Ni el genio en la lampara (2)

Yenisel Rodriguez

¡El control total y la personalización total son imposibles de realizar!

Esa fue la primera réplica que estremeció los propósitos monopolistas de la administración estatal que intervino el Mercado de Cuatro Caminos de La Habana a principios de los años sesenta del siglo XX.

Se pretendió evitar que los camioneros, carretoneros y comerciantes continuarán desviando los productos que debían llegar al mercado.  Dicha desviación de productos respondía a las posibilidades de especulación que posibilitaba la ineficiencia distributiva del mercado bajo la administración estatal.  Los transportistas llevaban sus mercancías al mejor postor más allá de las planificaciones.

Se crearon las llamadas “Delegaciones.” Estas delegaciones, distantes del mercado, recibían los pedidos y pagos de los comerciantes ubicados en la zona.  Es decir, un comerciante debía ir a esta oficina y solicitar a través de un documento la cantidad y variedad de productos que necesitará, pagar el precio del pedido, y esperar a que la delegación realice la compra a los transportistas para entonces poder recibir su mercancía.

¡Se imaginan ustedes! Estas mediaciones burocráticas sólo contribuyeron a modificar el canal de corrupción.  Ahora las que se enriquecían eran las jovencitas que los organismos de masas habían enviado para ocupar los puestos de las delegaciones.

Peor fueron los “Centro de Compra.” Estos centros debían recolectar los productos en los campos y enviarlos a la capital.  Para esto se crearon 23 centros de compra con un total de 269 empleados y 23 vehículos para realizar las transportaciones.  Estos centros presionaban a los campesinos para que produjeran según los intereses del Estado.  A pesar de lo errado de esta política de organización, algunos campesinos recuerdan con agrado la prontitud de los pagos.

Pero a pesar de todos los esfuerzos que el Estado realizó para salirse con la suya, las intenciones monopolistas del Mercado de Cuatro Caminos fueron imposibles de materializar.  A éste le fue imposible continuar acopiando los productos que consumían los 1.527,000 de habitantes capitalinos en la década de los años sesenta.

Entonces se vieron obligados a crear locales más amplios en otras zonas de la capital.  Estos nuevos centros de acopio se llamaron Unidades.  Así poco a poco la administración aceptó lo inevitable y estas unidades fueron fragmentándose hasta llegar a dispersarse por toda la capital.

Aunque esta dispersión no acabó con la centralización de la comercialización agropecuaria, si demostró la incapacidad del Estado cubano para sustituir y mejorar las estructuras prerrevolucionarias.

 

 

 

Yenisel Rodriguez

Yenisel Rodriguez Perez: He vivido siempre en Cuba, con la excepción de varios meses del 2013 cuando estuve con mi padre en Miami. A pesar de las noventa millas que separan a una ciudad de otra, en ambos sitios encuentro motivos profundos para asumir una militancia política y popular. Mi encuentro con la Antropología Sociocultural hace 8 años atrás, me ha alistado en el compromiso de amor a la diversidad cultural.

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