Movimiento en la calle Obispo

Irina Pino

La calle Obispo por la mañana.
La calle Obispo por la mañana.

HAVANA TIMES — Obispo es una de las calles más concurridas de La Habana Vieja, a todas horas se despliega la energía de los cuentapropistas haciéndole la competencia a los establecimientos estatales.

El ir y venir de la gente dificulta el tránsito, de todas partes aparecen vendedores ofertando mercancías; los gastronómicos asaltan a los transeúntes invitándolos a comer en el restaurante ideal; los bicitaxis pasan o se atraviesan en el camino; hay otros que se apostan a las puertas de los restaurantes y anuncian sus mercancías ilegales a los foráneos, y están los que hacen negocios en plena calle sin miramientos…

Todo este movimiento no resulta rareza alguna, los cubanos están luchando el pan de cada día, trabajando para poder mantener una sobrevivencia que constantemente es amenazada por los altos precios de los alimentos, y de todo en general. Los hijos de nuestra Isla ya no se pasean libremente al sol; no pueden, porque se impone una realidad que les pasa la cuenta.

Desde muy temprano en la mañana y hasta el oscurecer, las tiendas de artesanía permanecen abiertas, allí hay poca variedad, se percibe un diseño seriado en bisuterías, mochilas y bolsas con insignias nacionales, como la bandera y el rostro del Che. La mayoría de las pinturas que se exhiben para la venta responden a un arte destinado como souvenir, sin pretensiones artísticas.

Bicitaxi en la calle Obispo.
Bicitaxi en la calle Obispo.

Se multiplican las librerías con libros de segunda mano, los restaurantes, cafeterías, pizzerías, las carretillas con dulces, otras de vegetales y frutas, están aquellos que comercian con cachorros de perros, aves y hámsteres. Los vendedores de Dvds y Cds pirateados, y los que andan con enormes sacos a la espalda recogiendo latas vacías para reciclar.

Nunca antes se vieron tantas personas de la tercera edad sentadas en los quicios ofertando mercadería de todo tipo: dulces, cigarros, lapiceras, tirantes de sostenes, fosforeras, cualquier cosa vendible para conseguir unos pesos.

También están los otros trabajadores –los que no pagan impuestos–, los indigentes que pululan mostrando la falta de piernas, de brazos; los ciegos, los postrados en sillones de ruedas, los que se tiran en cualquier rincón con sus santos de yeso y sus estampitas religiosas de supuestas promesas a cumplir, con aquella inseparable latica, que recibirá lo que buenamente o por lástima le pueda echar la gente que pasa. Ellos también luchan y venden lo único que poseen: su miseria.

Cuando empieza a oscurecer el movimiento de la calle Obispo se hace más lento, algunos vendedores se llevan las jaulas, desaparecen los mendigos, cierran locales, mientras otros esperan por varias horas más. La esperanza nunca se cansa de hacer horas extras.

 

 

Irina Pino

Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.


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