que no encontraba agradable pararme en el balcón del apartamento donde vivo hace 5 meses.

La culpa podría ser de las montañas que están en todas partes, enormes murallas que me ocultan el mar, como un gran ojo verde que no deja de mirarme, casi cortando mi respiración.

Pero hace unas semanas supe cuál era el mayor problema. Frente a mi hotel hay una pequeña autopista, justo después hay otro hotel y más allá de él comienzan los edificios.  Son enormes y grises (los de cuba son grises y pequeños).

Uno de ellos tiene una terraza lateral por la que, de repente, vi correr a un niño.  Entonces lo supe.  Cuál es realmente el motivo de mi ansiedad al asomarme al balcón: los edificios poseen una soledad casi futurista. En La Habana las construcciones pueden estar a punto de caerse, pero aun así tienen vida o, al menos,  la huella de la vida.

Cuando ví al niño correr – casi como un fantasma de esos que te obligan a  creer que nunca lo viste en realidad – comprendí la soledad terrible que emanan los edificios de esta zona de Caracas.

Ventanas de cristales oscuros, balcones sin personas que quieran mirar las nubes o el atardecer; sin plantas.  Apenas un par de lámparas al anochecer son las únicas señales de vida.

Entre esos edificios hay uno que – me contaron – algún gobierno anterior dejó sin terminar a causa de su diseño costoso; así ha quedado como las almas que ni suben al cielo ni logran desprenderse de la tierra y s eha ido llenando de familias sin hogar.

A veces veo alguna fogata que arman para calentarse o preparar comidas.  Esa fogata y el ruido ensordecedor de la autopista son las únicas señales de personas que llegan a mi balcón.

A veces no es difícil imaginar que estoy en uno de esos sitios desolados por una catástrofe nuclear.

Pero miro al hotel más cercano, logro ver, a través de los cristales semiahumados, la sombra de una persona que se ha sentado a ver la TV; es solo un segundo, pero a veces eso es casi suficiente.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

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