Barrios inseguros

Irina Echarry

Alamar de día. Foto: Caridad

HAVANA TIMES – Las calles de Alamar son cada vez más peligrosas. La oscuridad encubre cualquier fechoría. Hace unos meses me bajé de la 400, era medianoche y atravesaba la Plaza de África cuando un muchacho haló bruscamente la mochila que llevaba en mis hombros, poco faltó para que me tumbara. 

Mi grito hizo que dos hombres que venían un poco lejos reaccionaran, hicieran bulla y el joven desapareció entre unos edificios.  Agradecí a distancia, pero enseguida me di cuenta de que no podía quedarme sola en medio de las tinieblas con dos hombres desconocidos; un impulso me hizo correr hasta que llegué a mi hogar.

Recordé que en los 90, cuando no había luz ni dentro ni fuera de las casas, un grupo de niños traviesos o tal vez aburridos, comenzaron a tirarme piedras y a levantarme la saya. No podía creerlo, el mayor apenas llegaba a los nueve años.

Estaba súper incómoda con aquella situación, porque no sabía qué hacer; los niños no reaccionaban a mis regaños y en aquel caminito que había tomado para ahorrar tiempo no había ni una persona. En eso apareció de la nada un joven en bicicleta, los espantó utilizando el mismo método: a pedradas. Por suerte ninguno salió lesionado.

Estupefacta, accedí a subir a la bicicleta y que el muchacho me llevara hasta donde iba. Al llegar, mientras le daba las gracias, el tipo hizo un giro en la bici como para irse y al pasar por mi lado me apretó una nalga. Tengo la imagen de su rostro guardada en mi memoria, la sonrisa cínica, el guiño del ojo.

Fue algo insólito, en aquel instante no entendí por qué me había sucedido aquello, lloré mucho pensando que había hecho algo mal.

Desde entonces ha sido imposible disfrutar en soledad una caminata o la estancia en un parque.

El martes pasado regresaba a casa en el momento en que el país se paraliza: la hora sagrada de la novela. Otra vez me recibieron las tinieblas. Como los taxis no se adaptan a los clientes, sino que una tiene que seguir la ruta que ellos hacen, tuve que quedarme en la avenida de los Cocos y caminar hasta la casa por la calle de la escuela primaria Lázaro Peña.

Sin la luz de un bombillo que aclarara un poco la vía pública, una mano en el hombro me sorprendió: ¿qué pasa? dije esperando que fuera alguien conocido, pero la sombra solo se apartó un poco.

Entonces me agaché buscando en el suelo algo que sirviera para amenazar; me hizo creer que se iba y cuando me levanté volvió hacia mí, esta vez por la espalda. Aguanté el bolso fuertemente pero él (por su cuerpo supe que era un hombre) no intentó robarme.

En unos segundos recorrió mi cuerpo con sus manos, tocó todo cuanto pudo hasta que recordé que mi sombrilla podía ayudarme a alejarlo. Aquel tipo no hablaba, solo emitía sonidos lujuriosos. Después de algunos gritos y unos cuantos sombrillazos, se fue. Nadie se asomó a los balcones, todo fue muy rápido.

He contado mi historia a varias personas, aquí copio las reacciones.

Las más cariñosas:

Por suerte no te hizo nada grave

Menos mal que no te robaron

Cuando llegues a esa hora ponte de acuerdo con algún amigo para que te vaya a buscar

Las que me culpan:

¿Por qué esperas la noche para regresar?

Mija, yo creo que tú te imaginas todo eso, ni que estuvieras tan buena…

Si no lo viste y no puedes describirlo, no podemos hacer nada.

Seguro ibas con un pantaloncito apretado… ah, era un vestido, ¿muy corto?

Las más proactivas:

Cómprate un espray de pimienta.

Aprende defensa personal.

Cada una de esas frases, dichas con las mejores intenciones, ratifica el hecho de que el espacio público no es seguro para las mujeres. Sé que en el país no hay -y no habrá- combustible para iluminar cada cuadra, pero el Estado, el Gobierno municipal y la sociedad toda son responsables de la tranquilidad en las calles. Un barrio en penumbras es un peligro en potencia para todas las personas. Las mujeres, además de los robos, asaltos y agresiones, estamos expuestas a otros escenarios difíciles como el acoso y la violación.

Es una situación asfixiante que no se reduce a la luz de una bombilla. Puedo aprender defensa personal, echarle gas en los ojos al agresor, o intentar regresar de día a la casa, probablemente camine con menos temor por esa calle, sin embargo la ciudad seguirá siendo insegura, otras muchachas pasarán el susto y la sociedad seguirá responsabilizándolas.

 

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.


2 thoughts on “Barrios inseguros

  • el 26 septiembre, 2018 a las 11:36 pm
    Permalink

    Irina te saludo con afecto. Todas las medidas que puedan mencionarte pueden parecer mínimas, pero mucho más que necesarias, son un deber, es obligación de la autoridad poner en funcionamiento todas las medidas que procuren el bienestar tuyo y de cualquier mujer, niño, anciano, ciudadano, pues; pero recuerda que es muy probable que no lo hagan porque esos que dicen ser autoridad tienen una misma característica que ese comepinga que te atacó: fueron paridos por su padre.

  • el 26 septiembre, 2018 a las 5:29 am
    Permalink

    Lo que hay que hacer rs el titulo del post metet al agresor a la carcel y condenarlo como delito, que haya una ley que penalice. Y policias que cuiden el orden en cada lugar, en cada rincon

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *