La playita, el barrio la Puntilla y la decadencia

Irina Pino

Desechos de materiales en la playita.
Desechos de materiales en la playita.

HAVANA TIMES — Mirar el mar es una forma de aliviar el estrés; suelo hacerlo porque lo tengo cercano, vivo en Miramar, en el barrio de La Puntilla, sitio idílico a principios de los 90, cuando uno se podía bañar en aguas límpidas, donde la soledad y la calma reinaban, y había poca afluencia de visitantes. Zona costera, cubierta de piedras “dienteperro”, donde la manera más segura de caminar y adentrarse en el mar es usando un par de tenis. Asimismo, es necesario protegerse de los erizos que abundan en las rocas.

Años atrás, cuando regresaba del trabajo, me metía en el mar por unas horas y esperaba la puesta del sol. Todo era una maravilla, hasta que, después de 1994, emprendieron las obras del centro comercial La Puntilla. Mi casa se llenó de polvo, levantaron muros tan altos que me quitaron la vista del paisaje marino, que solía observar desde mi terraza; tiraron bloques, concreto, cabillas en la costa, y aquel oasis se transformó gradualmente en un vertedero de escombros.

De igual modo, se restauró el edificio Sierra Maestra, que en aquellos momentos era una tienda y tenía una cafetería, para convertirlo en el Cimex, lleno de oficinas con miles de trabajadores. El parqueo que rodea el edificio se llenó de autos, la contaminación invadió y se adueñó de todo el espacio.

La metamorfosis trajo gente de otros barrios, que viene a bañarse, consume alimentos, y deja sus respectivos desechos en el agua, en las rocas. Los fines de semana, y en período vacacional, se escucha el bullicio de chiquillos, escándalos y gritos.

Espacio ocupado lleno de contenedores y basura.
Espacio ocupado lleno de contenedores y basura.

Los túneles que se construyeron antaño, para proteger a la ciudad de una invasión, están llenos de basura  y excrementos.

Practicantes de las religiones afrocubanas han escogido este mismo escenario frente al mar para hacer sus rituales: darse baños, sacrificar animales, tirar frutas, que no hacen más que contaminar el entorno. Por suerte, las tiñosas se encargan de comerse las palomas, gallinas, que las olas devuelven. Un día me encontré un carnero entero.

A veces merodea algún que otro masturbador, que hace su faena sexual, si le da tiempo, si no lo descubren.

No hay una fuerza policial que controle, las patrullas solo dan vueltas, nadie se baja a mirar.

Se ha vuelto moda entre las quinceañeras, hacer en la playita su sesión de fotos, posan en bikinis, con sus vestidos y tacones, tratando de no caerse sobre las afiladas rocas, mientras el fotógrafo aprovecha la luz. Dejando en la imagen el contraste entre el glamour y el abandono.

Las alternativas de sanear, arreglar el paisaje, hacer caminos de cemento, colocar sombrillas, tal como se hizo en la Playita de 16, sigue siendo nula. A nadie le importa construir un ámbito para que las personas disfruten del mar y el sol.

Vista frontal del edificio Riomar.
Vista frontal del edificio Riomar.

Frente a la playa hay un espacio inutilizado, donde se guardan contenedores oxidados y desechos que pertenecen a la tienda. Allí se podría hacer una biblioteca o una sala de cine.

Ningún funcionario del Poder Popular se preocupa por la creación de proyectos como estos. Tampoco resuelven el alumbrado en el parque de la calle Cero, aledaño al túnel de 5ta Avenida, que permanece en las noches en total oscuridad.

El edificio Riomar, es otro símbolo de la decadencia: inmueble de lujo en el pasado, con maravillosos servicios para sus ocupantes, hace décadas que se cae a pedazos. Sus vecinos cuentan que al fin después de muchos años de vicisitudes, los van a sacar, pues unos extranjeros quieren comprarlo para demoler y levantar un nuevo edificio. Les ofrecerán otras viviendas a sus residentes, pero no va a ser fácil, porque ellos van a optar por los municipios que más les convenga.

¿Terminará Riomar cayéndose con los vecinos adentro?

Mientras tanto, la playita sigue engordando su basural, los malos olores aumentan, las ratas corretean en pleno día, y los gatos las persiguen.

Irina Pino

Irina Pino: Nací en medio de carencias, en aquellos años sesenta que marcaron tantas pautas en el mundo. Aunque vivo actualmente en Miramar, extraño el centro de la ciudad, con sus cines y teatros, y la atmósfera bohemia de la Habana Vieja, por donde suelo caminar a menudo. Escribir es lo esencial en mi vida, ya sea poesía, narrativa o artículos, una comunión de ideas que me identifica. Con mi familia y mis amigos, obtengo mi parte de felicidad.


2 thoughts on “La playita, el barrio la Puntilla y la decadencia

  • el 24 octubre, 2016 a las 7:51 pm
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    Irina buena descripcion… pero nada la puntilla esta como cualquier sitio desde el cabo de san antonio a Maisi… y reflejo mas de la decandencia de un pais …. y un pueblo que lo aguanta y solo piensa en emigrar para regresar on acentico extraño llenos de cadenas de oro (en muchos casos prestadas o alquiladas) y especular de lo que no son en el extranjero… en fin cada pueblo tiene lo que el se busca

  • el 24 octubre, 2016 a las 5:08 pm
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    Creo que en Riomar vivia el maestro Korda!!!

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