Cuando la inocencia se pierde

Verónica Vega

poster-en-la-peleteria-la-reina-esquina-galiano-y-reina
Poster en la peletería La Reina, esquina Galiano y Reina

HAVANA TIMES — ¿Quién no recuerda los sentimientos con que, en plena juventud, enfrentamos la vida?

El hallazgo del amor correspondido y con él la fuerza para soñar, ir directo a un futuro que prevemos siempre maravilloso. La felicidad desborda lo mejor de nosotros: la alegría, la solidaridad, la fe en la familia, en el valor de la amistad…

¿En qué punto del engranaje de meses y años, de la aplastante rutina, la implacable carrera de la supervivencia o los actos por satisfacer las ambiciones personales, todo esto se pierde?

La película francesa La Vie d’une Autre,  de Sylvie Testud, nos coloca frente a esta pregunta.

Maria Sparanski, (Juliette Binoche), despierta una mañana en una lujosa casa donde vive con su esposo, Paul Sparanski (Mathieu Kassovitz). Su extraño estupor, su torpeza al reaccionar ante el ambiente que la rodea, nos va revelando que no reconoce casi nada de sus propias circunstancias, como si hubiera entrado de pronto a una dimensión paralela de su identidad.

Al confrontar la fecha, descubre que ha dormido durante ¡diez años! No es que haya estado una década en estado de coma, no: ha vivido todo ese tiempo sin conciencia de cómo se iba transformando su vida.

Y empieza a adentrarse en la existencia de una mujer autoritaria y egoísta, envilecida por el éxito, temida por sus subordinados, una mujer que ha perdido el amor de su marido, no tiene amigos, que en medio de su prosperidad abandonó a sus padres. Incluso se sorprende al constatar que tiene un hijo.

Pero la absurda y cruel paradoja es que María ha despertado con la inocencia de la primera noche de amor junto a ese hombre que ahora es su esposo y padre de ese niño. Ha despertado con la integridad de los sueños juveniles, cuando era una chica común, con angustias económicas y un padre con Alzheimer. Ha vuelto a la realidad con el estado del enamoramiento puro, sin dobleces ni cálculos.

¿Qué hacer ante ese entorno de separaciones tácitas, recelos, competencia, ese mundo que ha ido creando en su inconsciencia? Y mientras enfrenta las consecuencias de sus decisiones pasadas, los compromisos del éxito laboral, la prueba de su maternidad olvidada (la cicatriz en su vientre), la indiferencia de su esposo, mientras va descubriendo a esa “otra”, ella misma, encuentra a cada paso una implacable y devastadora soledad. Tiene miedo y solo atina a defenderse con lo que ha recuperado: su sinceridad, su indefensión, su amor.

La premisa del filme es válida para cualquiera, porque, ¿cuánto reflexionamos sobre el precio que pagamos por un poco de éxito, de prosperidad, o de supuesta madurez?

¿Hasta qué punto la satisfacción de los deseos es evolución y hasta qué punto, felicidad? En el caso más común, la frustración de las expectativas con que se sale a conquistar el mundo nos convierte en seres apagados, mezquinos, resentidos.

Pero la pérdida de la inocencia es mucho más. Es perder esa mirada de niño, la capacidad de ser feliz más allá de la realización del futuro imaginado.

En Cuba la falta de perspectivas materiales, la asfixiante demarcación política, la rigidez mental, son la justificación perenne para la insatisfacción, el resentimiento y la mediocridad.

Sobrevivir es más que no morir, es más que alimentar el cuerpo y preservar la salud. Incluso en este foro, donde se abordan los problemas del país que jamás aparecen en los medios oficiales, el enfoque es invariablemente de inconformidad, confrontación y crítica.

Poco o nada se dice de la necesidad o la urgencia de vivir a plenitud mientras se lucha por (o se espera) un cambio sociopolítico. La vida no espera por nadie. La muerte de alguien querido es muchas veces el hecho que nos confronta de golpe con la temporalidad.

Inocencia no es ignorancia, no es ingenuidad. Es confianza en la naturaleza oculta de la vida. Es la capacidad de experimentar a plenitud lo que tenemos ahora mismo, lo que somos a nivel de existencia y no solo a nivel de sociedad. Darnos cuenta de que cada secuencia de olas se disuelve en la misma orilla, ese juego cíclico, como dice Goethe, “…seres virtuosos que, engañados con la promesa de un porvenir feliz, han desaparecido antes que yo.”  Porque “futuro” es la trampa que engulle generación tras generación, por igual a idealistas, altruistas y oportunistas.

“Futuro” es la parte del camino que no hemos visto y que se hace de este mismo presente. Camino que ni siquiera sabemos cuánto dura o hacia dónde nos conduce.

Veronica Vega

Verónica Vega: Creo que la verdad tiene poder y la palabra puede y debe ser extensión de la verdad. Creo que ese es también el papel del Arte, y de los medios de comunicación. Me considero una artista, pero ante nada, una buscadora y defensora de la Verdad como esencia, como lo que sustenta la existencia y la conciencia humana. Creo que Cuba puede y debe cambiar y que sitios como Havana Times contribuyen a ese necesario cambio.


2 thoughts on “Cuando la inocencia se pierde

  • el 30 octubre, 2016 a las 11:42 pm
    Permalink

    Hermosa y profunda reflexion Veronica. “caminante no hay camino, se hace el camino al andar”.
    Que no tengan que extrañar lo que ahora tienen sino lo logran apreciar, antes de que lo pierdan. Desafortunadamente sucede todo el tiempo solo hay que enterarse de las noticias sobre que sucede alrededor del mundo.
    Abrazo
    J.

  • el 26 octubre, 2016 a las 4:37 pm
    Permalink

    Muchos de los suenos y aspiraciones de nino se pierden en la adolescencia donde empezamos a vivir para encontrar nuestro lugar entre los demas ; pero tarde o temprano hay que retomar aquellos suenos otra vez ; porque la vida es corta y no espera.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *