Insensibilidad por el naranjo natural

Yenisel Rodríguez

Foto: Caridad

Pocas veces nos damos a querer para con la belleza que nos ofrece animosamente el paisaje natural del barrio.

Esa desunión definitiva llega cuando ha terminado la niñez.  Las ansias de adultez en los adolescentes dejan poco espacio para sensibilidades sospechosas que florecieron en la infancia.  No se salva ni ese interés utilitarista que nos hacia subirnos al árbol frutal para saciar el hambre de dulces y azúcares.

Un día, de improvisto, desaparece de nuestro corazón el querer hacia lo verde.  Incluso llega a ser olvidado por nuestros sentidos de depredación.  Dejamos de contemplar lo verde, a no ser que se nos arroje con esa variedad de matices innombrables que nos entrega la tecnología.

Con ese horizonte testarudamente verde incluso en tiempos de sequía, nos desentendemos como se desentiende el pintor isleño del inmenso mar que refresca a su taller de pintura.

Quizás la perseverancia existencial del paisaje natural del barrio provoque ciertos acomodamientos estéticos y afectivos en los convivientes.  Como siempre ha estado ahí, la gente se olvida de que existe.   Es algo que me gustaría pensar a modo de justificación.  Peor sería sí esa indiferencia fuera de por sí, sin razones de partidas o de olvidos.

No me resigno a creer que todo se reduzca a odio visceral o a indiferencia involuntaria.  Dejo abierta una puerta por donde pueda transitar todo aquel que busque, por alguna razón,  reconciliarse con la naturaleza.

“Mira qué lindo se ha puesto el framboyán de la esquina”- comentó de repente el muchacho.

El framboyán resplandecía a media tarde.  El penetrante color naranja de sus flores y las viriles vainas se descubrieron ante el grupo de personas que junto al muchacho conversaba en la acera.

Mientras tanto el admirador del framboyán y su madre se despedían.  Habían disfrutado del encuentro sabatino.

Ya el muchacho se perdía a los lejos cuando la madre exclamó:

“! Es verdad que está lindo el framboyán¡ Y yo que vivo aquí mismo no me he dado cuenta de nada”-

Todas las personas que estaban en la acera se quedaron mirando por unos segundos el hermoso árbol florecido; pero sólo por unos segundos, luego cada cual volvió a lo suyo.

El muchacho se debatía entre interrogaciones mientras caminaba en dirección a la parada de guaguas:

“¿Cómo es posible que estas personas no hayan reparado en el naranja primaveral que arropa al árbol de la esquina, ese bajo el cual juegan al domino, a la pelota y a las bolas?”

Yenisel Rodriguez

Yenisel Rodriguez Perez: He vivido siempre en Cuba, con la excepción de varios meses del 2013 cuando estuve con mi padre en Miami. A pesar de las noventa millas que separan a una ciudad de otra, en ambos sitios encuentro motivos profundos para asumir una militancia política y popular. Mi encuentro con la Antropología Sociocultural hace 8 años atrás, me ha alistado en el compromiso de amor a la diversidad cultural.

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One thought on “Insensibilidad por el naranjo natural

  • mi pana de ese árbol hay acá pero se llama flamboyán, qué no es así entonces?

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