Una feria “atípica”

Osmel Almaguer

La Feria Internacional del Libro, La Habana 2010. Foto: Caridad

Cada nación tiene sus propias costumbres y forma de hacer las cosas, a eso le llamamos cultura. Dentro de cada cultura hay rasgos que sobresalen por encima de los otros, y son conocidos como tradiciones e idiosincrasia.

Al visitar un país lo primero que podemos encontrar es algo así como una membrana superficial en la cual se muestra una especie de exageración artificiosa de los rasgos tenidos como típicos de la región.

Los extranjeros en Cuba no escapan a esto, salvo quizás los que vienen por intereses científicos o de negocios. Ha sido muy vendido el estereotipo de que somos fiesteros, que todos sabemos bailar y nos gusta la música salsa, el ron, el tabaco, que nuestras mujeres son livianas (y baratas). Incluso algunas personas, las que sacan su tajada de dinero de todo este show,  construyen escenas costumbristas, como si fueran grandes actores.

No es que dichos elementos sean inexistentes, sino que son manipulados, exagerados y hasta ridiculizados por personas que se convierten en máquinas de ganar dinero. Pensemos que el contacto con el dinero “fuerte” de los turistas, es una de las fuentes más lucrativas dentro de la escasez monetaria, casi crónica, casi típica, de la casi totalidad de los cubanos.

Y hablo tanto de las empresas turísticas, como de esos individuos que lo mismo estafan que venden lo que sea, y temo que esta tendencia se convierta, en poco tiempo, en uno de nuestros rasgos de tradición.

Puedo poner el ejemplo de que los revendedores “de libros cuya producción es subsidiada por el Estado,” según el Ministro, ganan 10 o 15 CUC por cada uno, mientras la enorme maquinaria cubana del libro, tras inversiones millonarias, los vende, cuando más, a 30 o 40 pesos cubanos cada uno, menos de 2 CUC.

No juzgo a los que al fin y al cabo “están luchando.”  Pero sí a los que deciden la política editorial y comercial; quizás podríamos optimizarlas un poco, crear un equilibrio entre lo comercial, lo político y lo conceptual sin que se pierdan ciertas coordenadas.

Ahora transcurre la feria del libro, y la “típica” escasez de dinero parece hacer mella en las instituciones que la auspician. El presupuesto con que dice contar el Instituto Cubano del Libro es tan limitado, que la organización del evento, ya sea el aseguramiento, la atención al trabajador, los servicios, o las opciones de libros, son catalogadas por los encuestados como “muy malas.”

En mi caso, por ejemplo, de la dieta que recibimos todos los empleados, me tocaron solo cincuenta pesos en moneda nacional, eso solo alcanza para uno o dos días, y son diez. No puedo ni siquiera comprar un libro.

Asesoro un programa de TV que sale a raíz de la feria, y tengo que quedarme de noche para apoyar el trabajo, sin embargo, no me garantizan comida a esa hora. Debería contar con dos micro-buses para la producción del programa, y solo nos han asignado uno, por eso tengo que ir por mis medios a trabajar, y el trabajo se atrasa, pues llego un poco tarde, porque no hay carro para buscarme, que es lo establecido.

Así una lista interminable de problemas que, cuando son reclamados, solo reciben como réplica la siguiente respuesta: “Atípica, Osmel, esta, es una feria atípica.”

osmel

Osmel Almaguer: Hace poco solía identificarme como poeta, promotor cultural y estudiante universitario. Ahora que mis nociones sobre la poesía se han modificado un poco, que cambié de labor y que he culminado mis estudios ¿soy otra persona? Es usual acudir al status social en nuestras presentaciones, en lugar de buscar en nosotros mismos las características que nos hacen únicos y especiales. Que le temo a los arácnidos, que nunca he podido aprender a bailar, que me ponen nervioso las cosas más simples y me excitan los momentos cumbres, que soy perfeccionista, flemático pero impulsivo, infantil y anticuado, son pistas para llegar a quien verdaderamente soy.



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Alfreda a la hora del café, Pons, Pinar del Río, Cuba. Por Irina Echarry (Cuba). Cámera: Nikon D3000

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