La Rapsodia Bohemia de mis amigos

Irina Pino

La Rampa habanera. Foto: cadenahabana.icrt.cu

HAVANA TIMES – Viendo el biopic de Freddie Mercury y los avatares con la banda Queen, rememoro a mis amigos gais de la década del 80, cuando se hacían redadas y los metían presos en calabozos, que ellos llamaban “patera”, quizá lo relacionaban con los patos, esas aves de apariencia femenina.

Pepe se vestía de manera llamativa, usaba el amarillo, el rojo, el verde o el morado, llevaba corbata y blazer en pleno verano, era la “pájara de carroza”. Manolito era más conservador, parecía un hombre, no era amanerado.

Nosotros tres andábamos juntos, íbamos a dar vueltas por la Rampa, y la mayoría de las veces acabábamos sentados en la antigua Casa del Té, de la calle G, sitio concurrido por los homosexuales.

De repente, aparecía la policía y comenzaba a pedir Carné de identidad, cargaba con muchos jóvenes. Esa noche le tocó al maricón de carroza.

Nos fuimos preocupados, pues no sabíamos cómo decírselo a la madre de Pepe, mujer refinada que no quería asumir que su hijo era gay. De hecho, cuando había alguna fiesta familiar él me presentaba como su novia. Ese papel no me gustaba, pero le hacía el favor. ¿Acaso sus familiares eran tan imbéciles? El tabú y los prejuicios obnubilaban a la gente.

Durmió en aquel calabozo frio con otros gais. Dos policías le hicieron bajar los calzoncillos y le tocaron el culo.

Concordamos en decirle a la madre una mentira: íbamos a una fiesta que duraba hasta la mañana. Pues soltaban a los detenidos al día siguiente.

Nunca dejó de vestirse como le daba la gana, le decía a los hombres que ella era la copia de Marilyn Monroe, con sus caderas y sus piernas. Incluso uno de sus amantes, que era fotógrafo, le hizo una sesión de fotos vestido de mujer. En las imágenes no se le veía el rostro, solo de la cintura para abajo y de espaldas. En verdad tenía formas voluptuosas.

Al fin tomó la decisión e invitó al amante artista a vivir en su casa. Su madre lo aceptó, y lo llegó a querer como a otro hijo.

Manolito hacía su actividad sexual de madrugada, le decía a sus novios de turno que entraran por el pasillo lateral de su casa, que los llevaba a un patio donde estaba su habitación. Debían ser silenciosos, no hacer ruidos, porque su familia podría despertarse.

Su padre era homófobo, y aunque él nunca se atrevió a contarle de su orientación sexual, de alguna manera lo sospechaba. Apenas se dirigían la palabra.

Una noche, un policía detuvo a Manolito, quería llevárselo, pero le dijo que si era bueno con él lo dejaba libre. Eso implicaba sexo, por supuesto. Mi amigo cedió y lo metió en su habitación. Luego el tipo lo acosaba y no lo dejaba tranquilo. Tuvo que hacerlo varias veces, hasta que el policía no vino más.

Cuando se desató la epidemia del Sida, hubo una cacería de brujas, se hablaba de que aparecía un auto frente a tu casa para llevarte, que a los infectados los encerraban en Villa Los Cocos…, también se decía que el lugar era como un hotel cinco estrellas, donde había piscina y se podía tener sexo libre.

Nosotros fuimos los primeros de mi barrio en ser citados para los exámenes. De mi pensaban que era lesbiana, mujer homosexual, por tanto promiscua. Mis compañeros ya tenían su historial, fabricado o no.

Personas que nos odiaban habían dado sus malas referencias. Posiblemente haya sido el presidente del CDR, y la de Vigilancia de la cuadra, una vieja chismosa que se pasaba todo el tiempo en la azotea de su edificio mirando todo lo que ocurría.

Estábamos aterrados, no queríamos hacernos las pruebas. Planeamos irnos a otra provincia, quizás escondernos en un lugar lejano como opción. Sin embargo, no lo hicimos.

La promiscuidad era algo normal, nadie pensaba que apareciera una enfermedad que arrasara con tantas vidas, y de manera dramática.

Nos llenamos de valor y fuimos al policlínico. Esperamos unos días temblando, rezando por estar bien. Nunca vinieron por nosotros. Después nos llamó la enfermera para decirnos que estábamos sanos, y que en lo adelante debíamos cuidarnos.

Compramos montones de cajas de preservativos. Aun así, el estigma permaneció: fuimos las ovejas negras por muchos años.

Irina Pino

Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.

5 comentarios sobre “La Rapsodia Bohemia de mis amigos

  • Nada, que no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oir. Muy buen articulo.

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  • me hubiese encantado conocer a irina en aquellos tiempos tan promiscuos, seguro que su equipo era de primera calidad. que gozadera!

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  • “Manolito era más conservador, parecía un hombre, no era amanerado.” Entonces NO era un hombre? Si no era un hombre, que era?

    “(…) nunca se atrevió a contarle de su preferencia” (a su padre) Entonces la homosexualidad es cuestion de preferencia? Preferencia implica opcion, y no hay tal. Se trata de ORIENTACION sexual, ni mas ni menos.

    Por que hay que aclarar que una lesbiana es una mujer homosexual?

    Tales pifias de la autora revelan la ignorancia y homofobia subyacente en la sociedad cubana.

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    • Irina, no entiendo sus comillas. Ojala que empiece a ver a sus amigos como hombres, independientemente de su orientacion sexual, de su lenguaje corporal o de su gestualidad.

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  • Lucia: Yo no soy homofóbica, porque tengo amigos de “esa orientación sexual”.

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