Aprendizajes desde Venezuela

Caridad

Del fotorreportaje Amanecer en Los Llanos.
Del fotorreportaje Amanecer en Los Llanos.

HAVANA TIMES — En diciembre a todos nos gusta hablar o pensar en los planes para los próximos meses, de lo que logramos o dejamos atrás con el año que, según nuestros calendarios, termina. Quizá por esa necesidad inconsciente del re-nacer: dejar morir lo que fuimos para ser otros, nuevos, mejores, evolucionados.

Justo a finales de este 2014, y luego de mucho andar entre la burocracia, la ayuda de algunas personas y el omnipresente estrés; logré obtener mi Visa de Transeúnte. Primer paso necesario para dejar de estar ilegal, después de 3 años siéndolo, en un país donde apenas existen regularizaciones en contra de los Inmigrantes, al contrario. La facilidad con que cualquier persona puede quedarse en Venezuela, luego de que su Visa de Turista expire, es tan pasmosa que contrasta con todas las trabas burocráticas que existen para regularizarse.

Pero no hay por qué recordar la parte menos bonita de las cosas, mejor agradecer al país que, con sus defectos y virtudes, me ha acogido. Mejor pensar que, en un par de meses, si no aumenta la crisis económica y social en la que estamos hundidos, podré visitar a mis amigos y mi familia, el perro y el gato, las matas de coco del patio de mi abuela y el mar.

En medio de estos 12 meses que pasan a las filas del recuerdo, aprendí un par de cosas.
Una de ellas es que los cubanos nos dividimos entre Buenos y Malos. Como una de esas viejas películas del oeste, pero con más polvo y menos balas, más música triste y menos sangre, más acciones ridículas que heroicas.

Por supuesto que eso de que estamos divididos en buenos y malos no es noticia y sería ridículo decir que debí esperar a mis 39 años para averiguarlo; pero son las palabras que escuché a menudo en todo ese vaivén burocrático de los últimos meses. Un término literal.

Para volver a entrar a mi país debí presentar una solicitud en el Consulado, o sea, tuve que pedir permiso a sabrá Dios qué persona en Cuba (porque obvio que los presidentes no se encargan de esas nimiedades) para entrar al país en que nací y viví por más de 30 años. Mi pareja – que me acompañaba ese día -, al enterarse del diabólico procedimiento, preguntó angustiada si habría algún problema, alguna posibilidad de que me negaran el “Permiso”. El personal a cargo respondió con una sonrisa fría disfrazada de amabilidad: si es de los Buenos no tendrá problemas.

De tan fría la sonrisa, llegaron a mi cuerpo las bajas temperaturas y casi me hielan. Un par de meses después supe que esa misteriosa persona – quizá solo sea una computadora – no me había catalogado como Mala y recibí el lacónico sello en mi pasaporte. Pudo ser peor. Es lo que siempre pienso.
De esos Buenos cubanos está llena Venezuela. Por cuánto tiempo, no lo sé.

También aprendí, con esos Buenos cubanos, que el miedo o la envidia (o ambas cosas juntas) les hace menospreciar a los venezolanos. Quizá influya, además, esa bella costumbre cubana de creerse el centro y lo más hermoso del universo. Por eso dejé de tratar a una colega que estuvo un par de años trabajando por aquí. Una Buena cubana que en el primer mes de estadía en este país llegó a conclusiones muy desdeñosas sobre la gente que lo habita, y, para colmo de males, decidió expresarlo delante de los propios venezolanos que le habían prestado su ayuda momentos antes, y de mí por supuesto.

Su mayor error fue la indiscreción. Porque el pensamiento de esta buena mujer (todavía le considero una buena persona) no difiere mucho del pensamiento de esos Buenos Cubanos que mal dirigen nuestro país, que siembran ideas nacionalistas y que, por décadas, nos disuadieron de que Latinoamérica era solo un grupo de chilenos luchando contra la dictadura, nicaragüenses o salvadoreños en las guerrillas, bolivianos traicionando al Che, unos haitianos muertos de hambre y un par de argentinos con canciones de protesta.

Hay cierto sentimiento imperialista detrás del pensamiento de los buenos cubanos que nos gobiernan. Solo así puedo justificar esa costumbre de sentirse superior a nivel intelectual frente a los venezolanos, y de igual modo continuar aumentando la cantidad de cubanos “ayudando” en casi todos los sectores de la economía y la política. Eso no es secreto para nadie en Venezuela.

Lo segundo que aprendí este 2014 es que, no todo lo que se sabe, se dice.

Caridad

Caridad: Si tuviera la oportunidad de escoger cómo sería mi próxima vida, me gustaría ser agua. Si tuviera la oportunidad de eliminar algo de lo peor del mundo borraría el miedo y de todos los sentimientos humanos prefiero la amistad. Nací en el año del primer Congreso del PCC en Cuba, el día en que se celebra el orgullo gay en todo el mundo. Ya no vivo al este de la habana, intento hacerlo en Caracas y continúo defendido mi derecho a hacer lo que quiero y no lo que espera de mí la sociedad.


9 thoughts on “Aprendizajes desde Venezuela

  • el 2 enero, 2015 a las 3:04 pm
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    Jajajajaj, nada José Darío es que nuestros compatriotas extrañan: el precio en el agro de las guayabas cuba nas, las colas que tenían que espantarse en el policlínico para ver al médico, las calles llenas de baches repletos de agua hedionda y las casas que muchas veces se les estaban cayendo encima; eso es lo que yo llamo “nacionalismo de café con leche”. Saludos.

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