No estoy a la venta

María Matienzo Puerto

Esta soy yo
Esta soy yo

Me miro al espejo y me hallo hermosa.  Eso deben pensar casi todas las mujeres de sí mismas, sobre todo si tienen la autoestima tan alta como yo.

Mi narcisismo me lleva a tal punto que voy a describirme para ustedes: soy de mediana estatura, envuelta en carnes, de manos delicadas y mirada inteligente, de muslos firmes y andar armonioso, pero lo que más me define es que soy negra, no mulata para denotar cierta mezcla o para ocultar la herencia africana, si no, negra.

Tengo el pelo rizado y una piel más oscura que otras, que, además de embellecerme, me hacen más soportable del sol del trópico, y eso se lo debo a mi abuelo negro.

Esto pudiera parecer la venta de un producto exótico en Internet o mis credenciales para una agencia de matrimonio; pero no, solo quiero declarar que estoy orgullosa de lo que soy.

No fuera a suceder que alguien viniera de visita y se le ocurriera visitar la tan hermosa restaurada Habana Vieja y ver cómo, a excepción de los guardias de seguridad, los cuidadores de parques y las barrenderas, el resto muestran el pelo rubio, trigueño o castaño, y en apariencia, son de piel blanca.

Es una Habana blanca como la masa del coco, rancia como la aristocracia que la creó hace siglos, que es capaz de mirar de reojo a cualquier “cosa” que parezca diferente, dígase pues, jóvenes con fachas extravagantes, lesbianas y gays, negros y negras; y qué decir cuando en una sola persona se reúnen todas estas cualidades.

Llegas a un mostrador y te ignoran: puede que estén almorzando, pero también que, de repente, te hayas vuelto transparente, invisible o quién sabe si un insecto.

Una Habana materializada en sus oficinas y en sus calles, y que divide a la sociedad en sus dos bandos clásicos: los buenos y los malos; los trabajadores y los no trabajadores; el blanco y el negro.

Y no tengo razones que puedan justificar tal orden, como mismo no puede explicar un religioso la existencia de Dios; con la diferencia de que yo no me resigno al silencio: este es un país de gente mezclada racial y culturalmente, quien no tiene de congo o de carabalí, baila una conga, una rumba o un guaguancó.

Entonces cómo dejar que me pase entre las manos la oportunidad de colorear un tanto mi ciudad que no está a la venta, pero que lo vende todo, a la primera oportunidad.

Nota: Se me olvidaba. En mi descripción, por si está interesado, faltaba decir que soy una persona sensible, aseada y que hablo otros idiomas, como, quizás un millón de negros y negras más.



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Alegres en La Habana, Cuba. Por Francisco Santiago Día (México). Cámara: Canon Eos 30D

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