Como me gustan las botas del Gato con Botas

Yenisel Rodriguez

Zapatos deportivas en divisas. Foto: Caridad

Vestirme a la moda ha dejado de ser un problema para mí.  Sin embargo aún recuerdo como me torturaba en la adolescencia, la posibilidad de no poder exhibir, por lo menos, un par de zapatos con algunos meses de atraso en su diseño.  A pesar de esto, nunca se me vino el cielo arriba por tener que formar parte del grupo de los sencillitos.

Recuerdo que a mediados de los años noventa, mi abuela me compró un par de tenis Cobras.  El día que los estrené en la secundaria tenía tantas miradas encima de mí que me pase todo el día con las orejas rojas.

Ya terminado el preuniversitario se dio un cambio en mí.  Deje de darle algo de importancia a lo que me ponía; sin embargo no por eso gané más tranquilidad, pues ahora tenía que comprarme con mi propio dinero la ropa a vestir.  Durante todo este tiempo lo más intranquilizante ha sido conseguir calzado.  No obstante, con el tiempo fui encontrando ranuras al mercado del zapato.

Descubrí que las sandalias artesanales podían solucionar mi problema.  Fueron más de seis años luchando unos 25 CUC para comprar un par de sandalias cada seis meses.  Las sandalias duran aproximadamente tres años; por lo que al pasar algunos años se acumulan los ejemplares, y llegas a tener sandalias para pasear, sandalias para trabajar y sandalias para mataperrear.

Un par de sandalias no cuesta lo que unos Adidas y aún así te dura más.  Cuestan más que un par de mocasines sintéticos, pero tienen más onda.  Además, yo estudiaba ciencias sociales y eso de andar con sandalias me daba cierto aire de intelectual.  ¡Qué más podía pedir!

Pero resulta que al pasar el tiempo los pies se me fueron llenando de callos.  La planta de los pies y mi dedo gordo derecho se fueron deformando.  Volvía al punto de partida, o aún peor, porque en ese momento me había graduado y comenzaba a vivir de un irrisorio salario.  Pasaban los meses sin una nueva estrategia para lograr sustituir a las sandalias.

Ya me había resignado a comprarme un par de mocasines sintéticos, cuando encontré la solución.  La encontré observando a los arqueólogos de mi trabajo.  Los arqueólogos se caracterizar por vestir a lo cowboy, lo cual incluye sombrero, pantalones de mezclilla y un par de botas.  Eureka, “un par de botas.” Tenía la solución.

Ahora voy a casi todos los lugares con mi nuevo par de botas.  Me dan un toque de lobo estepario, lo cual atrae a las mujeres y me da reputación de antropólogo orgánico.  También me he hecho más amigo de los arqueólogos.

Un par de botas cuesta unos 10 cuc en el mercado informal.  Las mías son botas de protección, por lo que tiene un casquillo de plástico.  Después de todo me han favorecido los altos precios de los metales en el mercado internacional, no se como podría correr atrás de un P8 con casquillos de plomo en los pies.  A pesar de todo, soy muy feliz con mis botas de protección Tigres.

Si me hubieran visto en la Feria Internacional de la Habana deslumbrado en el stand de artículos de protección al trabajador.  Había lo mejor en botas, la boca se me hacía agua.  Una señora persuadía a su marido de que aquellas botas de protección eran mejor que un par de Adidas.  Yo no fui tan categórico hasta que le enseñe al testarudo marido, lo bien que me desenvolvía con mis botas bajo la lluvia.  Él se resistió, después de todo “son zapatos de obrero.”

Cuando salía de la feria vi un Gato con Botas gigante que promocionaba confituras.  No pude sentirme más identificado con él.  Percibí en el hecho una premonición: quizás ya no tendría que improvisar estrategias para calzarme en un futuro cercano.

Los dolores de canilla que me provocan los casquillos de polietileno, hacen que me vaya olvidando de los callos y los dedos deformes que me provocaban las sandalias de cuero.

¡Buena noticia!

Yenisel Rodriguez

Yenisel Rodriguez Perez: He vivido siempre en Cuba, con la excepción de varios meses del 2013 cuando estuve con mi padre en Miami. A pesar de las noventa millas que separan a una ciudad de otra, en ambos sitios encuentro motivos profundos para asumir una militancia política y popular. Mi encuentro con la Antropología Sociocultural hace 8 años atrás, me ha alistado en el compromiso de amor a la diversidad cultural.


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