Un señor con sombrero bajo una bandera blanca

Por Dmitri Prieto

Las expectativas del regreso del Presidente Zelaya a Honduras están hoy entre las grandes interrogantes [issues] del futuro inmediato de las Américas. Un presidente desplazado del poder por una junta golpista, la cual cuenta con el apoyo no sólo de la oligarquía sino también aparentemente de la casi totalidad del parlamento, de las fuerzas armadas, de la policía y de la judicatura, pretende regresar a su país y al ejercicio de sus funciones de una forma pacífica, bajo una bandera blanca.

Para ello cuenta con el apoyo de los movimientos sociales, de los “pobres de la tierra”, especialmente de aquellos “pobres” que han decidido “meterse en política” a favor de un carismático líder justiciero, que sin embargo no es para nada pobre, ya que pertenece a una bien acomodada familia ganadera, y su biografía política es parte de la historia reciente del Partido Liberal de Honduras.

El regreso del Presidente Zelaya a su país, secuestrado por la junta golpista, sus aliados y sus partidarios [supporters] de las clases económicamente acomodadas, es ampliamente debatido no sólo por la importancia que pudiera tener desde el punto de vista del cumplimiento -¡al fin!- de lo ordenado unánimemente por los organismos políticos internacionales, sino también por lo raro, extraño, y pudiera decirse, extraordinario, que resultaría tal acontecimiento en la historia política latinoamericana.

Y -seré más atrevido- en el ámbito de las ciencias políticas actuales en general. Por supuesto, tal excepcionalidad estaría presente sólo si el retorno del Presidente legítimo de Honduras se torna un hecho, es decir, si las estrategias y tácticas utilizadas por él y su equipo se vuelven resultativa s.

Un líder legítimo que entra sin armas a su país, estando este controlado por las bien armadas autoridades golpistas, necesitará de inmediato del apoyo de estructuras alternativas a las existentes. Recordemos que fue el Parlamento el que depuso a Zelaya y nombró presidente a Micheletti, después de verificado el hecho del golpe militar.

¿Podrá coexistir ese órgano con el nuevo/retomado poder del Presidente? ¿Podrá coexistir con este poder la judicatura? Obviamente, se trata de una crisis de legitimidad de los poderes de la República que deberá ser resuelta inmediatamente. De manera paradójica, el retorno de la constitucionalidad cuestionará el ordenamiento constitucional mismo. Es como si el golpe paralizara la posibilidad de la legitimidad institucional… fuera de un cambio en la misma, o sea, de una revolución.

El retorno de Zelaya cuestionaría el propio concepto de poder estatal como autoridad basada sobre el control de las instituciones armadas, o -según Max Weber- como “monopolio de la violencia legítima”.

¿Con qué recursos cuenta Zelaya para entrar al país y re-instalarse en el poder? ¿Cómo lo haría? ¿Qué acciones o prácticas concretas emprenderían él, su equipo, y quienes lo apoyan, para lograr el “consenso de los gobernados” y la obediencia de aquellos a quienes Lenin llamaba “los hombres con rifles”? Se trata de grandes preguntas, ante las cuales la teoría prefiere callar, si es que no balbucea “respuestas” incoherentes. La respuesta verdadera es la praxis.

Más allá de las gloriosas historias de M. Gandhi, quisiera contrastar lo que sucede en Honduras con 3 hechos relativamente recientes de Nuestra América: Primero, el golpe pinochetista en Chile. El presidente se niega a renunciar, permanece en Palacio y es bombardeado mientras queda virtualmente en soledad frente al avance de las armas golpistas.

La resistencia es acallada inmediatamente a balazos, Allende muere como un revolucionario digno. Estamos en plena guerra fría, no hay ningún tipo de acción internacional eficaz contra el golpe.

Segundo, la triste historia del gobierno de Aristide, en Haití: el presidente legítimo es expulsado por la fuerza de las armas (no de un ejército, sino de formaciones irregulares), la “comunidad internacional” exige su restitución, pero esta llega demasiado tarde, y las negociaciones ayudan a des-radicalizar el programa político del presidente, a quien cuando retorna le quedan semanas en el poder.

Tercero, las últimas elecciones presidenciales en México y la frustrada epopeya del candidato izquierdista López Obrador, quien se declaró Presidente legítimo alegando fraude electoral masivo y enfrentándose a las decisiones de las autoridades electorales y al tácito apoyo que recibió su contrincante mediante su oportuno reconocimiento como Jefe de Estado por la “comunidad internacional” (incluyendo los gobiernos izquierdistas del Continente). López Obrador en su calidad de autoproclamado presidente constitucional creó un gobierno, nombró ministros, movilizó a sus seguidores.

Pero la “comunidad internacional”, el “consenso (¿?) de los gobernados”, así como los “hombres con rifles” indicaron bien claro donde estaba el “verdadero” gobierno de los Estados Unidos Mexicanos.

Superada la época en que era posible el pinochetismo en América, Zelaya está arrostrando la posibilidad de enfrentar un espectro de variantes entre el segundo y el tercer escenario. ¿Qué sucederá si entra al país? ¿Logrará su reconocimiento como Presidente? ¿Cuál será el futuro político de Zelaya y de su país?

Si el regreso se produce y se logra crear una estrategia para la restitución de Zelaya en el gobierno, esto implicaría un cambio en el concepto mismo de revolución, cambio en el concepto mismo de qué es lo que entendemos por poder político. Paradójicamente, el retorno de Zelaya como gobernante será un indicador de la crisis misma de la noción común de “gobierno”. La crisis de la noción de poder como violencia legítima de los “hombres con rifles”, apoyados en el “consenso de los gobernados”.

¿Será capaz el pueblo de Honduras, sus Movimientos Sociales y su Presidente legítimo capaz de cumplir con las expectativas? Si Zelaya retorna, la historia de las revoluciones tendrá una nueva página.

Hoy, sin embargo, estamos ante una página en blanco. ¡Que nuestra solidaridad y nuestras oraciones sean propicias para que los enemigos de la libertad no la embarren de sangre!

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