La planchadora de mi barrio

Rosa Martinez

Ilustración: cubatrendings.com

HAVANA TIMES – Aunque hay tareas del hogar que no disfruto –como por ejemplo, planchar-, nunca he podido darme el lujo de pagar para que alguien más lo haga, pues los dos salarios que entran en casa apenas alcanzan para la alimentación de toda la familia, mucho menos para costear una ayuda que me permitiría tener más tiempo para mí.

Así que, como el 98 por ciento de las mujeres trabajadoras cubanas, no he tenido más alternativa que organizarme bien y contar con el apoyo de mi esposo y de las niñas, que a medida que crecen colaborar más en las tareas hogareñas.

Pero, hace poco, una vecina me comentó de una muchacha soltera que tiene 5 hijos pequeños, y lava y plancha para la calle, entre otras cosas, para ganarse el sustento de su larga prole.

Ella cobra barato, me explicó mi amiga, si fuera tú le llevaba, aunque sea las cosas para planchar. Como tiene un precio tan asequible muchas mujeres le están llevando la ropa, es un dinero extra que debes pagar, pero vale la pena, es trabajo que te ahorras en casa.

Barato, consideré, no pierdo nada con ir y averiguar. Así que, no lo pensé dos veces, y fui a ver a la planchadora a la que tantas féminas del barrio elogian.

No hice la visita sola, me acompañó mi hija menor.

Llegamos con facilidad, no había forma de perderse, es una casita desvencijada, como nunca había visto, y mira que en mi barrio hay de todo como en botica cuando de vivienda se trata, desde casas de cartón, de latas, hasta la versión más moderna de construcción con cemento.

Hola, vengo de parte de Chabela, dije desde la calle.

Pero pasa, no te quedes ahí parada, respondió desde dentro.

Pero si por fuera causaba mala impresión aquello que no sé si se puede llamar casa, en el interior era mucho peor.

No te fijes, por favor, ya sabes, somos muy pobres…

Mi hija me atravesó con la mirada y no hizo falta que me hiciera seña alguna o profiera palabra. Sus ojos deben haber sentido lo mismo que los míos: primero, asombro ante tanta miseria, segundo, dolor por esos cinco pequeños -solo un varón- que solo Dios sabe qué comían, cómo vestían y cómo se las arreglaban en sentido general.

Tranquila, no estoy aquí para escudriñar nada, solo quiero saber cuánto cobras por planchar los uniformes de dos niñas, serían 10 blusas y seis sayas, solo eso.

El precio fue, en verdad, muy económico, y si me volvía cliente fija, es decir, llevaba la indumentaria todas las semanas, podía pagar mensualmente, algo que ella prefería para poder ver más el dinerito.

Entre una cosa y otra conversamos durante casi una hora. Casualmente ella conocía a mis padres, y yo a su exmarido. Hablamos de muchísimas cosas, de los hijos, del calor excesivo, del bodeguero –un ladrón de oficio-, de lo caro que están los precios de todos los productos, de la calle rota. Cuando me fui parecía que habíamos sido amigas de toda la vida.

Pero a pesar de la grata conversación, salí de todas manera con el alma rota, ver tantas penurias, muchísimas mas de las que yo misma puedo padecer o imaginar, a pesar de vivir de un salario estatal, me dejó con esa sensación de que me quejo sin razón, de que no vivo tan mal, de que soy afortunada por todo lo que tengo, y, sobre todo, que debía hacer algo urgente para ayudar.

Lo primero fue convertirme en cliente fija y pagar, además, mucho más de lo pactado. Segundo, visitarla con frecuencia para seguir compenetrándonos. Y tercero, ofrecer el primer apoyo, que en realidad no salió de mí, sino de mi hija, que sacó toda la ropita que no le servía, y estaba en buen estado, para donarla a cualquiera de las pequeñas a las que les pudieran servir.

Cuando regresamos no sabía cómo decirle que le habíamos llevado aquella ropita, sin ofenderla o herirla. Después de conversar un rato y compartir un trago de café, le dije: mira, la niña tiene muchas cosas que no le sirven ya y no sabemos qué hacer con eso, pensé que quizás te podrían servir…

No me dejó concluir, me abrazó fuerte durante largo rato y después salió corriendo y llamó a las cuatro hembras. Me marché y ella quedó sonriendo; yo debía hacerlo también, pero de regreso a casa, en lugar de risa, me salieron lágrimas, muchísimas lágrimas…

Rosa Martínez

Rosa Martínez: Soy una colaboradora más de Havana Times, profesora universitaria y madre de dos niñas bellas y malcriadas que son mi mayor felicidad. Mis grandes pasiones son leer y escribir y gracias a HT puedo cumplir con la segunda. Espero que mis escritos contribuyan a tener una Cuba más inclusiva más justa. Espero que algún día pueda mostrar mi rostro junto a cada uno de mis posts, sin temor a que me llamen traidora, porque no lo soy.


2 thoughts on “La planchadora de mi barrio

  • el 1 noviembre, 2018 a las 3:24 am
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    Hola Rosa. Muy emotiva tu historia de hoy. Y muy hermoso el gesto solidario tuyo y de tu hija, pero yo me hago algunas preguntas ¿Tanta educación gratuita revolucionaria no enseña a las personas el sentido de la responsabilidad? ¿Cómo se puede ser joven, terriblemente pobre y darse el lujo de parirle -nada menos que 5 inocentes niños- a un “fulanete”; quien si se fue de la casa y se desentiendió de ella y de sus hijos, es porque nunca los quiso a ninguno. Ojalá no sea cruel con mi observación, pero la lástima es un sentimiento que nunca ha hecho nada bueno por nadie, salvo victimizar a muchas personas que hacen la cosas sin pensar en la serías consecuencias de sus actos. Por otra parte, ¿Y dónde está la “mano amiga” de esa “combativa” FMC que tanto se preocupa por el malestar y cuidado de las mujeres cubanas? Así, cobrándole la cotización a otras pobres “colaboradoras”.

  • el 30 octubre, 2018 a las 4:34 am
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    Felicidades, siempre hay alguien en peor situación que uno y se le puede echar una mano. Para esa mujer también vale mucho saber que alguien se preocupa por ella.

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