La Habana no aguanta más

Por Pedreo Pablo Morejón

Foto tomada en Centro Habana por Juan Suárez

HAVANA TIMES – Así rezaba el título de un número musical de la orquesta los Van Van, allá por años 80 del pasado siglo. La canción abordaba el fenómeno de la migración de cubanos que desde el interior se marchaban a vivir a la capital, en busca, obviamente, de mejores oportunidades.

Era muy niño y no comprendía ciertas cosas, supongo que entonces, el tema musical no les sentaría bien a los provincianos. Hasta el presente el fenómeno no cesa. No se puede negar que la capital es la capital. Incluso, hay quien dice de manera jocosa que Cuba es La Habana, lo demás son áreas verdes.

Pero no es de la migración de lo que quiero escribir, sino de las condiciones en que hace mucho tiempo se encuentra buena parte de la “capital de todos los cubanos”.

Sí, porque ciertos lugares estratégicos han sido remodelados desde hace algunos años pero ello no ha podido borrar el estado lamentable de muchas de sus calles y edificaciones en la mayoría de los municipios.

Mis primeras observaciones sobre el asunto datan del año 1999 cuando estudiaba en la urbe. Pernoctaba en Santos Suarez y a cada mañana imaginaba la calzada del 10 de octubre como un río que arrastraba el deterioro de años sin atención.  Recuerdo también, verme muchas veces en la tarde sobre la colina de esa barriada y divisar el norte de La Habana, en especial la zona de Centro Habana, Habana Vieja, el contorno de la Bahía y algo más. Me daba la impresión de ver una ciudad bombardeada.

Por el año 2003 visité la que fuera la vivienda del tío de una exesposa. Se marchaba para España y a pesar de que la legislación de entonces no lo permitía, muchas veces los familiares ocupaban las viviendas del emigrante y no eran desalojados. Nos propuso quedarnos en la casa, que estaba situada en San Miguel del Padrón.

Mi mujer no se decidió y a mí, francamente, al ver las calles saturadas de baches, el triste aspecto de la gente, las viviendas despintadas y muchas en mal estado, la idea no me sedujo. Es cierto que en mi pueblucho las cosas nunca han estado como para “tirar cohetes” pero aquello parecía sacado de las novelas y cuentos de realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez. 

En honor a la verdad, cuando el escritor describe la suciedad y la pobreza de su barrio en Centro Habana no está exagerando. Durante un tiempo estuve viajando a esa zona y pude constatar lo que el autor narra en su obra perteneciente al ciclo de Centro Habana.

La miseria, la precariedad y la sensación de caminar por una selva de concreto se pueden percibir en los rostros de los negros y mestizos sentados en las puertas de los solares, las mujeres semidesnudas con miradas desafiantes y caminar provocativo, los edificios cuyas paredes parecen en carne viva, los innumerables baches en calles y aceras, y un olor desagradable y extraño…

Después, por el 2018 me lié con una muchacha que residía en Párraga, por eso viajaba hacia allá casi todos los fines de semana. Párraga es un barrio pobre cuya infraestructura se parece un tanto a la de San Miguel del Padrón. 

Hace pocos días un amigo de mi pueblo que lleva como diez años radicando en La Capital me dijo “Salvo El Vedado, Miramar, Siboney, Kholy, algunos lugares de la Habana Vieja y otros que se me puedan escapar, el resto está en candela”

Sin embargo, La Habana recibió, en el 2016, el calificativo de ciudad maravilla dado por la fundación suiza New7Wonders. Las razones esgrimidas fueron su “atractivo mítico, lo cálido y acogedor de su ambiente, y el carisma y jovialidad de sus habitantes”

Y aunque estas razones no dejen de ser valederas, ¿son suficientes por el hecho de que miles de personas en un concurso convocado por la mentada fundación la vieran así? Porque en cuanto a mí La Habana no aguanta más.

Quizás los sedujo la mística de esa Habana que para ellos podría ser la alegoría de una mujer que lucha y que no ha perdido la sensualidad, a pesar de los años y los palos que la vida le ha dado.

Lea más del diario de Pedro Pablo Morejón aquí.

Pedro Morejón

Soy un hombre que lucha por sus metas, que asume las consecuencias de sus actos, que no se detiene ante los obstáculos. Podría decir que la adversidad siempre ha sido una compañera inseparable, nunca he tenido nada fácil, pero en algún sentido ha beneficiado mi carácter. Valoro aquello que está en desuso, como la honestidad, la justicia, el honor. Durante mucho tiempo estuve atado a ideas y falsos paradigmas que me sofocaban, pero poco a poco logré liberarme y crecer por mí mismo. Hoy soy el que dicta mi moral, y defiendo mi libertad contra viento y marea. Y esa libertad también la construyo escribiendo, porque ser escritor me define.


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