De la salud en Cuba (o de la esperanza)

Por Verónica Vega

El hospital Salvador Allende, en el municipio Cerro. Foto: Raquel Pérez

HAVANA TIMES — Confieso que siento una seria aversión por hospitales y policlínicos. No sólo por el recuerdo de dolores físicos, malos diagnósticos, indiferencia o maltrato, (que sí me han tocado), sino por la inevitable asociación que hace mi mente con estos sitios y la espera.

Esperas larguísimas bajo el efecto de algún malestar, en asientos incómodos, o angustiada por mi hijo enfermo. Esperas viéndolo toser, quejarse, llorar, entre otros niños que también lloran, y adultos que hacen caso omiso al cartel que aparece en algunos cuerpos de guardia: “Hable con voz hospitalaria”.

En un tono nada acorde con el pedido, conversan, enumeran calamidades, reprenden a los hijos y hasta discuten que sí es su turno.

La espera y el olor característico de los hospitales, por los ingresos a causa del asma que sufrí en mi infancia, están impregnados en mi subconsciente con una fijeza remotísima.

Claro que también guardo impresiones de un trato gentil por parte del personal de salud, atenciones que hasta me conmovían. Alguna vez incluso reflexioné en lo extraño de que, por obra del azar (o providencia) una persona desconocida me asistiera en una situación de sufrimiento.

Pero el tiempo y el innegable deterioro del sistema de salud cubano, me han predispuesto a tal punto que solo acudo al médico cuando es simplemente inevitable.

Esta mañana, los síntomas de una infección en los riñones se aguzaron tanto que decidí que era uno de esos momentos. Así que entré en mi consultorio del médico de la familia, bien apertrechada para la espera con un libro de uno de mis “grandes amores”: el argentino Ernesto Sábato.

Hay que admitir que la atmósfera de un consultorio no tiene la agresividad de un cuerpo de guardia. Rara vez se presentan urgencias y, como pude constatar hoy mismo, mucha gente está sólo por una receta, el resultado de un análisis o para tomarse la presión.

Pero igual, la condición de ser atendido es la larguísima  espera y adentrarme en el universo mental de Sábato no era fácil por el tono nada “hospitalario” conque conversaban alrededor mío.

Curiosamente, el total de pacientes (unas doce), éramos mujeres. Por la irritación que mostraban muchas con la demora, porque pusieron el grito en el cielo al ver entrar a una segunda embarazada (es bien sabido lo que tardan las consultas con gestantes), pensé como otras veces, que de algún modo el servicio médico cubano es insuficiente para la demanda.

Miré las paredes, los murales con información sobre la lactancia, sobre la necesidad de hervir el agua o esterilizarla con  “Hipoclorito de Sodio al 1%”. Sentía dolor, ganas de orinar, fatiga. Pero volví a Sábato, las palabras de un libro que escribió  en el ocaso de su vida, por quienes le insistían en que legara sus memorias antes de irse.

Un hombre que, como tantos, creyó ver en el socialismo la solución a las injusticias sociales y tuvo el coraje de repudiar los horrores del estalinismo, que enunció: “el único milagro del capitalismo es haber concentrado en una quinta parte de la población mundial más del ochenta porciento de toda la riqueza”.

Que sufría porque cada dos segundos un niño muere de hambre y por los jóvenes que le escribían, desesperados, anhelando en su respuesta una razón sólida para no suicidarse. Que citaba a Strindberg: “No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos”.

Un hombre que confesaba dudar de que fuesen válidos los argumentos con que intentó hallarle sentido a la existencia, al final de este libro, propone a los que le pidieron escribirlo: “Salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizás ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno”.

Estas palabras percutían en mi cabeza cuando por fin me llegó mi turno y la doctora me indicó una cituria y tratamiento anticipado para la infección renal por los síntomas que ya padecía.

Cuando fui con mi hijo al policlínico a hacerme el análisis, mientras esperábamos el resultado por una hora en un parque cercano, a pesar del dolor y los escalofríos, sentía alivio. Y la responsabilidad no era sólo de Sábato. También de la doctora y la laboratorista que, tal vez sin gran conciencia, cumplían con su humilde rol.

Era responsable, más que nada, esa necesidad de la esperanza que subsiste a las crisis, a las catástrofes, esa necesidad de confiar, de no rendirse, que está inmanente en el ser humano, tan o más fuerte que los vicios de la memoria. Tan fuerte como el natural rechazo a la incomodidad, a la indiferencia o a la crueldad.

Y pensé: si mucha gente, poco a poco, admitiera esa parte de sí, (ni siquiera por deducción racional, sino por un reclamo instintivo de la naturaleza), ¡cómo cambiaría el mundo! ¡Cómo cambiaría Cuba!

Después de todo, la mayoría de los que criticamos tanto a esta isla (incluso aquí, en Havana Times), lo hacemos precisamente por la esperanza.

Veronica Vega

Verónica Vega: Creo que la verdad tiene poder y la palabra puede y debe ser extensión de la verdad. Creo que ese es también el papel del Arte, y de los medios de comunicación. Me considero una artista, pero ante nada, una buscadora y defensora de la Verdad como esencia, como lo que sustenta la existencia y la conciencia humana. Creo que Cuba puede y debe cambiar y que sitios como Havana Times contribuyen a ese necesario cambio.

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