Repudiando los mítines

Irina Echarry

Varias generaciones nuevas de cubanos y cubanas no conocían de eventos represivos en plena vía pública. Foto: Caridad

Era apenas una niña cuando vi caer sobre el rostro de aquel anciano un melón que (al golpearlo) se rajó y cayó al suelo. De la cabeza del hombre caían gotas rojizas del jugo de la fruta.

Pero, ¿quién le hacía creer a una niña pequeña, rodeada de adultos histéricos y agresivos, que aquello no era sangre?

Se trataba de la familia de una muchacha que trabajaba con mi madre y que hasta ese momento había sido “querida” por todos.  (No sé hasta qué punto puede dejarse de querer con tanta facilidad).  Ese fue mi primer encuentro con un mitin de repudio.

Corrían los años 80, muchos no querían seguir viviendo en el país y por eso había que castigarlos. Lanzarles huevos, gritarles ofensas y obscenidades, compararlos con gusanos (no tengo nada en contra de esos animalitos, pero para muchos es un símbolo de lo peor) y, si era necesario, golpearlos.

Un día al salir de la escuela primaria nos llevaron a un edificio para gritar horrores a los habitantes del tercer piso.

No entendía qué hacíamos los amiguitos de la escuela ofendiendo a Enriquito. Hasta que un maestro gritó  en verdadero paroxismo, muy cerca de mi oído derecho: ¡que se vaya la escoria, que se vaya!

Y así sucesivamente. Crecí con el amargo recuerdo de los actos para repudiar a quien no se siente bien y quiere cambiar su forma de vida.

Varias generaciones nuevas de cubanos y cubanas no conocían de eventos represivos en plena vía pública.  Ver la noticia en la televisión de gente que “le sale al paso a las provocaciones,” me asusta. Sea quien sea el destinatario. Volver a vivir actos de violencia explícita entre seres humanos me provoca mucha tristeza.

En esos mítines se golpea a personas que no tienen pensado responder a los golpes, se elevan los puños en señal de agresión, se escuchan gritos histéricos de consignas arcaicas que nos hacen viajar en la máquina del tiempo de forma regresiva, cuando lo que necesitamos es caminar juntos hacia adelante.

¿Por qué la violencia?  ¿Acaso no aprenderemos nunca el arte de dialogar?  Habría que adentrarse en el estudio de la mente humana para desentrañar por qué cuando nos sentimos acorralados respondemos con violencia.

Cuando tenemos miedo a perder lo que hemos alcanzado (ya sean bienes materiales, pequeños o grandes poderes, éxito en general) respondemos violentamente contra quienes pensamos que intentan arrebatarnos lo que tenemos.

Y, sobre todo, cuando algún peón no está de acuerdo con lo que el patrón dice, el jefe destila todo su veneno en pos de callarlo.

Las nuevas tecnologías han facilitado la divulgación del envilecimiento colectivo. Las imágenes de los mítines de repudio en contra de las Damas de Blanco recorren el mundo, mostrando a un pueblo lleno de odio.

Le estamos enseñando a nuestros niños y niñas que el envilecimiento es justificado. Le estamos inculcando el temor a la masa enardecida. En fin, estamos contribuyendo a que crezcan con el amargo recuerdo de mi generación.

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.

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Iglesia de Miramar, La Habana, Cuba.  Por Renwin Jacob (Trinidad y Tobago).  Cámera: Canon EOS 60D

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