Las trampas de la nostalgia

Verónica Vega

Derrumbe en la Calle Zanja. Foto: Caridad

HAVANA TIMES — Que la nostalgia puede tendernos trampas edulcorando el pasado, es una idea que consideré por primera vez hace años, leyendo una novela de García Márquez.

Con los estrujones de la vida, lógicamente, mi propia percepción del pasado se fue haciendo más y más suspicaz  e incluso en los momentos en que me arrastra una melodía asociada a un amor, a una época, a aquellas fantasías del futuro por culpa de un exceso de juventud, reacciono y trato de ubicar los recuerdos, desmembrar situaciones, perfilar con objetividad rostros y actitudes.

Nos educan con un sentido exagerado de la añoranza. No sólo en Cuba, con la idealización expresa de la revolución y el culto mítico a sus mártires, sino en general en todas partes.

Se explota el sentimentalismo a través de los medios, de las modas retro, y en la mayoría de las canciones románticas hay una dosis desmesurada de nostalgia.

Se nos enseña a vivir reteniendo, (con las manos, con los ojos, con la mente), cuando la vida es justamente lo contrario, un eterno proceso de transformación, comenzando por nuestra propia imagen. Se van los amigos, no sólo a “mejor vida”, tras la línea del horizonte, o del cementerio, sino porque cambian las circunstancias, los intereses y los caminos.

Se van muchas parejas, se van los padres, se van los hijos. Porque incluso si no abandonan la casa (como frecuentemente ocurre en Cuba por el gran drama que es la vivienda), mutan sus cuerpos y mentes y nuestra relación con ellos, cambia.

Los objetos, no importa cuánto nos agraden, se desgastan o se rompen. Los espacios alrededor se transmutan. Cambian las ideas, y “los tiempos”.

Entonces, ¿por qué vivir reaccionando contra premisas que son tan naturales? ¿Por qué no pensar, como Tagore:

“…La belleza nos es dulce porque el ritmo voluble de su danza
es el de nuestras vidas.
La sabiduría nos es cara porque no tenemos tiempo de completarla.
En lo eterno todo está hecho y concluido, pero las flores de la
ilusión terrena son eternamente frescas, gracias a la muerte.
Hermano, recuerda esto y alégrate”.

Un reajuste de enfoque

Digo todo esto especialmente a mí misma, pues la nostalgia se ha convertido en mi sombra. Últimamente me descubro evitando los lugares que recorrí con mi hermana menor que emigró hace años, o un amigo que tampoco vive en Cuba, o las inmediaciones del edificio donde vivía mi madre…

Pero rehúyo sobre todo, enfrentarme al deterioro total que exhiben los lugares que habitaron mis pasos y mis sueños: la playa “de los rusos”, en Alamar, la piscina donde iba con mis hermanas y nuestros hijos y es una acumulación de muros rotos y agua pestilente. Un cine irreconocible en la Habana Vieja donde vi algún filme inolvidable, edificios demolidos cuyo veloz reemplazo (un parque, una tienda, un quiosco) me parecen falsos, puestos por Fotoshop.

Me aterra encontrar el pasado como pisoteado por la burla del futuro (ahora presente) corroído por un peso interno que no preví y que salta de repente  a mi rostro.

Sin embargo, hace unos días, este golpe visual me produjo un efecto inverso: sentí con total claridad que uno tiende a echar de menos aquello que le causó placer en algún momento,  aislándolo en la memoria, de su evolución como hecho. Separándolo del “antes” y sobre todo del “después”.  No viendo el proceso total, donde están las causas de la pérdida, no viendo cómo lo que añoramos fue sólo un detalle en un flujo incesante de acontecimientos.

Es lógico que una ciudad maltratada, testigo y cómplice de nuestra identidad, nos impacte. Más cuando su imagen se congeló en el tiempo en que nos sentíamos a punto de compartir su mutación a la belleza y la prosperidad. Pero, desmembrando cuidadosamente mis recuerdos, no encuentro sino salpicaduras de esplendor, como ahora mismo.

¿Qué echo de menos de Centro Habana, por ejemplo, donde viví en un antiguo hotel de vigas herrumbrosas, y paredes con pregnante olor a humedad? ¿Un edificio que parecía a punto de caerse en los ochenta y todavía está ahí, sostenido por una gravedad inexplicable?

En el Vedado, sí, tal vez Coppelia, la variedad de sabores y la consistencia del helado, el té con hielo en un mediodía tórrido en 23 y G… Tal vez pequeñas delicias que hoy, simplemente, han cambiado de sitio. Se han alternado los espacios recuperados de la destrucción, pero, en el fondo, hemos ganado más de lo que se percibe a simple vista.

Porque lo que entonces parecía a punto de ser, no era, simplemente. Fue un espejismo sostenido con la alianza soviética, fue sólo un impasse en la transformación real que no ha dejado de ocurrir, incluso en la aparente inercia.

Un proverbio hindú reza: “la mentira puede correr un año, la verdad la alcanza en un día”. Cuba es hoy más de lo que fue cuando sólo era una promesa. La idealización no nos ayuda a entender la existencia ni el funcionamiento del mundo. Nos pierde en una viscosa neblina mientras la dialéctica sigue en movimiento.

Creo que lo que extrañamos, más que nada, son nuestros propios sueños. Las construcciones que hicimos con nuestra sustancia mental, y en este sentido nuestra nostalgia no es diferente a la de un primermundista que siente tristeza al no reconocer (aunque sea por culpa de una ola de progreso), su barrio natal.

Un amigo contaba que un día, él iba con su padre y, deteniéndose frente al Parque Central, en la Habana, de pronto el padre se quedó como en suspenso, con la mirada perdida. Al preguntarle qué le pasaba, respondió: “es que acabo de ver… ¡si pudieras ver  lo que he visto! Acabo de recordar cómo era todo esto antes” (del 59). Y en sus ojos, más que nostalgia, había dolor.

Los que creen haber ganado con la revolución reaccionarán enardecidos, y lo entiendo. También entiendo que si hubo un cambio entonces era porque la fermentación existía, oculta bajo el esplendor. Lo positivo ahora, ¿no será que la fermentación está ya en la superficie? Cómo esas pústulas que, una vez horadadas, sólo les queda drenar e ir sanando.

Ayer, en una película, la protagonista decía algo que me dejó pensativa. Algo como que uno tiene miedo del futuro porque de algún modo cree que nada va a cambiar. Que el final será como esto mismo. Pero sí cambia. Y si las cosas están aún mal, si no nos satisfacen, si seguimos con esta sensación de insuficiencia, de conflicto, significa que todavía no es el final.

Veronica Vega

Verónica Vega: Creo que la verdad tiene poder y la palabra puede y debe ser extensión de la verdad. Creo que ese es también el papel del Arte, y de los medios de comunicación. Me considero una artista, pero ante nada, una buscadora y defensora de la Verdad como esencia, como lo que sustenta la existencia y la conciencia humana. Creo que Cuba puede y debe cambiar y que sitios como Havana Times contribuyen a ese necesario cambio.

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3 thoughts on “Las trampas de la nostalgia

  • Me cuesta trabajo encontrar el adjetivo que tu reflexion promueve: nostalgico, triste, doloroso, objetivo, agudo……..pero sobre todo, me ha encantado tu manera de escribir. Que bueno constatar que en la Cuba nuestra hay gente de pensamiento.

  • Muy bello tu post y muy certero. Me gusta mucho tu posición frente a la trampa de la nostalgia. Yo comparto tu mismo punto de vista.
    Te mando un abrazo

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