La malandra

Caridad

La malandra.

Dos mujeres me piden ayuda para cruzar una de las calles más difíciles de Caracas.  Se ven un poco asustadas y su apariencia es de quien vive fuera de la capital.  Les sonrío y pido que tengan calma, algún huequito encontraremos entre tantos autos.

Me llama la atención que me hayan pedido ayuda, últimamente he notado que muchas personas me miran como si yo fuera una malandra.  En Venezuela se le dice Malandros a los que, por lo general, en Cuba llamamos delincuentes: toda especie de asaltantes, carteristas, ladrones de poca monta, gente de bajo nivel social.

Comenzó a suceder hace un mes atrás, imagino que sea por mi forma de vestir, pues no he acatado las exquisiteces de la moda femenina en este país.  Llevo un par de búhos colgados al cuello junto a dos collares de semillas rojas, una gorra color aceituna porque no me gusta el sol en la cara.

La ropa es mas o menos la misma que llevo en Cuba, pantalón y pulóver de los que pueden usar para hacer deportes lo mismo hombres que mujeres.  En Cuba podría pasar totalmente desapercibida. Aquí no está ocurriendo lo mismo.

Una tarde iba caminando por una calle de las menos populosas, y comencé a notar cierto recelo en algunas mujeres con las que me tropezaba en el camino.  Luego entré a un centro comercial y uno de los que cuidan las mercancías comenzó a seguirme con una insistencia fuera de lo habitual.

Parada de buses.

Un mal día lo tiene cualquiera.  Pero dos días después, con un amigo entré a una panadería (las panaderías de aquí no son como en mi país, suelen tener servicio de toda clase de dulces, refrescos, enlatados, café e, incluso, mesas para sentarse a consumir).   Mi amigo – no yo – notó que enseguida que entré el dependiente me miró con cierto sobresalto, luego el de la caja cobradora también me vió con ojos extraños.

Más adelante nos refugiamos de la lluvia en una bodega administrada por chinos — abundan los negocios de chinos y son famosos por vender todo tipo de bisutería a precios bastante económicos.

Mi amigo se quedó junto a la puerta y yo comencé a recorrer los pasillos para no aburrirme. Cinco minutos después me llamó, por favor, quédate aquí conmigo, que los vas a matar de un infarto, ese pobre chino no deja de seguirte con la vista, y aquel de allá no dejaba de seguirte bastante nerviosito.  Me quedé junto a la puerta, pero preferí no esperar a que terminara de llover, me dio mucha pena con los dueños de ese pequeño negocio.

En este país, no sé los demás, solo he caído aquí por casualidad, la gente tiene muy bien establecida las clases sociales.  Para los de la clase popular si te vistes muy elegante eres una “sifrina”; para los de las otras clases si no vistes como ellos o andas en autos o taxis: eres una malandra.

Claro que esto es una generalización, pero es lo que he respirado en las calles, en las conversaciones que escucho, o las que tengo con algunos amigos venezolanos; uno de ellos tiene el carro sucio hace meses porque no tiene dinero para ir a un Autolavado,

Calle de Caracas.

¿Y por qué no lo  lavas tú mismo?.  Por la sencilla razón de que eso está muy mal visto. Aunque ni siquiera es de la clase media alta, pues debe sudar bastante para ganar su salario, tiene muy bien establecido lo que se “ve bien o mal” según su “rango” social.

Quizá sea por eso que me miran como si yo fuese malandra, solo me miran la ropa, no me miran a los ojos.  Pero eso me divierte y hasta lo aprovecho.

Hace unos días una amiga  cubana, que quiero mucho, vino por una semana a Caracas.  En una oportunidad que fuimos a montar al metro un hombre al que nunca pude verle la cara comenzó a ofenderla, entre otras “razones” porque mi amiga es negra y, según ese hombre, era Colombiana.

Quizá ser colombiana y malandra también sea una misma cosa para ellos.  No sé.  Hay una zona en la que me gusta estar, se llama El Cementerio, pq hay uno cerca; alli los Cerros están tan cerquita que casi se puede sentir el olor del café que están colando – mucha agua y poco polvo, al contrario de cuba: mucho polvo y poca agua.

Al Cementerio no se aventuran a ir la gente de clase media, ni soñar con los de clase alta.  Allí nadie me mira con miedo, los hombres reconocen que soy cubana y disfrutan hacer piropos. Las mujeres no andan llenas de maquillajes y ropajes nórdico-europeos, lucen así mucho más bellas.  Me observan reconociendo, quizá, que soy extranjera; puedo sentir curiosidad en su mirada, pero nunca el recelo de quienes piensan que les puedo robar su dinero.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

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