Mujeres, testimonios… y muchas lágrimas

Irina Echarry

Invitación1HAVANA TIMES – Yo traje mi pañuelito —dice una señora muy encopetada— porque siempre lloro. Como ella, muchas personas se aglomeran en el pasillo del cine 23 y 12, esperando las historias fuertes, turbadoras y dramáticas que suelen aparecer en los documentales del proyecto Paloma.

En esta ocasión Mujeres… la historia dorada, de Ingrid León, supera todas las explosiones emotivas de los anteriores audiovisuales del Proyecto. Una docena de mujeres se sienta frente a la cámara, cada una va desgarrando pedacitos de dolor, angustia y perseverancia que arroja sobre el espectador.

Es el día internacional de la niña (11 de octubre) y el estreno de Mujeres… se convierte en el primer saludo del Festival Ellas Crean, organizado por la embajada de España en Cuba. En el lobby del cine nos recibe una expo fotográfica de varios artistas.

Con tanto público, muchos permanecieron de pie durante los 33 minutos que duró el documental; los trabajadores del cine programaron otra función para los que quedaron afuera.

Me pregunto: ¿Qué es lo que atrae a la gente? ¿La compasión, el morbo, la solidaridad?

Josefina, maestra jubilada, comenta que no se ha perdido nada de lo que hace Lizette Vila —y el Proyecto— porque “siempre buscan el lado más humano de las cosas. Pudiera parecer una locura, pero me gusta ver las desgracias ajenas para reafirmar lo mucho que tengo que agradecer a la vida”.

En cambio Xiomara, enfermera, mientras aumenta la velocidad de su abanico, recuerda que “todas tenemos infelicidades, problemas, nadie escapa al dolor, si no es por un familiar enfermo, es por alguna pasión amorosa mal correspondida o alguna frustración; con cualquiera de nosotras se puede hacer una película”. Los que la rodean asienten y siguen conversando sobre lo visto en el documental.

Historias como puñetazos se suceden una tras otra sin dar respiro al espectador: una escritora censurada por expresar su rechazo a la política cultural del llamado Quinquenio Gris; madres que han perdido a sus hijas; otra que se ha dedicado —sola— a criar a sus dos hijos enfermos; una atleta reconocida que logró sobrevivir a un accidente doméstico; una víctima de la violencia intrafamiliar o la fiscal que cumplió una condena inmerecida y espera que se haga justicia; entre otras. Todas contadas con humildad, en un viaje desde el desconsuelo hasta el equilibrio, pues sacar el dolor, expresarlo, hacerlo público, es ya un paso para superarlo.

Es una lástima que el audiovisual dilapide lágrimas y sensiblería, como si no fuera suficientemente dramático hablar de suicidio, violencia, abandono, incomprensión, soledad o injusticia. Aun cuando las protagonistas también expresan esperanza e ilusiones, el sentimentalismo aturde —voz en off engolada, la cámara esperando el llanto, música melancólica, un homenaje demasiado sentido a La Habana— actuando como gancho para un público acostumbrado a los culebrones; las emociones se agolpan unas a otras y no dejan pensar. No hay una reflexión sobre el dolor, solo se expone, se narra. Y digo que es una lástima porque es un tema necesario, importante, que la prensa nacional no refleja en sus páginas. El material permite conocer a esas mujeres anónimas que conforman el pueblo cubano, pero es un error obligarnos a compadecerlas. Me niego a sentir lástima; quiero comprenderlas, admirarlas, solidarizarme, ayudarlas.

Lina de Feria, la escritora censurada por más de 20 años, nos dice en el documental: “Es necesario hablar del dolor […] hay que hablar para que la gente sepa y Cuba sea mejor”. Y claro que hay que hablar, gritar, hacerse sentir, pero dejando el melodrama para las novelas nocturnas o las películas de domingo; porque las lágrimas y el pecho apretado impiden el pensamiento crítico, el debate y el diálogo útil.

 

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.


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