La otra orilla

Afredo Prieto

Sus canciones son látigo y cascabel, porque le entra a su realidad por el camino del humor. Frank Delgado, uno de los más conspicuos exponentes de la llamada postrova, construye un discurso ideoestético sin parigual en el horizonte musical cubano contemporáneo.

Sus referentes no son necesariamente “cultos” –aunque les sobren–, sino sobre todo la tradición guarachero-picaresca, iniciada durante la Colonia y cultivada en el siglo xx por figuras como Miguel Matamoros, Ñico Saquito y Virulo.

Sus textos dicen de los nuevos desarrollos al calor de la crisis e incursionan en un universo poblado por actores que él ha sabido captar como pocos: emigrados (“Bolero nostálgico para artistas emigrados”), trabajadoras sexuales (“Embajadora del sexo”), empresarios españoles (“Quinto Centenario-Gallego”), babalawos que cobran sus servicios en moneda dura (“Johnny el babalao”) y las estrategias de la sobrevivencia cotidiana (“Vivir en casa de los padres”)…

Quizás por esa razón, y también porque apenas se le difunde, sus conciertos se pueblan de un público mayoritariamente joven que corea sus canciones en medio de una interactividad indescriptible, a menos que se asista a una de sus presentaciones.

Quiero traerlo aquí, sobre todo por su óptica sobre Miami, que no es una aberración, sino remite a un fenómeno social más amplio. “La otra orilla”, una de sus composiciones más famosas, se ubica justamente en el centro de la dinámica entre los cubanos de la Isla y los de Miami mediante una mirada retrospectiva a las dos primeras décadas del triunfo revolucionario, en que por la acción de políticas oficiales excluyentes y fraguadas al calor de aquellos años duros

-Había que hablar de ellos en voz baja
-A veces con tono de desprecio
-Y en la escuela aprendí  que eran gusanos

-Que habían abandonado a su pueblo.

Lo que cambió después de 1978, cuando se produjo el Diálogo con los llamados representantitos de la “comunidad cubana”, un hecho que permitió –por primera vez en más de veinte años– las visitas familiares y alteró de mil maneras las percepciones sobre Miami y su cultura por la vía del contacto directo.

Los gusanos devinieron entonces “mariposas” o “comunitarios”, denominaciones que luego cambiarían, sencillamente, a “cubano de Miami”, algo  que indica un mayor sentido de identidad y pertenencia, apenas un cambio de locus del ser mismo:

-Un día mi Tío volvió  de la otra orilla
-Cargando con su espíritu gregario
-Y ya no le dijeron más gusano
-Porque empezó  a ser un comunitario.

De ahí incursiona en el éxodo de Mariel, un evento traumático para ambos lados, que conceptualiza, por lo mismo, de “fatídico”. Unos 125,00 cubanos emigraron, como en estampida, a los Estados Unidos, lo cual el trovador articula con la oleada de las clases medias en los anos 60 –la salida por el puerto de Camarioca– y, después, con la firma de los acuerdos migratorios de 1994, al cabo de la crisis de los balseros, y la actual emigración ilegal:

-Y al fin llegó  el fatídico año 80
-y mi familia fue disminuyendo
-como años antes pasó en Camarioca
-el puerto del Mariel los fue engullendo.

-Aún continúa el flujo a la otra orilla
-en vuelos regulares y balseros
-y sé que volverán sin amnistía
-porque necesitamos su dinero (o su consuelo, yo no
sé).

Y es que en la cultura cubana hay como un movimiento de puentes, visible en obras como “Delirio habanero”, del ya fallecido dramaturgo Alberto Pedro, cuyos personajes centrales son Benny More y Celia Cruz, iconos de la cultura popular fundidos en una misma escena más allá de las diferencias que puedan separar a ambas demarcaciones.

Pero el trovador esta vez llega más lejos: a la “herejía” de fundir a Celia Cruz, de muchas maneras símbolo del exilio, con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, expresiones de la nueva canción política surgida después de 1959.

Y todo lo hace a partir de un posicionamiento similar al de muchos nacionales: quedarse, “a cuenta y riesgo”, del lado de acá. Es una lástima que Frank casi no aparezca en la radiodifusión cubana. Yo creo sus canciones valen la pena, sobre todo si queremos seguir mirándonos por dentro y llegar más lejos.



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Niños paseando por un caballo, La Habana.  Por Amanda Suarez (EUA).  Cámera: Samsung G9

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