Mi amigo Wilay y ser artista

María Matienzo Puerto

Hombre sonriente. foto: Paul Harris

Siempre ha creído que ser artista es una actitud. No basta con tener una obra que se venda o que se publique; no basta con que en determinados círculos de poder te vean como tal; tampoco con que te vistas diferente, con que tus amigos te lo digan, o tu te lo creas. Falta más.

Falta que sientas cierta angustia cuando pases cierto tiempo sin escribir, sin fotografiar, sin pintar, en fin, sin crear. Y aún así, si tampoco reunieras las primeras condiciones, te faltaría mucho para catalogarte como artista.

Parece una contradicción pero así es la vida. Y uno nunca sabe como acomodarla para quedar bien con ella. Quizás lo que ella nos exija sea entregarlo todo a cambio de nada; quemar las naves y quedarte a la deriva; arriesgarlo todo sin saber si valdrá la pena; no aceptar un descanso y luchar, luchar, luchar.

Por eso yo no creo que vaya a lograrlo. Siempre me falta algo aunque la angustia me sobra.

A eso se le suma que el “artistaje” no da para comer ni aquí ni en ninguna parte del mundo. Pero sobre todo para los que empezamos y somos muy viejos a los treinta y tantos, para algunas cosas; y muy jóvenes aún para que nos consideren en otras.

Y justifico esta diatriba sobre el ser o no ser porque mi amigo Wilay está de vuelta por la ciudad.

Mi amigo es fotógrafo y aunque nació en Pinar del Río, no se dedica a pintar o fotografiar los paisajes de su provincia (que es lo que hacen muchos de por allá). Él reinterpreta la realidad cubana a través de su lente, que tampoco es dócil ni se conforma con lo que captura. Él experimenta y nos devuelve una imagen vista desde sus dreadlocks, su piel negra, sus ojos rasgados y su espiritualidad.

Y pese a tener este arsenal de su lado, mi amigo estuvo ausente por un tiempo. Eso me hizo pensar que quizás no bastan estas armas cuando se vive del favor o la caridad de los demás, cuando se tiene como hogar un cuarto al fondo de un teatro, cuando se tienen que combinar el dinero, la salud y el arte; cuando se quiere ser consecuente con uno mismo, en una sociedad llena de dobleces.

Sé que muchos piensan que la fotografía carece de arte al lado de otras expresiones más antiguas. Sin embargo, yo creo que no existe comparación posible: cada una en su espacio puede valer por sí misma.

Este regreso, después de mucho tiempo (para mi gusto) ausente de la capital, donde único los artistas logran oxigenarse o darse a conocer porque en provincia algunas estructuras de comunicación o culturales no funcionan o, simplemente, no tienen el alcance suficiente; espero que sea para Wilay una reafirmación como creador.

Espero, sobretodo que no regrese cansado de no ser aceptado solo por las apariencias que lo acompañan (sus dreadlocks, su piel negra, sus ojos rasgados) y siga adelante como quien, seguro de sí mismo, encuentra siempre lo que busca.

Maria Matienzo

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.

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