Muere el cementerio de los perros

Osmel Almaguer

Cementerio de perros. Foto: Irina Echarry

El cementerio de los perros desapareció casi totalmente en el momento en el que comenzaba a ganar en tamaño.  Justamente cuando cobraba significado para los vecinos de la zona.  Ya no existe como tal, y todo por causa de la indolencia de una empresa.

Todo comenzó cuando en un callejón que queda cerca de mi casa, y que une la Vía Blanca con el reparto de Alamar, a alguien se le ocurrió sepultar a su perro fallecido, Tronky, se llamaba.  Lo hizo con tanto cariño y recursos, que la tumba del pequeño canino llamaba la atención de todos los que por allí pasaban.

Poco tiempo después apareció otra tumba, esta menos suntuosa, pero igualmente dedicada.  Así, se fueron multiplicando hasta llegar a más de 30.  Unas eran simplemente un montoncito de tierra con una cruz de ramas, otras eran una aglomeración de piedras, y había quien las hacía de cemento, ladrillos y azulejos.

El lugar fue bautizado por la gente como El cementerio de los perros, y cumplía una gran utilidad, pues al estar en las afueras de la ciudad, libraba a esta de posibles infecciones que pudiera traer animales muertos.

Incluso un amigo sepultó a su gata, compañera por más de 15 años.  Aquello parecía que tomaría mucha fuerza.  Ya me parecía estar viendo a los turistas visitar la zona para apreciar la belleza de El cementerio de los perros, que sería conocido mundialmente como la gran atracción de una comunidad que, lo más escandaloso que había conseguido anteriormente, era una calabaza de 25 libras.

Pero no, el sueño terminó cuando una labor de restauración de las tuberías que suministran el agua, atravesó el cementerio perforando la tierra y sacando a flote los cadáveres de las mascotas.

Había espacio suficiente en el terreno para ejecutar una obra tan importante sin dañar el espíritu de la comunidad, pero parece que en la cabeza del dirigente que controló la obra no había espacio para este tipo de sensibilidad.

Quizás parezca una alusión política y sí, desde cierto punto de vista todo es político, pero debemos ser justos cuando juzgamos, hay veces en que las situaciones le dejan un margen de decisión al hombre que ejecuta.  Sólo quisiera que quien fue responsable esté leyendo esto, y lo tome como una crítica constructiva.

osmel

Osmel Almaguer: Hace poco solía identificarme como poeta, promotor cultural y estudiante universitario. Ahora que mis nociones sobre la poesía se han modificado un poco, que cambié de labor y que he culminado mis estudios ¿soy otra persona? Es usual acudir al status social en nuestras presentaciones, en lugar de buscar en nosotros mismos las características que nos hacen únicos y especiales. Que le temo a los arácnidos, que nunca he podido aprender a bailar, que me ponen nervioso las cosas más simples y me excitan los momentos cumbres, que soy perfeccionista, flemático pero impulsivo, infantil y anticuado, son pistas para llegar a quien verdaderamente soy.


One thought on “Muere el cementerio de los perros

  • el 9 diciembre, 2010 a las 6:30 pm
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    eso me recuerda un libro que leí hace muchisimo tiempo, “No maten a los cisnes”, era ruso, el personaje principal es un hombre que, para el resto de los habitantes de su aldea, es un “no-sirves-para-nada”, perdía todos los trabajos por su “excesiva” sensibilidad. En una ocasión debía hacer ese mismo trabajo que destruyó nuestro cementerio de perros: abrir una zanja para colocar tuberías, pero en medio de su camino encontró un hormiguero, a él no le costaba nada desviar un poco el curso de la zanja para salvar el hormiguero. Lo que le costó fue un buen regaño, burlas y la pérdida de su trabajo…allá, en los años en que se pretendía construir el hombre nuevo en la unión soviética. Hace tiempo que no escucho hablar de ese especimen en nuestro país (el hombre nuevo), parece q resultó un poco peor que “el hombre viejo”. Si no les importa mucho un perro vivo, ¿cómo esperar que le importen los perros muertos?

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