De pie en tiempos de coronavirus

Por Pedro Pablo Morejón

Guardando distancias en una cola

HAVANA TIMES – Hoy necesito salir a la calle, resolver las necesidades básicas y algunos asuntos. Para algunos es imposible recogerse totalmente en casa cuando no tienes oportunidad para comprar la comida del mes.

Me levanto cerca de las 7:00 am en casa de mi mujer. Vivo la mitad del tiempo allí y el otro en mi casa. Me aseo, desayuno, me visto y me coloco el nasobuco. No me lo quito, excepto dentro de casa. Mi suegra, por suerte, confeccionó para todos. Dispongo de dos. El nasobuco es protagonista por estos días en Cuba. La gente ha ido adquiriendo percepción del riesgo, sobre todo, las personas mayores.

Desde hace tres días para acá todo el mundo anda cubierto. El cubano es así, luchador, creativo, haciendo lo que sea para sobrevivir. Las mujeres en las casas los inventan con cualquier pedazo de tela, porque el Estado no lo garantiza. Algunas lo confeccionan y los venden.

El transporte por estos días está peor que de costumbre, sin embargo, me pongo de suerte y abordo una guagua hasta la ciudad de Pinar del Río. No va tan llena, todos vamos sentados. Estornudo lo más discretamente posible, pero advierto a una mujer mirándome y por la expresión de los ojos noto su preocupación. Me siento incómodo.

Los síntomas de estar infectado, según los expertos son tos, fiebre alta, dificultad para respirar y dolor de garganta, pero la paranoia está desatada por estos días. Ignoro la situación y cuando llego voy directo a la cafetería de siempre. La leche en polvo está perdida y a veces venden yogur de soya, que para mí de yogur no tiene nada, pero resuelve.

Afortunadamente hay. Me extraña ver el mostrador casi vacío, cuando escucho voces que me exigen hacer la cola, entonces la noto a cuatro metros.

-Está bien, está bien- respondo con ademanes, molesto.

La gente, separada a más de un metro como requieren las autoridades para evitar aglomeraciones. Después de una hora que me parece un siglo consigo comprar dos bolsas. Al menos ya tengo garantizado dos o tres desayunos que completaré con el pan nuestro de cada día, el de la cuota, pues las colas para comprar un barra de $4.00 MN son kilométricas, y no tengo paciencia ni tiempo.

Subo la calle Martí que es un hervidero de gente. Todos con nasobucos, pero demasiadas colas y aglomeraciones, en muchos casos la gente ni guarda distancia. Observo un grupo de policías en una esquina, pero no parecen enterarse.

Llego al trabajo sobre las 10.00 am. Pocos han venido a trabajar. La cosa está al “garete” como suele decirse cuando se arma el relajo. Yo nunca tengo estrés. No tengo que firmar tarjeta, y el día que deba hacerlo me voy. Amo la libertad y no soporto que me marquen horario. Eso sí, procuro cumplir mis responsabilidades, aunque lo cierto es que voy a ser muy feliz el día que no tenga que contar con ese magro salario.

Salgo por la tarde a la casa del socio de un socio que me dijo que el primero vende croquetas, embutidos, etc. Supongo que todo ilegal. No hay otro remedio. Los mercaditos están vacíos. Hace meses que solo venden sal, unas latas de jugo de langosta que saben a agua, quizás alguna bobería que no recuerdo, y bolsas de plástico, que aquí llamamos “chillonas”.

Con mi nasobuco

Si por un milagro viene arroz o galletas de sal se arman unas colas gigantescas. El tipo tiene hamburguesas, a $15.00 MN el paquete, que trae cinco. “Nada mal”- pienso. Compro dos y salgo rumbo al tren, que milagrosamente no han quitado por estos días.

Cuando llego a la casa retiro el tapaboca, lo lavo, me aseo, me cambio de ropa y empiezo a hacer la comida. Salgo un momento al patio y veo a Oribeco que está en su casa, en plena faena. Lo saludo y bromea con el coronavirus.

-Yo soy un Espartaco -recuerdo que también dijo eso hace meses a modo de choteo. Sonrío.

Oribeco es un vecinito, joven, que desde los 17 años vive solo. La madre está casada en Consolación del Sur y él la visita una vez por semana, le lleva la ropa para lavar, pero el resto del tiempo se las arregla solo. Es muy independiente.

Mi madre le tenía afecto, y diría que un poco de lástima. Compraba sus mandados, le compartía algo de comer, a veces hasta le cocinaba y casi siempre lo recibía en la casa. Era confianzudo con ella y por eso, a veces le peleaba, pero lo quería casi como a un hijo. Pero ya mi madre pasó a otra vida y Oribeco se ratifica como otro Espartaco, y como ahora estoy casi igual, pienso en eso.

Al menos hoy tengo arroz, huevos, me quedan unos tomates y las hamburguesas. Ya veré cómo resuelvo en los próximos días. Lo importante es cuidarse, estar vivos, y no abrumarse demasiado. Porque siempre habrá batallas. Ayer la “coyuntura”, hoy el coronavirus, y mañana quizás un ciclón, no sé.

De lo que estoy seguro es que aun con sangre, hay que mantenerse de pie en la arena, como todo un gladiador.

Pedro Morejón

Soy un hombre que lucha por sus metas, que asume las consecuencias de sus actos, que no se detiene ante los obstáculos. Podría decir que la adversidad siempre ha sido una compañera inseparable, nunca he tenido nada fácil, pero en algún sentido ha beneficiado mi carácter.Valoro aquello que está en desuso, como la honestidad, la justicia, el honor. Durante mucho tiempo estuve atado a ideas y falsos paradigmas que me sofocaban, pero poco a poco logré liberarme y crecer por mí mismo. Hoy soy el que dicta mi moral, y defiendo mi libertad contra viento y marea. Y esa libertad también la construyo escribiendo, porque ser escritor me define.

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One thought on “De pie en tiempos de coronavirus

  • Ay, Morejón, el planeta entero está bien jodido, pero q dura la vida del cubano de a pie, verdad?
    Solo conseguir una plato de comida diario es un gran dolor de cabeza.

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