Un día más con la Covid-19 en Cuba

By Irina Echarry

Cola en La Habana Vieja.   Foto Pedro Luis Garcia / cibercuba.com

HAVANA TIMES – Aún acostumbrados a las crisis, esta que ha generado la pandemia de la Covid-19 asusta bastante. Convertidas en números, miles de personas han perdido la vida y otros miles luchan contra la enfermedad de diferentes maneras. Cada día me estremezco con el aumento de las cifras, y me siento pequeñita frente a la incertidumbre del futuro cercano.

Casi toda mi familia está en los grupos de riesgo y la mayoría de mis amigos no están en Cuba, así que tengo motivos para preocuparme.

Muchos creen que a partir de ahora la humanidad será otra. Quisiera ser optimista, pero la realidad golpea. Para que fuera otra deberíamos renunciar a lo que nos ha marcado como civilización hasta el día de hoy, eso que nos ha permitido “crecer” y que nos ha enfermado: la idea de progreso y superioridad. Y eso no va a suceder, lo que la gente quiere es que pase este mal rato para volver a lo que teníamos antes del coronavirus.

Me he propuesto no pensar tanto en lo que pueda suceder a los míos, porque no puedo hacer mucho para cambiar las cosas. En medio de la locura colectiva que vivimos, recorro las calles de Alamar en busca del avituallamiento necesario y reconozco que también me acerco a los tumultos para saber cómo piensa la gente.

Es en las colas donde se toma la temperatura de la situación. Allí las personas conversan, dirimen sus asuntos y analizan las cosas desde su óptica, sin que medien imposiciones ajenas. Así llego a Falcón, la tienda por departamentos de Alamar.

La muchacha de la blusa azul lleva más de 30 minutos bajo el sol, la cola para comprar pollo es larga y lenta. Todavía el camión no ha terminado de descargar las cajas; luego tendrán que contarlas y después vender. Para ese entonces la cola habrá crecido mucho más. La muchacha dejó solos en casa a los dos hijos, el mayor la llama al celular y pregunta cuándo regresa, ella, acalorada, le replica: yo no estoy jugando, estoy resolviendo la comida.

Se ha decidido que los niños no deben estar en las calles; la suspensión de las clases no implica que estemos de vacaciones, han dicho. Entonces, las madres solteras que viven solas tienen un gran dilema a la hora de adquirir los alimentos.

La gente se fija que el camión solo bajó un parle, es una mierda, dice una señora mayor que cubre su rostro con un pañuelo amarillo. La improvisada mascarilla se le cae constantemente y ella la arregla sin tener el menor cuidado, aunque por la televisión repitan constantemente cómo manipular los nasobucos sin riesgo a infectarnos.

Marco en la cola para subir a la tienda, hay papel sanitario, otro producto estrella. Casi todas las personas llevan su rostro cubierto, una amiga comenta lo extraño que resulta no saber si el de al lado sonríe o hace una mueca; peor sería no vernos los ojos, digo, y una mujer me clava su mirada mientras exclama con rabia: peor es el virus ese, que ha venido a desgraciarlo todo.

Detrás de nosotras un hombre le responde: “Eso es verdad, pero aquí estamos desgraciados desde hace tiempo, no levantamos cabeza”. Y entonces algunos de los que esperan se giran para el hombre, le dicen que nosotros estamos bien, que en Estados Unidos sí que la pasan mal, la gente muere por montones, hay miles de enfermos que no pueden atenderse, en Europa dejan morir a los viejos y en Ecuador hay cadáveres en las casas y tirados en las calles, etc.

Mientras gritan se van acercando, casi todas mujeres, manotean como si estuvieran blandiendo un machete, cada una pretende que su voz prevalezca, se le enciman al hombre que intenta defender su criterio: “Pero a ver, ¿por qué estamos aquí en esta molotera? ¿por qué no hay comida? ¿quiénes hacemos colas? Porque yo no veo a ningún dirigente aquí, desde que yo nací es lo mismo, no es por el coronavirus”.

Se supone que la pareja de policías de la acera de enfrente vele para que no se viole la distancia establecida entre las personas, pero en este caso están conversando animadamente, saludando a algunas amistades e ignorando lo que sucede en la aglomeración.

En eso alguien avisa que se acabó el papel sanitario y la gente comienza a dispersarse, protestando… esta vez dirigen los gritos al aire, se escuchan frases como: esto está de pinga; no sé hasta cuándo vamos a estar así; no hay tranquilidad en este país, cuando no es una cosa es otra; etc. Las mismas personas que regañaron al hombre ahora vociferan al vacío.

Quédate en casa es el consejo que recorre no solo las redes y los medios de comunicación en general, sino que es repetido por la gente en la calle. Por las experiencias vividas en otros lugares sabemos que es lo mejor para minimizar la trasmisión del virus, pero no es tan sencillo en un país donde tienes que resolver lo necesario cada día.

Un familiar en Regla estuvo toda la mañana –salió a las siete y regresó a casa a la 1pm- para comprar hamburguesas y picadillo. Luego de esperar tanto solo pudo llevar un paquete de cada producto. Hay poca disponibilidad, si no limitan las compras solo alcanzaría para unas pocas personas, pero emplear cuatro horas de tu vida para obtener 10 hamburguesas… es verdaderamente absurdo, sin contar que en par de días tendrás que volver a comprar.

La OMS reconoce que el distanciamiento social es fundamental para frenar la trasmisión del nuevo coronavirus. Era asombroso ver la cola de la panadería La Maravilla, en Alamar, los primeros días; era larga sí, pero tranquila, con la distancia requerida. Eso duró poco.

La gente en la calle no siempre es consciente del peligro ni cumplen con las medidas que se han establecido, sin embargo, muchos tienen confianza en que Cuba saldrá mejor que otros países, que el Gobierno lo está manejando bien. Esa sensación de que todo está bajo control es la que trasmite el Gobierno, pero en esta ocasión no se trata solo de que los dirigentes lo hagan bien o no, sino de cuidarnos mutuamente para no infectarnos justo ahora en medio del brote de la enfermedad. Es lo mejor que veo de esta tragedia, que nos obliga a tener en cuenta al otro, a cuidarnos y a cuidar a los demás; nos recuerda nuestra interdependencia.

Hay que reconocer que el Gobierno se siente cómodo, está haciendo lo que sabe y le gusta: controlar. Luego de la demora en cerrar las fronteras, ahora parece que está escuchando un poco los reclamos de la gente o cediendo a la presión de la ciudadanía, como se quiera ver; uno de los ejemplos fue la suspensión de las clases.

Entre las últimas medidas prohibieron todos los vuelos, incluyendo la entrada a los residentes cubanos, en mi opinión, eso nunca debió suceder. En estos momentos en que no se sabe qué podrá pasar muchos querrían volver a acompañar a su familia y ya no podrán.

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.

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3 thoughts on “Un día más con la Covid-19 en Cuba

  • La crisis existe, y estamos en un momento muy feo, el turismo y los médicos son dos pilares importantes de la economía, las remesas, estaban ocupando el ingreso de divisa más sólido del país, con las nuevas tiendas y su compra por tarjeta, y el otro dinero que entra por la recarga, si esto desaparece que quedara para esas mujeres que en su gran mayoría llevan el peso y la responsabilidad de la casa. Cuando esas tiendas las dejen de surtir porque se acabaron los productos.

  • Odio las colas, pero para el pollo, picadillo, etc, no me molesto en gastar ni una hora, se puede comer otra cosa, o volverse vegetariano es mucho mejor. Nunca van a terminar las colas, lo que tiene que hacer es regular lo mas necesario y venderlo por la libreta, pero controlando que todos los consumidores puedan comprarlo sin invento de que se acabo, y entonces los bodegueros hagan negocios y vendan estos productos tan necesarios (jabones, detergente liquido y en polvo, papel sanitario, pasta de diente, pure de tomate, frazada de piso).

  • Excelente crónica colega. Me parece estarlo viviendo en mi provincia. Así debe estar sucediendo a los largo y ancho de todo el país. Ahora la covid19 lo agrava todo, pero esto de las colas es endémico. Y no se sabe hasta cuando.

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