La noche que pasó el huracán Sandy

Desde Guantánamo de una colaboradora de HT.

Rosa Martinez

Daños por el huracán Sandy en Santiago de Cuba. Foto:sierramaestra.cu

HAVANA TIMES — Creo que hoy finalmente podré dormir. Sandy llegó a tierra cubana el pasado jueves durante las primeras horas de la madrugada, y desde entonces no han sido pocos los malos ratos.

Ese día llegó a mi casa un visitante, de esos que andan por el mundo sin preocupaciones, sin saber nada.

Mi tío Raúl vino desde Granma a pasarse unos días con nosotros, ni siquiera sabía que todo el oriente cubano estaba en fase de alarma ciclónica, perdido como siempre.

Llegó en medio del aguacero, disgustado por la suerte que tiene, pues siempre llega a Guantánamo bajo aguacero. Tan es así que le llamamos el hombre que vino con la lluvia, y cuando nos azota alguna sequía le pedimos que venga por unos días para que traiga un poco de agua.

Esta vez Raulín, como le decimos cariñosamente, trajo mucho más que lluvia.

Eran apenas las 7 de la noche y la lluvia ya había comenzado. Todos en el barrio, la ciudad, la provincia, la región oriental estábamos pendiente de lo qué haría Sandy: por dónde entraría finalmente, hasta qué categoría llegaría, y si finalmente las rebeldes montañas del Turquino lograrían debilitarlo.

Desde la mañana y durante toda la tarde los que tenemos casas con techos de fibro cemento y zinc amarramos las cubiertas y aseguramos todos nuestros bienes, no solo en las casa sino en las entidades estatales.

Los pobladores de zonas con posibles inundaciones fueron evacuadas tempranamente al igual que las que viven en viviendas en mal estado, en fin, estábamos listos para recibir al señor Sandy.

El indeseado llegó a la medianoche, como casi siempre ocurre con estos fenómenos. No sé porqué escogen entrar en pueblos y ciudades a altas horas de la noche, tal pareciera que intentan coger a la gente desprevenida, pero nosotros no lo estábamos, esperábamos preparados, despiertos y alertas.

Mi familia y yo (unas 9 personas, incluyendo mis dos niñas que dormían en el único cuarto de la casa con techo de placa) nos reunimos en la parte de la casa de los viejos, la casa más segura de todos, al menos aparentemente.

No por esperado dejó de hacer daño

A las 12, o un poco menos, se intensificaron las lluvias y comenzaron los fuertes vientos. Al principio estábamos tranquilos, pero aquello comenzó a sonar cada vez más fuerte.

El teléfono comenzó a sonar, varios familiares y amigos llamaron asustados. “Rosa, ¿y esto qué cosas es?, me dijo un familiar en Santiago.

“¿Esto es categoría 3 o que?”, preguntó una amiga del centro de la ciudad de Guantánamo, que fue la última a quien pude escuchar pues los teléfonos quedaron fuera de servicio rápidamente, la electricidad también fue cortada.

Quedamos en silencio en medio de la oscuridad y del zumbido temerario de aquel ciclón que parecía empeñado en llevarse nuestra casa.

“El techo no va aguantar”, gritó mi hermano. Lo miré desafiante. “No seas pájaro de mal agüero”, le dije molesta. “¡Tiene que aguantar!”, le respondí sin mirarlo, pero muy dentro de mí, le pedía a todos los santos conocidos y por conocer que nos protegieran, que no permitieran que el techo saliera volando como Matía Pérez, y aunque recé y recé, es decir, rezamos, no debemos haber sido los únicos, nuestras plegarias no fueron escuchadas, o mejor dicho ni Dios ni nadie pudo hacer nada contra aquella furia, y la mitad del techo de la casa de mamá salió disparado por los cielos.

Los zines se fueron lejos, nunca más los encontramos, las tejas de fibro cayeron cerca, pero hecha pedazos.

En la misma situación se encontraban varios vecinos que, sin escuchar consejos salieron a buscar el techo perdido a expensas de que algún objeto volador los hirieran, o uno de los muchos árboles que cayeron les provocaran daños peores, afortunadamente no les sucedió, pero pudo haber ocurrido.

En casa no nos desesperamos. El techo ya se había perdido y ya nada se podía hacer, pero quedaban objetos que sí podíamos salvar, y eso fue lo que hicimos.

Nos organizamos y trasladamos las cosas más valiosas de la sala y del primer y segundo cuartos hacia la cocina y el último cuarto, las únicas secciones de la casa con techo de placa.

Allí pusimos los dos televisores, el viejo y querido armario de mis padres y otras cosas importantes que logramos evitar que se empaparan con la fuerte lluvia o salieran volando como el techo.

No nos quedó más remedio que acomodarnos en el pedacito de cocina, en el último cuarto no entraba nada más. Esperamos ansiosos sentados en asientos, mesas, yo me acomodé en la meseta, todos rezábamos para que aquello acabara pronto y no siguiera desmantelando la casita que con tanto trabajo había construido mi familia.

La furia continuó durante demasiado tiempo. Creo que cada diez minutos preguntaba por la hora. No podía creer que aquello durara tanto, pero duró, duró al menos cinco horas. Fueron cinco horas de gritos, lamentos, preocupaciones, por las familias y amigos, tanto de Guantánamo como de la querida Santiago.

Hoy voy a la cama y quizás pueda dormir. Ya acabaron las labores de limpieza y acomodamos tos tarecos lo mejor posible. La mitad de la casa sigue sin techo, pero la otra mitad está segura y no se moja.

Aunque no escucho ningún viento o zumbido que pueda atemorizarme, llevo en la mete otra preocupación. Pienso en la casi decena de santiagueros que perdieron la vida, en los miles cuyas casas fueron totalmente destruidas y dentro de ellas todos los recuerdos y memorias. Ahora mismo debe haber algunos que no tengan siquiera donde poner su pies o cabezas, aunque sé que nuestro Estado no deja a nadie desamparado.

Siento vergüenza de tener sueño, intento seguir despierta, pero el cansancio es más fuerte que el dolor, y finalmente quedo dormida entre sustos, lamentos, dolor, por los que están igual o peor que yo, principalmente por Santiago, mi ciudad de los sueños.

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