Una historia de bicicletas

Jorge Milanes

Joven en La Habana Vieja.  Photo: Caridad
Joven en La Habana Vieja. Photo: Caridad

La Villa Panamericana es una ciudad de edificios con apartamentos de no más de cinco pisos, ubicada en la entrada de Cojímar, construida para los deportistas que participaron en los Juegos Deportivos Panamericanos de La Habana 1991. Luego de terminados los juegos fue entregada a familias.

Desde entonces cientos de jóvenes se reúnen en su largo parque conocido como El Prado de La Villa a escuchar música, conversar, bailar, montar bicicletas, en fin, a hacer vida social.

Ayer en la noche salí a comprar cigarrillos en bicicleta, y como el trayecto es tan aburrido, le pedí a Humberto, mi vecino de 17 años, que me acompañara. Él, que es un adolescente muy alegre y se pasa la vida haciendo chistes y gesticulando, aceptó.

Inmediatamente tomó su bici, y salió estrepitosamente desde la puerta de su casa, con la rueda suspendida en el aire, y me miraba radiante como quien espera un halago. Su bicicleta era vieja, al igual que la mía, que tengo desde la década de los noventa, cuando este medio de transporte era imprescindible por las dificultades que habían, pero él se lucía con actos de acrobacia y me preguntaba que como lo veía.

Yo en realidad no tenía la menor idea de lo que me preguntaba, pero le contesté que bien.

Al llegar a El Prado me di cuenta del porqué de sus preguntas y acrobacias. Era casi un ejército de jóvenes con bicicletas haciendo sus hazañas ciclísticas a lo largo del parque, conversando, o enseñando la última pieza que le habían adaptado a sus vehículos.

Mi vecino me presentó a un grupo, ellos, muy emocionados, me contaron que han ido a Cienfuegos, provincia que queda a 190 Km de La Habana, y sin problemas.  Entonces mi vecino pidió permiso y se fue a reunir con otros jóvenes que parecían ser sus amigos.

Yo me acerqué a otro grupo con bicicletas muy bonitas y les pregunté: ¿Dónde las compraron?, ellos contestaron que eran las bicicletas que sus padres habían usado en el Período Especial. La mía es de esa misma época, pero no está tan bonita como aquellas; chinas, muy pesadas, duraderas, y que ellos habían reparado a su gusto con piezas adaptadas, intercambiadas o hechas por ellos.

“El requisito es que no pueden ser nuevas, porque de lo contrario se pierde la magia de poner nuestro ingenio”, me explicaba uno de ellos.  Sus caras parecían soles al verme interesado por lo que hacían.  También noté que se sentían realizados por lograr su entretenimiento, pues en Cojímar ya no hay ni una discoteca, y a la vez darle un sentido a su vida de jóvenes, pues he visto otros grupos que se dedican a cosas menos sanas, como la delincuencia.

Ya a las 9:20 de la noche traté de despedirme de Humberto pero preferí no molestarlo, pues él continuaba con sus amigos. Lo hice del grupo y me retiré sin acordarme de comprar los cigarros.



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Odio el invierno, Ontario, Canadá. Por Janice Lally (Canadá). Cámera: Sony CyberShot

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