La dama del bastón

Caridad

Hoy como ayer. Foto archivo: Orlando Luis Pardo

El taxi se detiene  por causa de una señora que le hizo señas.  Es una anciana de edad casi indefinida, pero que debe pasar de los 75.  Lleva un bastón con algunas cintas de colores, salta a la vista un pie demasiado arqueado, probablemente de nacimiento.

El chofer del taxi  tiene unos años menos que la señora, pero su salud aparenta ser mejor.  Está apurado, parqueó mal el carro y la policía puede multarlo si lo sorprende, pero no quería dejar de ayudar a la mujer.

Un hombre alto y fuerte, junto a la señora, intenta abrir la puerta para ayudarla a entrar.  La puerta no quiere abrirse, el chofer del taxi se desespera, “¿¡Cómo que no abre la puerta?!, solo tiene que usar un poco la fuerza”.

La mujer debe apoyarse en su bastón para dar, lentamente,  la vuelta al carro y abrir ella misma la otra puerta.  El hombre alto y fuerte – que no es su acompañante – le pide que se ruede en el asiento para poder montar él también.

Es muy difícil para la señora moverse dentro del estrecho auto.  Los nervios del taxista ya no dan más, paró en el medio de la calle para ayudar a esta “mamá” y resulta que se está demorando más de lo que calculó.

Al fin todos están dentro.  El chofer quiere suavizar las palabras que le salieron tan rudas hace un rato, al menos lo intenta cuando le dice al hombre alto y fuerte que esta señora no debía salir sola a la calle a su edad.

“Mamá”, se dirige a la señora, “oiga ¿a qué va usted a la Habana?” (el taxi va de Cojímar al centro de la Habana).  La mujer, en el asiento trasero, intenta acomodar un poco la larga saya que le quedó aprisionada debajo del hombre fuerte, no responde al taxista, aparenta no escuchar.

“Disculpe que yo me meta, pero usted debiera salir con alguien a la calle, ¿a qué va usted tan lejos?”

La señora, evidentemente de mala gana, le contesta que al hospital.  “¿Al hospital?”…el tono del taxista es de incredulidad, nuevamente se dirige al otro hombre, “Eso dice ella, pero seguro se va a caminar por toda la Habana, la familia seguro la hace en la casa tranquila, y ella en la calle”.

El hombre alto y fuerte apenas le contesta con una sonrisa, al parecer está más preocupado por averiguar como fue que no pudo abrir la puerta del carro.

El resto del viaje el chofer del taxi no dejó de dar consejos a la señora, de regañarla, y tratar de saber a dónde iba realmente y si valía la pena ese viaje tan peligroso para ella con sus condiciones.

Finalmente la señora le dio el nombre de un hospital y el taxista le aseguró que, aunque él no llegaba hasta allí, iba a ir solo por dejarla en la misma puerta de ese hospital.  Y así fue, los vi seguir en esa dirección.

No dudo que la señora le haya agradecido el buen gesto, creo que ese día estaba más apurada que otros, o quizá algo cansada, o tal vez había conseguido algo de dinero y quiso darse el gusto de viajar en taxi.  No sé, casi todos los días la veo con su bastón, en la guagua o caminando lentamente por cualquier calle de Cojímar o la Habana, sin ayuda de nadie.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.

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2 thoughts on “La dama del bastón

  • A veces te los encuentras en los metros,tambien en los S Bahn(trenes),a veces son “ciegos”?,se acompanan,con un perro,pero segun estadisticas,ganan mas que un trabajador medio,venden periodicos,de los sin “casas”aqui en Berlin…..a veces utilizan ninos(as) y es todo sin baston!

  • Tu texto lo ligo con el que tu colega escribió hace poco haciendo referencia a la nota de la niña asesinada en Oriente. Insistiré en el mismo tenor: mientras a los niños sin importar si son propios o ajenos no se les cuide, mientras a los ancianos no se les auxilie, ¡esta sociedad(y cualquiera otra en cualquier latitud de este globo) seguirá siendo una mierda!

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