Sepultar a un padre un 31 de diciembre

Miguel Arias Sánchez

Funeraria Santa Catalina. Foto: elmundo.es

HAVANA TIMES — Esto no es una narración surgida de la fantasía o por escribir algo, voy a hablar de un hecho real,  triste por demás, ocurrido a una persona en el año 70 del pasado siglo.

Un joven pasaba su Servicio Militar Obligatorio. Todo transcurría normal hasta que supo que su padre comenzó a sentirse mal, ya no podría ir a verlo de vez en cuando a la unidad, pues su estado de salud se resquebrajó rápidamente, le dictaminaron cáncer con un diagnóstico seguro e irreversible.

Ese muchacho con 17 años, sin grandes experiencias sobre esa terrible enfermedad, se traumatizó; solo quería salir para ver al enfermo, varias o muchas veces habló con su superior para que lo dejara ir, aunque fuera una vez por semana, teniendo por respuesta siempre la negativa: no se puede.  Fueron pasando los días, su padre estaba cada vez más delicado.

El joven agotó todos los medios posibles para obtener el permiso; el sargento de la Marina de Guerra que debía otorgárselo, todos los días a las 6 de la tarde se iba para su casa, sin importarle en lo más mínimo el dolor de los demás.

Una fría madrugada, sobre las cinco, aquel joven recluta aprovechaba las sombras de la noche y los baches en las calles, se escondió debajo del motor de la rastra que suministraba víveres a la unidad, agarrado de pies y manos salió del lugar. Poco tiempo después de pasar los puntos de control, en una parada que hizo la rastra, logró esconderse debajo de la lona que tapaba la cama del vehículo, luego aprovechó una parada en un semáforo y saltó a la calle. Se dirigió a la casa primero y luego finalmente al hospital, allí juró no regresar más a la unidad hasta que su padre terminara.

Fueron largos meses de fuga, escondiéndose donde podía, durmiendo en las terminales de ómnibus o en parques, incluso en baños públicos. Sin bañarse, muchas veces, muchos días sin comer ni dormir, en un puro nervio, pues estaba siendo buscado; en algunas ocasiones tuvo que pedir dinero para tomarse aunque fuera un café o comerse un pan con algo. Gracias a la caridad humana y a su mamá que se veía con él en un parque de Guanabacoa para darle comida, algún dinero y cariño.

Así, sitiado, hambriento, sin afeitarse ni bañarse, presionado por su hermano mayor para que se entregara -pues lo perjudicaba por ser este militar y militante del Partido-, su respuesta fue siempre la misma: hasta que su padre muriera, no lo haría, al costo que fuera necesario.

En esa zozobra y penuria pasaron nueve largos y penosos meses. El 30 de diciembre del mismo año, escondido en su casa, después de un baño, estaba a punto de tomarse un vaso de leche con un pedazo de pan cuando una vecina tocó la puerta con la noticia: su padre había muerto a las 12 y 10 del mediodía. Nunca supo qué se hizo de aquel vaso de leche y pedazo de pan.

Llegó a la funeraria, a ambos lados de la entrada estaban sentados dos militares vestidos de civil, esperando por él. Lo cortés, no quita lo valiente, hay que decir se portaron muy bien, prometieron a la familia respetar su dolor y el lugar, pero dejaron claro que en cuanto lo enterraran se llevarían preso al muchacho.

Él no esperó el entierro, salió de la funeraria abrazado de su cuñada como quien iba a buscar algo de comer, nadie lo siguió y poco después su cuñada regresó sola.

Mientras el mundo se reía y divertía, en un lugar oculto del cementerio de Regla aquel muchacho de 17 años, con lágrimas en los ojos, le decía adiós a su padre para siempre, un 31 de diciembre. Ese día lo dejó marcado para toda la vida, recordándolo hoy como el más negro y triste de su vida.

Por la noche cumplió su juramento y se entregó en la estación de policías de Guanabacoa. El propio jefe de la unidad de la que se había fugado lo reclamó, lo puso a trabajar con él y lo llevaba todos los fines de semana para que se quedara con su mamá. Dos meses después lo solicitó y le dieron la baja.

Aquel joven del que les hablo hoy: soy yo.

Miguel Arias Sanchez

Miguel Arias Sánchez: Nací en Regla, en el año 1949. Allí hice mis estudios primarios y secundarios. Luego me incorporé a los cursos de maestros populares y ejercí varios años. Pasé el Servicio Militar y enseguida que me desmovilicé estudié, ya de manera oficial, el magisterio; después la Licenciatura en la Universidad de la Habana. Por casi veinte años ejercí en las aulas de la Habana. Luego tuve la suerte de viajar y conocer otra realidad. Regresé, y actualmente realizo distintas actividades por cuenta propia.

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8 thoughts on “Sepultar a un padre un 31 de diciembre

  • En momento alguno cuestioné la buena actitud del jefe ni de los otros dos militares pero, ya usted ve, por la actitud hijeputística del sargento se desencadenó todo lo demás, que concluyó con la fuga; el tipo (sargento) pudo haber sido un tilín más humano. la solidaridad y humanismo (loables ambas) aparecieron al final de la historia. El problema estimado Eduardo es que cada cual hace una interpretación propia de lo que lee, ok?

  • …el que parece que no leyo bien fue usted..ni el articulo ni mi comentario… por un sargento hp hay bastantes muestras de comprension y sensibilidad…el jefe,los militares vestidos de civil en la funeraria y etc,etc…esa es mi interpretacion sin caer en “analisis” mas “profundos”….usted no se salto nada pero parece que no lo entendio…

  • Gracias por tu artículo Miguel, sé muy bien lo que es perder a un padre después de amarlo tanto, eso que hiciste demuestra tu amor de hijo y tu valentía al enfrentarte al peligro, a sabiendas que eso podría haberte perjudicado. El servicio militar es como una cárcel, porque retienen a los jóvenes en contra de su voluntad, por lo que debía ser voluntario. Hay mucho abuso, los jefes recalcitrantes no tienen piedad. En muchos países lo han quitado, aquí se rumorea que lo podrán 3 años, no sé si es cierto, pero eso va a traer problemas. Nadie paga por los suicidios que han ocurrido en esas unidades militares, solo los padres son los que sufren.

  • Estimado eduardo, por si usted se “saltó” estos dos párrafos aquí se los dejo:
    “Ese muchacho con 17 años, sin grandes experiencias sobre esa terrible enfermedad, se traumatizó; solo quería salir para ver al enfermo, varias o muchas veces habló con su superior para que lo dejara ir, aunque fuera una vez por semana, teniendo por respuesta siempre la negativa: no se puede. Fueron pasando los días, su padre estaba cada vez más delicado.

    El joven agotó todos los medios posibles para obtener el permiso; el sargento de la Marina de Guerra que debía otorgárselo, todos los días a las 6 de la tarde se iba para su casa, sin importarle en lo más mínimo el dolor de los demás”.

    En resumen, creo podemos decir que el susodicho sargento era un reverendo HP; bien por el jefe de la unidad (a lo mejor ni sabía del caso). Saludos.

  • …triste historia pero si nos vamos a poner a buscarle la vuelta podriamos decir que mas que barbarie hay humanismo y solidaridad en esa historia…fuera de cualquier otra consideracion el autor era militar en ese momento ,tenia que cumplir ordenes y ausentarse del servicio por 9 meses en cualquier lugar del mundo es un grave delito de desercion que se castiga con carcel por la justicia militar…a pesar de lo triste de todo el tema la historia tuvo un buen final y muy humano por la comprension y sensibilidad de los involucrados…es asi o no es asi???…asi que de que “barbarie” estamos hablando???…

  • Estremecedora su historia, mis respetos y admiración para usted. Usted desde un inicio comprendió que su familia era lo principal; yo recuerdo los tiempos de la barbarie en que practicamnte se obligaba a la gente a distanciarse de sus familiares que emigraban y muchos lo hacían por miedo a perder prebendas y oportunidades, eso por no hablar de los abusos con los reclutas del SMO. Usted arriesgó todo por acompañar a su padre hasta el final, su conciencia está tranquila.

  • Desgarrador tu testimonio! Más para los que hemos perdido a un padre! Qué bueno que puedas contarlo así, desde ese lugar. Muy bueno que puedas tomar distancia y al mismo tiempo involucrarte en tu narrativa, con todo el dolor que conlleva. Me limito a este tipo de acotaciones y dejo la otra parte al resto de los foristas, porque si voy al horror político y al totalitarismo que denuncias, bueno, no tendría para cuando acabar. Slds!

  • Eran los tiempos de la barbarie comunista, donde los menores de edad eran obligados a cumplir servicio militar. Tuviste mucha suerte al final.

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