La niñez de mi padre (parte I)

Por Osmel Almaguer

Mi abuela paterna se llama Lucila, y mi abuelo, ya fallecido, Juan. Ellos tuvieron seis hijos, mi padre, dos tías y tres tíos, de estos últimos no conozco sus nombres, pues el vínculo con mi familia holguinera es muy escaso.

Lo que sé de ellos se lo debo a mi padre, que después de las comidas se pone a hablar de su niñez en aquel barrio en el que nació. La mayoría de las cosas que cuenta son referidas a su padre, que lo cogía de la mano y salía con él a caminar los pueblos vecinos, de borrachera en borrachera.

Sí, porque esa era la perdición de Juan, que había vendido su pedacito de tierra heredada y de tanto ron y aguardiente ya no le quedaba ni un centavo.

Como en aquel lugar el trabajo escaseaba, mi abuelo, que tampoco tenía un interés especial en ganarse la vida con su propio sudor, no encontraba empleo, por lo que en la casa nunca había casi nada que comer.

Mi abuela dejaba que Juan se llevase a mi padre por el mundo, con la esperanza de que al menos por ahí  alguien le diera un bocado de comida. Mi padre la miraba y se preguntaba cómo una madre podía dejar que se llevaran a su hijo así como así, sabiendo que en esos viajes estaría expuesto a dormir en cualquier cañaveral, bajo la lluvia, los maleantes, el hambre.

Lo hubieran podido raptar, hubieran podido hacer lo que quisieran con él y mi abuelo nunca se hubiera enterado, rendido por su más reciente borrachera.

Cuando Juan despertaba volvía a tomar a mi padre de la mano y seguían su recorrido. Así eran los días de su vida. Todos, o casi todos, porque a veces Juan se cruzaba con algún conocido que le pedía a mi padre en obsequio y él, desenfadado, siempre aceptaba.

A veces mi padre iba a parar a algún hogar donde se le respetaba y quería, y era cuidado de acuerdo a las posibilidades que la pobreza de aquel lugar permitía. Generalmente eran familias tan pobres, que les daba lo mismo compartir su hambre entre quince o entre dieciséis personas.

Tanta miseria se debía a que aquella zona era un páramo improductivo situado entre varios cañaverales de compañías extranjeras. Allí no se daba ni el boniato, pero era él único lugar que quedaba para los campesinos.



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Alfreda a la hora del café, Pons, Pinar del Río, Cuba. Por Irina Echarry (Cuba). Cámera: Nikon D3000

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