Mi particular visión de La Habana

Por Irina Pino

Turistas en el museo del chocolate.
Turistas en el museo del chocolate. Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES — Hay una Habana hermosa, la que se le vende a los turistas, la que parece una postal, que resplandece en su riqueza arquitectónica, donde abundan los hoteles, playas, restaurantes, autos antiguos, restaurados, flamantes, porque es un negocio para sus dueños. Aunque estos mismos autos son los que enrarecen el aire y lo ensucian, contaminando a sus ciudadanos.

Está la Habana Vieja, la de los coches tirados por pencos –cruel destino para animales de carga–, que van de un lado al otro, sin protestar, que bajan la cabeza y no se les permite la libertad, y que pasean a los alegres visitantes.

El Caballero de París
El Caballero de París

En la ciudad se pueden encontrar chicas que se visten muy corto con ropas ceñidas y van medio desnudas, que sonríen y llaman “mi amor a cualquiera”, pero si es un foráneo puede que tenga más posibilidades de invitarlas a salir.

Muchas personas se asquean si tropiezan con un mendigo, con alguien que le falta una pierna, y, cuando pasan por un pobrísimo solar, voltean el rostro, y no quieren darse cuenta de que es otra Habana, una despedazada, que vive bajo la sombra de la espera, donde pervive un aliento esperanzador, aun sabiendo que va a demorar.

No faltan los maravillosos paisajes, la vista desde El Cristo de La Habana, puede confundir, se parece estar viendo una ciudad de ensueño. Pasear por el malecón nos permite observar millares de rostros, que conversan y se divierten de cara al mar, donde los jóvenes se entretienen con una botella de ron, unas cervezas.

Acordionista en La Habana Vieja.

Los músicos callejeros pasan, los buscavidas cantan toda la madrugada para llevar a sus familias un poco de dinero. El malecón es un lugar barato, allí van a parar los que tienen y los que no. El mar posee el poder de calmar y hacer olvidar.

Las iglesias con sus campanarios, las amplias plazas, nos trasladan hacia antiguas épocas, allí el aire es más limpio y se puede reflexionar.

En lugares públicos, se atiende mal, existe la violencia psicológica, la falta de cordialidad, de atención entre los cubanos.

La Habana de noche, la Rampa, la calle 23, Coppelia, son sitios que antes fueron iluminados, hoy, fantasmagóricos. Sin embargo, quedan bibliotecas, teatros, cines –vacíos, si no hay festivales de cine–, centros nocturnos para bailar y escuchar música, algunos más asequibles para los bolsillos menos favorecidos, parques agradables, muchos de estos abandonados a su suerte, sin iluminación por las noches.

El tiempo en La Habana, ya no es el mismo, era agradable el vagabundeo de madrugada, la despreocupación, ahora, cada minuto hay que invertirlo. Ser parte de la ciudad es importante, pero amarla y saber mirarla es otra cosa.

Irina Pino

Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.


2 thoughts on “Mi particular visión de La Habana

  • el 21 diciembre, 2015 a las 9:35 am
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    la Habana estaba considerada ANTES DE 1959, como una de las 5 ciudades mas importantes del mundo para pasarla bien, mira hoy lo que somos.

  • el 19 diciembre, 2015 a las 6:42 pm
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    Creo que La Habana es mucho más que el casco histórico, el Cristo de Casablanca, el Malecón y la Rampa. Fuera de este circuito turístico te encuentras La Habana profunda la de los barrios de los cubanos de 20 CUC de salario, la sin pintura en las fachadas, la de las pipas de agua, la de las aguas albañales y los baches en las calles.

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