Tema para un bolero

María Matienzo Puerto

Omara Portuondo.  Photo: Caridad
Omara Portuondo. Photo: Caridad

Siento nostalgia de una ciudad sonora que no conocí. La Habana, que me cuenta una amiga, llena de jazz band, soneros y bolerones, que cantaban lo mismo a un amor perdido que al placer de un buen alcohol.  Una Habana ubicada bien lejos de esta que vivo con una ceremoniosidad impuesta que solo nos lleva a parecer lo que en realidad no somos.

Yo soy así. Añoro lo otro con mucha facilidad, sobre todo lo que no he vivido o lo que no he tenido.  No es envidia, es solo cierta melancolía que me permito de vez en cuando.

Por ejemplo, siento una apretazón en el pecho cuando pienso en mi abuelo muerto hace ya algunos años. Y es que la muerte es una de las cosas que jamás aceptamos.

Aunque siempre que veo aparecer por mi ventana a la nostalgia detrás viene la esperanza o la resignación.

Eso me sucede con las distancias.

Al principio luchaba y trataba de mantener una correspondencia viva, pese al poco acceso que tenía al correo electrónico, con cada unos de los amigos que partían para no regresar en largo tiempo. O en un arranque de curiosidad buscaba en un mapa, junto a una amiga, los sitios que nos gustaría conocer.

Ahora me doy cuenta que a veces hay que dejar que la vida fluya, sin importar cuánto nos alejemos de lo que deseamos, que los amigos se van para dar paso a otros, y estoy por creer que los sitios nos escogen a nosotros.

Sin embargo, hay momentos que esta suerte de resignación no alcanza. No hallo una explicación. Simplemente me siento sola, aún cuando sé que soy una mujer de más de treinta años que no necesita de un padre celoso.

Entonces comienzo con otro tipo de consuelo más concreto y me digo: ¿tú sabes en Cuba cuántas familias están divididas por el mar?; ¿cuántas personas esperan encontrarse con un amigo, una madre, un hijo, una tía o un primo?; ¿cuánta gente no ha perdido la esperanza de un reencuentro?; ¿qué te hace pensar que tu suerte va a ser diferente?

Pero es que hace diecisiete años que no lo veo ni siquiera en sueños.  Casi no recuerdo su rostro ni su voz. No es siquiera un fantasma.  En el 92 se fue a vivir una mejor vida de médico a Nicaragua porque con lo que tenía aquí no le bastaba. Y lo entiendo. Quería comer y vestir mejor.

Lo que nunca voy a comprender es porqué con la distancia vino el olvido y la indiferencia.

Trato de ser justa, de pensar en sus razones: puede que el miedo de no poder regresar a su casa con su familia; o el tiempo no le sea suficiente; o simplemente le huye a las nostalgias que he heredado de él y eso le provoque cierta parálisis sentimental.

Las preguntas las formulo yo y me las respondo a mi antojo. El silencio sigue marcando la separación y no vale tecnología ni correo postal mediante. Las veces que he intentado un acercamiento, mis esfuerzos han sido en vano.

Y ahora sigo añorando otras herramientas: quizás si yo hubiera nacido en esa ciudad menos ceremoniosa, de la que me ha hablado esa vieja amiga, la carga fuera más liviana porque la distancia es un buen tema para un bolero.

Maria Matienzo

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.



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Alegres en La Habana, Cuba. Por Francisco Santiago Día (México). Cámara: Canon Eos 30D

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