Fumigación

Por Irina Echarry

El humo sale de los apartamentos como si hubiese un fuego dentro de cada hogar, como si nada importara más que atacar al enemigo.  El enemigo ha sido el motor impulsor de muchas cosas en la isla.  En este caso el enemigo es un mosquito: el aedes aegypti.

Después del humo no hay cenizas, sin embargo, queda el piso cubierto con un líquido vizcoso con el que cualquiera puede resbalar.  Sin contar los estornudos y la falta de aire de los asmáticos o alérgicos.

En verdad el desdichado insecto es un problema para los humanos, sobre todo cuando encuentra agua y basura donde sobrevivir.  La fumigación persigue la muerte de estos mosquitos causantes del dengue, y forma parte de la campaña antivectorial que lleva a cabo el país con el objetivo de mejorar la higiene y la salud del pueblo.

Eso pudiera ser maravilloso.

Cada cierto tiempo hay que abrir las puertas de la casa a gente extraña que penetra hasta los lugares más recónditos inspeccionando los recipientes con agua estancada.  Esa gente, en su mayoría, han tenido que dejar su trabajo por unos días para incorporarse a la Campaña, por lo que no tienen el mejor trato con los demás porque hacen algo que no tienen deseos de hacer.

Además de que no sé por qué  razón se vuelven tan inoportunos.  Llegan en cualquier momento: a las 8 de la mañana cuando todos están listos para salir de la casa o a las 6 de la tarde cuando la familia regresa dispuesta a cocinar, atender a los hijos o, simplemente a descansar.  Entonces las personas se cuestionan cosas como el derecho a la privacidad y  a elegir cuándo quieres fumigar tu casa.

Se supone que ese debiera ser un servicio que uno solicita y para eso se prepara.  Hay quien tiene viejitos en el hogar o niños que duermen a determinada hora o enfermos.  Incluso hay quien no quiere que haya mosquitos, pero se sintiera más a gusto si le comunicaran qué día y a qué hora pasarán fumigando.

Muchos se resisten a abrir las puertas y someterse a tantas molestias porque de nada sirve fumigar en los apartamentos si las calles están llenas de aguas albañales, algo muy atractivo para los mosquitos.

El otro dilema son los propios fumigadores que deben enfrentarse (también) a la mala cara de los inquilinos de las viviendas fumigadas o a la demora de estos para abrir las puertas.  Sin contar (algo sumamente importante) que no tienen protección respiratoria alguna contra la mezcla de humo e insecticida que dejan en el aire mientras suben y bajan escaleras con la motomochila (que pesa bastante) a la espalda o cargada con un solo brazo, según el modelo.

Las autoridades sanitarias aclaran que las concentraciones de insecticida empleadas están diseñadas para liquidar solamente a los mosquitos, con independencia de que pueda caer algún otro insecto.  Pero si una persona está expuesta durante mucho tiempo a una carga química, algún daño puede hacerle.

El tema del mosquito es complejo.  Habría que pensar en algo menos gregario, menos masivo.  Cada ser humano es diferente y, si bien no puede contarse con cada uno para hacer los planes o las leyes que los salven o los afecten, sí se debe tener en cuenta las diferentes opiniones para mejorar una acción que se supone sea por el bien de todos.



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