Felinos ayudantes del comercio en la capital de Cuba

Regina Cano

Gata.  Foto: Caridad
Gata. Foto: Caridad

HAVANA TIMES — Y allí estaba sentado, con atención plena al mirar al objeto de su deseo –unos filetes, costillas de cerdo, algo de entreverado y algunas piltrafas-, pendiente de su olor, a los movimientos de su vendedor. Tieso, en una pasiva pero intensa postura, como si por ella lograra poco a poco una conexión telepática, una herramienta para apelar a la conmiseración del otro.

Así pillé al personaje, un gato naranja, en unos de mis viajes obligados atravesando la Habana Vieja, mientras me dirigía al Diplomado de Antropología; en esa cuasi operación estratégica matutina trataba de obtener una parte de su cotidiana comida.

Y! gentes! Esta imagen estática puede observarse cada mañana en algunos lugares similares en la capital, pues los gatos habaneros, callejeros o con amparo humano, mantienen una relación cercana a establecimientos que expenden alimentos como: carnicerías, restaurantes, cafeterías, bodegas, y agromercados, entre otros, como posiblemente ocurre en muchos lados del mundo (México, Rusia o China).

Solo con la diferencia de que en Cuba estos animalitos conforman un ejército útil para aquellos responsables o dueños de esos espacios, a pesar de la prohibición muy clara de los órganos rectores, quienes aluden lo dañino que es su cercanía, por salvaguardar la salud humana, pues pueden ser trasmisores de enfermedades, tanto como los ratones y las cucarachas.

Pero, la misma debilidad que los órganos rectores muestran al no garantizar, con la frecuencia debida la ofensiva ante esos dos vectores, -responsables del tutelaje para los establecimientos estatales (bodegas o agromercados)-, evidencia contradicciones entre normas y recursos para satisfacerlas y hace que los responsables de mantenerlas (administradores) decidan violar reiteradamente las reglas impuestas por las instituciones y hacer elección entre pelos de gatos volando o leptospirosis u otras enfermedades “machacando”, como alternativas de control.

Pues toman así, por su propia cuenta cómo garantizar esa balanza por la que se arriesgan a ser multados (figura menor ante lo punible por la legislación) donde una red solidaria de traspaso les garantiza ratoneras o venenos para roedores y coleópteros.

Gato.  Foto: Caridad
Gato. Foto: Caridad

Aunque por un lado, muchos de estos responsables no son lo que pudiera decirse amantes de los gatos y en ocasiones los ven como algo sustituible, por el otro lado, uno se encuentra a algunos que son más sensibles o le tomaron cierta simpatía al animal y les atienden por sus excesos de pulgas, sus daños por accidentes y fajazones, así como por envenenamiento o mutilaciones provocadas por sus detractores. Y en los lugares donde la comida no está confeccionada, ellos mismos cargan desde sus casas o logran por la ayuda de vecinos, algún alimento para los felinos.

Vale señalar que esa situación en algo se parece a los perros en espacios donde los guardas del lugar los toman como asistentes -conviviente cooperante- ante posibles robos.

En ambos casos estos forman parte del entorno, pues uno a veces tiene contacto hasta con las crías de esos animalitos, que no sintiéndose agredidos asoman sus cabecitas en busca de la madre.

Este comportamiento que incluye tanto a cocineros, gastronómicos, bodegueros, y carniceros, les asegura que mientras están en sus casas, en el negocio queda una garantía en cuatro patas que les dará un regreso despreocupado, con un porciento considerable de efectividad.

Días después, haciendo el mismo recorrido matutino hacia Antropología, descubrí que un gato negro y blanco ocupaba el lugar que días antes ocupaba el naranja, en ese parecido “Muro de los lamentos” ahora de maullidos, mientras del otro lado de la mesa de negociación se encontraba el carnicero -personaje ya no solo importante para los habitantes del barrio- que entablaba una conversación con un paseante, como si la postura del gato –en espera de alguna piltrafita o tripa que le sobrara- no fuera de caso importante para él, aunque de vez en vez le echaba una ojeada.

Regina Cano

Regina Cano:Nací y he vivido durante toda mi vida en La Habana, Cuba, la isla de la que no he salido aún y a la cual amo. Vine a esta realidad un 9 de Septiembre. Mis padres escogieron mi nombre por superstición, pero mi madre me crió fuera de la religión que profesaba su familia. Estudié Contabilidad y Finanzas en La Universidad de La Habana, profesión que no desempeño por ahora y que decidí cambiar por hacer artesanías, algo de cerámica y estudiar un poco sobre pintura e Inglés. Ah! Sobre la foto; me identifico con los preceptos Rastafari, pero no soy una de ellos, solo tengo este gorro que uso de vez en cuando, pero les aseguro que no tenía una foto mejor.


One thought on “Felinos ayudantes del comercio en la capital de Cuba

  • el 15 febrero, 2016 a las 9:42 am
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    No entendí nada.

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