Graham Sowa

Foto: Irina Echarry

HAVANA TIMES —Los médicos y estudiantes de medicina, por lo menos los que conozco, siempre tienen buenas justificaciones. Estas excusas implican conversar sobre las cargas de trabajo que nunca terminan y los innumerables informaciones que deben aprender y aplicar en un corto periodo de tiempo.

Son muy pocas las actividades que permitimos que nos alejen de nuestra profesión y estudios. De estas actividades, las dos más importantes que me vienen a la mente son una adicción (pero incluso estas pueden ser “trabajadas”) y formar una familia.

He pensado mucho en la última recientemente. Tal vez se deba únicamente a que terminé con la primera parte del examen de Licencias Médicas de Estados Unidos, que tenía un monopolio, casi total, de mi tiempo.

Ahora ya no siento que no tengo suficiente tiempo para estudiar, sino que no tengo suficiente tiempo para cambiar mi vida más allá de ser un estudiante profesional.

Si fuera mujer, la expresión que usaría ahora sería la del susurro del “reloj biológico”. Y aunque soy un hombre, siento como si estuviera viviendo tiempo prestado.

Tal vez en lugar de mencionar el “reloj biológico” lo que debo hacer es admitir que siento como si estuviera a merced del “reloj de la profesión médica”. Me enfrento a otros cuatro años de estudio, y por lo menos tres de residencia, antes de tener un horario que se parezca a lo que está acostumbrada el resto de la clase obrera.

Evidentemente, estudiar fuera de mi país complica la situación. Vivir entre dos países hace que cualquier relación tenga que sobrevivir a numerosos meses en la distancia.

Y estar a merced del programa de residencia médica de Estados Unidos significa que alguien, aparte de mí, tendrá la última palabra sobre el lugar donde viviré durante mis años como médico residente después de acabar mis estudios en Cuba. Cuando todo esto termine tendré unos 35 años.

Para muchos esto no significa nada. Cada vez menos personas forman una familia, y los que lo hacen lo están haciendo tarde. Esto es cierto tanto en Cuba como en Estados Unidos.

En los dos países la situación económica y el incremento de la cultura material alrededor de la crianza de los niños son las principales razones que se mencionan como causante del descenso de la natalidad.

Pero no estoy comprometido a unirme a la tendencia en datos demográficos. Y aquí es donde surge el conflicto con lo que he decidido hacer con mi vida.

Estudio medicina, vivo en comunidad, y siento que mi red de amigos cada vez es menos capaz de satisfacer las necesidades emocionales y biológicas. Incluso los buenos resultados en la escuela no brindan la satisfacción de antes.

Sin embargo, dentro de unas pocas semanas estaré viendo pacientes de forma regular. Tal vez esta forma de aprendizaje, más activa y más gratificante, pueda mantener a raya esta nueva necesidad de seguir adelante con mi vida.

Lo que sí es seguro es que voy a seguir con la medicina. Como decimos en el póquer Texas Hold’em estoy “comprometido con el bote”, además de estar enamorado del arte de hacer buena medicina y ver lo bueno que puede salir de ella.

Ahora estoy más cerca de entender por qué los médicos permiten que se desmoronen sus relaciones con sus seres queridos antes que divorciarse de su profesión.

Se supone que una relación no es una relación verdadera hasta que no haya sobrevivido la primera pelea. Teniendo en cuenta el número de peleas que he tenido con la medicina, hasta el punto de tener un pie fuera de la puerta, creo que estoy más comprometido con mi profesión que con cualquier otra cosa.

Voy a tener que aceptar eso, y encontrar a alguien que también lo acepte, si es que voy a hacer que ocurra eso de la familia en los próximos diez años.

Graham

Graham Sowa: He vivido en Cuba durante tres años. Me gustaría achacar la pérdida de cabello, que se ve claramente en esta foto actual, a los rigores de la vida aquí y a la escuela de medicina, pero probablemente se deba a cuestiones genéticas. Las amistades más fuertes que he hecho durante mi estancia en Cuba han sido con otros autores de este sitio web. La fuerza de esas amistades casi ha restaurado mi fe de que el mundo en la red puede traer cambios tanto fuera de esta como en la vida real. Me he ajustado a utilizar Internet una o dos horas al mes. Mientras tanto he redescubierto cosas tales como pasar páginas de libros, escribir cosas a mano alzada, y tener que admitir que no sé algo en vez de buscar rápidamente la respuesta en Google mientras el profesor no está mirando.

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