María Eugenia y yo

Jorge Milanes Despaigne

Andaba bien temprano hacia Plaza de Armas, lugar en que cada 16 de noviembre, la gente hace una larga fila para, ya en la ceiba del Templete, darle vuelta tres veces y pedir deseos.  Esta es una de las costumbres de mayor arraigo entre los habaneros y personas que llegan de otras partes.

Un hombre como yo no ha faltado a la cita de celebrar el cumpleaños de la Villa de San Cristóbal de La Habana.  En Plaza de Armas, me asombro: la cola, esta vez por O´Reilly, alcanza la calle Mercaderes.

Allí me he encontrado con María Eugenia, una sugestiva mujer a sus 50 años, quien cientos de veces se ha sentado en el muro del malecón y reconoce que de la ciudad refinada en su niñez, va anegándose la grosería, la suciedad y la ruina.

María Eugenia espera recorrer el bajo tronco de enormes raíces, me he enterado que es viuda y tiene dos hijos que dibujan bien, pero los profesores en la escuela se asustan por su interpretación pictórica de la ciudad, carcomida por un círculo de ratones.

Comprendo a María Eugenia, que vive en un Vedado sin rosas, lleno de la última fiebre de los ex -invasores de Palacios, ahora moradores de construcciones escuálidas, y de la avalancha de la vulgaridad.

Quiero contarle de mi refugio cojimero, donde nace la espuma ante el empuje de la ola, ese paisaje que se parece al del muro que ella ha visitado con la mirada perdida.  Profundizo, como María Eugenia, en el paisaje frente a mí, pura gracia de no volverme de espaldas, negándome a redescubrir las heridas de la ciudad.

Deseo detallarle más, pero llega mi turno de cruzar la verja del Templete y debo cerrar el libro que he estado leyendo, con la certeza de que ella es más que un personaje literario.


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