Historias de zapatos

Rosa Martinez

 Foto: Irina Echarry
Foto: Irina Echarry

HAVANA TIMES, Feb. 1—Durante los  últimos 3 meses he pasado varios sinsabores relacionados con el calzado.  Caminé las tiendas casi todos los días, durante un mes, pero no encontré nada apropiado para la menor de mis niñas.  Finalmente desistí y decidí esperar a que alguien me avisara, eso si no se gastaba el dinero antes.

Lo inevitable pasó.  Se rompió el único par que tenía para ir al círculo (guardería).  Como dice un tío mío, quedó parada por falta de ruedas.  Los pobres tenis no aguantaron más y tuvo que usar el de las saliditas.  Estos, aunque nuevos y con muy poco uso, solo le duraron 8 horas.  El mismo día que se los puse perdieron toda la piel, fueron dejando pedazos negros por toda la guardería.

Al otro día vendría lo bueno.  ¿Con qué la llevo mañana? -Me pregunté.  No tenía ni un centavo para comprarle algo en las tiendas, además qué podría encontrar si casi nunca hay calzado para niña, al menos en Guantánamo.

Solo me quedaba visitar a una amiga que tiene una niña también, pero un año mayor.  Esperaba que tuviera algún par de uso que pudiera venderme y salvar mi situación.

“Dios aprieta, pero no ahorca”, dije cuando ella sacó un par de sandalias rosadas que le quedaron perfectas a Claudia.  También me ofreció un par de tenis blancos de muy buena calidad, solo que estos fueron vendidos, pero a muy buen precio, de cualquier forma estaba muy agradecida.  Mi niña podría ir al círculo infantil y yo trabajar, al día siguiente.  Era todo lo que necesitaba para seguir reuniendo dinero y poder comprarle sus zapatos nuevos. ¿Qué más podía pedir?

Durante varias semanas usó gustosa los tenis blancos.  Pero las sandalias no hubo dios que lograra ponérselas.

“Mamita, esas están  feas”, me dijo.

“No mimi, no están  feas, están usadas, pero no están feas”, le dije yo.

“Mira qué lindas te quedan con el vestidito de lunares”, le dijo el padre, tratando de convencerla.

“Ay, papi, no las quiero, están feas”, dijo otra vez llorando.

No insistí.  Cuando las miré bien me percaté de que estaban en candela, quizás por eso no me cobraron nada por ellas.  Decidí que siguiera con los tenis blancos, lo único malo es que no podría usar sus vestiditos.  No importa, está haciendo un poco de frío y los pantalones vienen mejor -pensé para animarme -pero en realidad tenía deseos de gritar.

Foto: Caridad

A principios de diciembre llegó la inesperada ayuda humanitaria de una amiga, antigua compañera de la universidad.  Fueron unos 100 CUC (USD 120), que no llegué siquiera a calentar en las manos, fui directo hacia otra provincia y compré tres pares de sandalias para mi niña.  Uno para las saliditas y dos sencillas y fuertes para el uso diario, aproveché y le compré unas boticas de color marrón que podría usar con shorts o pantalones.

Solo mi corazón y yo sabemos la alegría que experimenté cuando los tuve en mis manos, no podía creer que esa angustia había acabado, por lo menos, por ahora.

Ese día dormí como hacía semanas no lo hacía, imagino que después de dormida, la sonrisa seguía en mi rostro.

Aunque estallaba de felicidad, no fue sino hasta el día siguiente que le enseñamos los zapatos a la niña.  La conocemos bien y sabemos que cuando tiene algo nuevo quiere ponérselo de inmediato, sea lo que sea.

Claudia mira los zapatos que te compramos -le dije yo.

Estas son para pasear, estas dos son para el círculo, y estos también son para el círculo, pero cuando uses short o pantalón.   A ver ¿cuál te quieres poner hoy? -preguntó su papá.

“Mami, me los quiero llevar todos para el círculo”, me dijo la niña.

Quedé boquiabierta.  Esto era demasiado.  ¿Los quiere usar todos a la vez? Es verdad que los chiquillos estos, no son nada fácil -me dije a mí misma.

A ver, ¿por qué quieres llevarlos todos? le pregunté aparentando estar calmada, ¿se lo vas a  regalar a alguna amiguita? –sonreí.

No, mamita, es para que Jennifer los vea, ella dice que yo no tengo zapatos.

Me quedé sin palabras, no podía creer aquello, mi hija solo tiene 3 años.  A duras penas logramos convencerla de que no debía llevar todos los zapatos, pero ¿quién me convence a mí de no llorar?



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Puente de Bacunayagua, Matanzas, Cuba. Por Bob Lintjer (EUA). Cámera: Stylo +4

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