Irina Echarry

Foto: Caridad

El primer golpe lo recibió en la cara, de sorpresa. Entonces el sollozo por el juguete se convirtió en llanto por dolor. Un dolor provocado por la incomprensión, según el adulto que se lo propinó. La madre simplemente se limitó a abrazarlo como resignada.

Enseguida supe que ella recibe de vez en cuando el mismo trato. Por eso no abría la boca cuando el hombre gritaba: “no tengo dinero para comprarte eso, mira la pena que me haces pasar en la calle.” Y seguía dándole manotazos al niño que tendría unos siete años.

Cuando suceden estas cosas a mí alrededor me pregunto ¿Cómo no me pasaron a mí? ¿Acaso no fui niña alguna vez? Recuerdo que una amiguita de la primaria llegaba a la escuela con marcas en los muslos. Laritza decía que su mamá le daba con una soga. Conocí a la madre, sola, criaba a dos varones y una hembra. Siempre estaba amargada y a mí no me gustaba mirarla.

Aquello era algo terrible y lejano, porque aunque otras y otros vivían lo mismo, en mi casa no sucedía.

Una imagen guarda mi memoria: cuando se despenalizó el dólar en 1994, una niña gritaba frente a la vidriera de una nueva juguetería de la calle Obispo por una muñeca (por cierto horrible: maquillada y vestida como una adulta) y la madre le sonaba nalgadas para que se callara mientras gritaba que no tenía ese dinero (se refería a los dólares).

La mayoría de las veces me acerco a decir algo a esos adultos iracundos y salgo maltratada: “es mi hijo, no se meta.”

Pero hoy presencié otra versión sin golpes físicos ni llanto aunque no puedo decir que menos agresiva.

La madre conversaba con el hijo y le hablaba con voz amenazadora: “yo no tengo la culpa de que en mi trabajo no me paguen lo mismo que a la mamá de Yeney. Acostúmbrate, tienes que entender que somos gente pobre y nunca podremos comprar juguetes.”

El chiquillo respondió con los ojos muy abiertos: “¿y cuando cobres sí podemos?” La madre histérica se le acercó bastante y muy bajito, conteniendo las ganas de gritarle (estábamos en una guagua), le dijo: “olvídate de los juguetes, haz como si no existieran y CRECE, que no es momento para pensar en jueguitos.”

Foto: Caridad

El primero de junio fue el Día Internacional de la Infancia, en las escuelas y los medios de prensa se recuerda la fecha, algunos reciben regalos, en el teatro Karl Marx representaaron una versión de El Camarón Encantado, linda obra de José Martí dedicada a la niñez, y seguro no hubo una luneta vacía.

Pero donde quiera, (incluso entre esos mismos que ven la obra o que tuvieron algún regalo) hay criaturas víctimas de su propia familia. Una familia que guiada por la desesperación, la escasez o el cansancio, descarga su estrés y frustración sobre los más débiles.

Lo peor es que muchos de los que maltratan a sus hijos son gente amable, dispuestas a hacer el bien, ayudar a cualquiera. Sin embargo, cualquier frase o acto “incorrecto” de su prole los descontrola y descuidan la bondad en el trato hacia ellos.

Enajenados por la cotidianidad (es cierto que los salarios no alcanzan, los precios de todos los productos siguen subiendo y la doble moneda desestabiliza a cualquiera), olvidan (entre otras cosas) que la relación con el dinero no es cosa de niños.

Es tan triste. Sobre todo porque no sé qué puedo hacer.

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