Lo prometido es deuda

Mavis Alvarez

Cumplo mi promesa y les cuento algunas anécdotas de consultorio.

Les recuerdo que se trata del Consultorio del Médico de la Familia de la comunidad donde vivo. Ya les describí algo de lo que ocurre en la sala de espera, ahora iremos a las consultas.

En el local de consultas trabajan -casi siempre- dos médicos a la vez, cada uno en su puesto que si bien no es uno al lado del otro, tampoco es tan distante como para no escuchar conversaciones comunes.

Hay tipos muy especiales de pacientes, esos no esperan en el salón, son los “habituales”, entran y salen de la consulta a su libre albedrío. Se ganaron ese derecho con la persistencia cotidiana, son parte del ambiente, imprescindibles y fieles; vienen todos los días.

Saludan cariñosamente a los médicos -por sus nombres de pilas- traen café calentito y cuentan cómo pasaron la noche; de paso piden una receta nueva para el medicamento que utilizan, porque la que le dieron ayer o anteayer, la extraviaron. Con su receta salen, orondos y risueños, repartiendo besos a diestra y siniestra y despidiéndose hasta mañana.

Una de las pacientes, ya sentada, saca de su bolsa una lista y empieza a leerle, al doctor, los nombres de los medicamentos que él debe recetarle. La cara del médico es la consagración de la paciencia, lo admiro…hasta que  ya no aguanta más y le pregunta a la mujer – ¿pero Clotilde, usted quiere aliviar sus dolores o abrir una farmacia?

Ahora entra el hombre de la operación de próstata, el médico empieza a escribir en la historia clínica y le dice al sujeto que va a tomar esto o aquello. El de la próstata lo interrumpe,

-No, doctor, mándeme otra cosa, esa medicina yo no puedo tomarla.

Silencio sorpresa, el médico deja de escribir y el otro se explica. -Es un vasodilatador con efectos hemorrágicos sobre capilares débiles en el mesenterio del peritoneo…

Indescriptible la expresión del médico. Se levanta de su asiento y le dice a su colega. -Salgo un momento, voy a tomar un poco de agua fría.  Pobrecito, siento mucha pena por él. ¡Es tan joven, recién graduado y le cae encima una consulta de geriatría!

La muchacha que entra después es una boutique ambulante. Viste a la última moda callejera. El escote profundo y la saya ligera, tan ligera que es una proeza mantenerla en tan precario lugar, debajo del ombligo y rodando por el pubis, cabellera de varios colores y abalorios por toda la geografía de su cuerpo, hasta tatuajes en donde termina la espina dorsal.

Es escandalosamente linda y joven, pero apenas se le oye cuando habla al oído de la doctora. -No doctora, no puedo tenerlo.

Es evidente que se trata de interrumpir un embarazo. En ese punto todas las mujeres presentes formamos un coro de opinión para apoyar a la doctora y convencer a la muchacha bonita. Ella escucha y nos mira con una mezcla de azoro y descaro.

-Bueno, bueno, les agradezco los consejos, ¿pero saben una cosa?… mi marido es cooperante internacionalista, trabaja en Tanganika  y hace año y medio que no viene a Cuba. ¿Está claro?…  Se acabó la mesa redonda.

Mi médica me dice que ya llegaron los resultados de mis análisis y que todo está normal, bajo control. Me recuerda que ya me lo había informado la enfermera la semana pasada. Yo le digo que sí, que ya lo sabía.

Y entonces, qué hace aquí? Y eso lo pregunta sin decir una palabra, con la mirada.

Yo le contesto, tranquilamente y sin pena alguna

-Doctora, necesito polivitaminas para mi perrita, es tan vieja. ¡Y yo la quiero tanto!

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Puerto de La Habana. Por Bob Nikkel, EUA. Cámera: iPhone 8

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