Si de colaborar se trata

María Matienzo Puerto

Por el malecón de La Habana

Hace menos de un mes que me invitaron a escribir para un sitio nacional y les cuento qué fue lo que me sucedió.  Éramos cuatro colaboradores dispuestos a enviar reseñas con una periodicidad semanal. ¿Sobre qué?  Artes plásticas, teatro, música, danza, lo que apareciera. Cosa de promover el movimiento de la ciudad y de paso ganar, honestamente, un dinerito extra.

Fue una semana previa a la primera publicación, de contactos telefónicos con VM, el que se decía jefe de redacción.  VM  muy amable, en un principio nos comentó sobre las normas editoriales, cosa que no nos intimidó porque, acostumbrados a la escritura, esos son corsés fáciles de manejar.

Con el pretexto de que la revista era bilingüe, debíamos escribir con sujeto y predicado, en párrafos cortos y sin demasiados regodeos, y en solo setecientas palabras.

Sus llamadas muchas veces eran solo para conocernos en el plano personal.  Detalle que entendí completamente lógico.  Aunque en honor a la verdad, a mi no me llamó más de la cuenta porque en mi partidismo, le comenté que era lesbiana consumada.  Sin embargo, a mis colegas, las llamadas les llovían.

En una semana VM logró exasperar a tres mujeres a la vez.  Y para todas, una versión diferente.  En su delirio llegó a decir que era percusionista.  En lo que sí coincidió con todas fue en que no sabía nada de cultura, aun cuando dirigiera una revista cultural.

No tardó en encontrar el pretexto ideal para conocernos a las cuatro.  Una reunión para darnos clases de cómo escribir mejor.

Bien. Aceptamos.

Pero el tiro de gracia estaba por llegar.  Se hacía inminente que se publicara la primera colaboración. Casi llegábamos a las dos semanas y él debía hacer su parte, o al menos demostrarnos que la hacía.  Así que salió la primera firma nuestra.  Entonces comenzó la tragedia.

La edición pésima. Lo que leímos no fueron los párrafos cortos, sino una escritura en versos donde no importaba que la idea se quedara trunca o que se tergiversara.

Las llamadas se invirtieron. Nosotras, esta vez las cuatro, comenzamos a pedirle explicaciones a VM.  A lo que él respondía, en un inicio, con su total desconocimiento de los hechos.  Para empezar no había leído ni uno solo de los artículos que le habíamos enviado.

Intuimos que se puso en contacto con su editor.  Digamos que el autor material de los hechos, aunque el mayor responsable era VM.  Y la respuesta fue totalmente inesperada.

El discurso de VM se volvió más contradictorio, descentrado, histérico.  Se volvió hacia nosotras con ofensas, amenazas, sin ética.

Mi caso, el menos nocivo, cuando le pedí leer mi texto antes de que fuera publicado, comenzó a señalar todos los errores que se iban en cada una de las publicaciones para las que yo había trabajado, para al final decirme que nunca iba a ceder ante mi petición.

Con el mismo tono amenazante se refirió a las otras escritoras, catalogándonos a las cuatro de mediocres, histéricas, en fin, mujeres.

Sin embargo, no había llegado a su momento climático.  El punto máximo de la patología fue cuando, después del show telefónico, sin que evolucionara el personaje que se había montado hacia la comprensión y el entendimiento, pidió una reunión para disculparse.

Horror, pánico.  Nos dimos cuenta que estábamos a punto de caer en las manos de un asesino en serie.

Bromeo. Pero dijimos que no.

No era posible mostrarle nuestro rostro solo para que nos ofendiera en la cara, para que se sintiera presumiblemente superior ante nosotras.  Simplemente si VM es un tipo frustrado que no tiene mujer a quien mandar, que nadie lo conoce ni por mal escritor, que dirige una revista casi sin nombre ni diseño ni visibilidad, que vaya a descargar su neurosis a otro lado.  Pero con nosotras no.

Me reservo los nombres verdaderos para más adelante.  Solo en caso que fuera necesario.  Por esta vez digo que tengo la información y no dudaré en usarla.

Maria Matienzo

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.


One thought on “Si de colaborar se trata

  • el 15 septiembre, 2010 a las 8:57 am
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    Casos como el tuyo!! aparecen todos los dias… escribo algunos poemas..y a travez de internet lo enviaba a una Editorial de Barcelona…..despues los lei “transformado” en un Blog …el que seas lesbiana no implica NADA!! cada quien tiene derecho a su orientacion sexual….saludos!

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