Irina Echarry

Cargando leña.

HAVANA TIMES — “Para una citadina hastiada de los ruidos y la contaminación de la urbe, vivir en el campo puede parecer bello.  ¿Qué no daría yo por despertar cada día al compás del chirrido de los grillos o cigarras, y disfrutar de la gran variedad de trinos que se escuchan a esas horas?

¿Quién no desea tener el privilegio de contemplar los intensos matices de los atardeceres sin que medien las luces de la ciudad?

Sin embargo, pocos días de visita y convivencia con algunas familias campesinas  bastan para asegurar que la vida campestre no es color de rosa, mucho menos para la mujer.

Desde hace bastante tiempo la práctica diaria transformó aquella frase popular que rezaba: el hombre es el sostén de la familia, pues la mujer dejó la privacidad del hogar para compartir la vida pública, trabajando y estudiando a la par del hombre. Ellas, además, se encargan –mal que nos pese- de la educación de los hijos, la atención a los enfermos y de todas las labores domésticas; un gran por ciento de la dinámica diaria de una casa en el campo corre por su cuenta.

Cocina

Aunque algunos guajiros cuelan café en determinados horarios, son las campesinas las que pasan la mayor parte de su día cocinando. Una radiografía  de sus pulmones arrojaría los mismos resultados  que la de cualquier fumador empedernido, pues los fogones son principalmente de leña, instalados en locales pequeños y casi sin ventilación. Inhalando ese humo durante tantas horas, las cocineras están expuestas a enfermedades respiratorias crónicas o cáncer de pulmón, así como a procesos alérgicos e irritabilidad de la conjuntiva.

Antes de cocinar, muchas deben buscar, trasladar y cortar la leña en pedazos para encender el fogón. No importa la edad, he visto en plena función a ancianas que pasan los 70 y hasta los 80 años.

Juntos y revueltos.

En no pocas casas se dedican a la crianza de carneros, cerdos, etc. Para cuidarlos y tenerlos vigilados, los animales duermen muy cerca de las personas. Allí, compartiendo un único patio por donde todos caminan, los cuadrúpedos cagan y mean felizmente. Muchas veces son las mujeres quienes lidian con ellos, dándoles de comer, curándolos o cambiándolos de sitio para que ingieran pasto fresco. Así también sucede con las gallinas, los guineos…  en fin… A la caída del sol, justo cuando la luz es más bella, ellas se concentran en la repartición de alimento a animales y personas. La mayoría de las veces se pierden el espectáculo crepuscular.

He sido testigo del descontento que genera el alcohol en casi todas las familias. Sin embargo, es casi cotidiana la embriaguez masculina, esa que saca los peores resabios, los prejuicios más rancios, la euforia más molesta. Con ella debe codearse la mujer rural, ya sea por parte del esposo, del hermano, del padre o de los hijos; de alguna manera le llega y la perturba.

La vida de la mujer en el campo no tiene nada de bucólica, aunque no padezca la agresividad y la agitación de la ciudad, aunque perciba igual salario que los hombres, goce del mismo acceso a la educación y a la salud pública, y del mismo derecho al voto, con todos los beneficios y los desaciertos que tienen estas cuestiones en la vida política y social del país.

Comida para los animales.

A pesar de los talleres de género que se imparten en varias cooperativas agrícolas, las mujeres siguen cargando el peso de la casa y la familia a donde quiera que vayan. Esos talleres y algunas medidas encaminadas a mejorar la vida de las cubanas en general, han ayudado en su inserción en el mundo laboral, en cargos de dirección, en trabajos no convencionales para su género, en el reconocimiento de su valor como ser social, pero pocos han calado en lo íntimo de la familia y la tradición. Allí, la mujer sigue siendo explotada, culpable si algo sale mal, víctima de prejuicios y sobrecargada de trabajo. La cultura del machismo continúa señoreando por los parajes rurales de la Isla, por más lindos que sean.

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.

19 thoughts on “La mujer cubana en el campo

  • Isidro para no responderte con cuentos de caperucita roja mira el documental aqui en HT sobre el estado de abandono de una isla caribeña conocida como Isla de Pinos. Así sería PR si llega a ser la otra ala del pájaro como Cuba. Con esto cierro el tema.

  • Jaja…Estaba seguro que alguien me saldría al paso con comentario (porque de hecho comentas) de esta laya. Y aposté conmigo mismo 99 posibilidades de que sería el Bobo (hasta incluí un hijo ídem en el cuentecillo). Es que broder, ya no sé cómo entrarle por la vía del análisis serio al tema. Y recordarás que hace como un año lo venimos arrastrando entre los dos, a guisa de diferendo sin fin. Y no importa lo que te cite siempre intentas dormirme con el mismo cuento de hadas del Deux ex Machina que llegará de Wsshington a conjurar el descalabro boricua. Pues yo también hago cuentos….

  • Sin comentario para la historieta infantil de Isidro.

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