Sufro por ellos y temo por mí

Francisco Castro

Tuve la oportunidad de ver varios capítulos de un programa de participación (Britain’s Got Talent) de la televisión británica, en el que se presentan personas con o sin talento, que luchan por un premio en metálico que les cambiará la vida.

En uno de los capítulos que vi se presentaron tres señoras mayores cuyo talento consistía en hacer tejidos con las manos.   Los crueles jueces del programa, respaldados por el público de un teatro abarrotado, no dejaron desarrollar la actuación de las ancianas.   Los tímbres groseros de la reprobación sonaron junto a los abucheos del público, y enseguida empezó la esperada humillación de los jueces hacia las damas.

No pude seguir viendo el programa.   Antes de las ancianas habían sido humilladas otras personas, pero en el caso de estas señoras no soporté la vergüenza y apagué el televisor.

Con frecuencia pienso y digo que no soportaría llegar a la vejez sin la capacidad de valerme por mi mismo.   Todo lo que tiene que ver con la ancianidad me produce una inquietud que me ha llevado a la conclusión de que le temo a la vejez.   Pero repito, temo a la vejez que depende de otros para existir.

Es el caso de un vecino mío.   La señora que lo cuida, su hermana, es también una anciana, pero totalmente independiente, o sea, con capacidad para valerse sola.   Esta señora con canas, despertó en mí cuando la conocí, y como todos los ancianos, un sentimiento de ternura mezclado con lástima.

El hecho de cuidar ella sola a su hermano, destruido físicamente por el cáncer, y casi olvidado por sus hijos, y atender todas las cosas que demanda una casa, la limpieza, la compra de la comida, la cocina…, hizo que este sentimiento aumentara y a él se sumó la admiración.   Hasta que escuché el primer escándalo.

El hombre, que apenas puede sostenerse en pie y balbucear palabras, estaba siendo ferozmente reprimido por su celadora por haber hecho un desastre en el baño.   Era cerca de la diez de la noche.

Gracias a ese escándalo pude enterarme de que la supuesta hermana sacrificada, había aceptado el cuidado de su hermano movida no por amor filial, sino por la adjudicación de la propiedad de la vivienda en que habitan y un sueldo mensual aportado por los hijos del hermano.

Desde la sala de mi casa pude sentir la humillación que estaba sintiendo mi vecino, imposibilitado, además, de defenderse.

Foto por Ana Arten

Los grados de humillación varían, y van desde lo psicológico hasta lo físico.   Como la del señor que se bajaba trabajosamente del P-1 en la parada de Coppelia, y el chofer cerró la puerta cuando aún tenía la mitad del cuerpo adentro.

El anciano protestó y el chofer descargó sobre él una sarta de insultos.   La respuesta de la gente en el ómnibus ante semejante ultraje fue inmediata.   Recriminaron fuertemente al chofer, que en pago, bajó del ómnibus y se tomó tranquilamente un café.

Y así, ancianos tirados en las calles, pidiéndo limosnas, o precariamente atendidos en asilos, en espera de la visita de algún familiar, si aún tienen o los recuerdan, o maltratados en sus propios hogares.

Generalmente lo que se recoge es resultado de lo que se siembra.   El cultivo de buenas relaciones familiares debería resultar en una vejez feliz.   Pero el diablo son las cosas, y aunque nuestro país posee un sistema de Seguridad Social, este no parece estar funcionando adecuadamente para todos los ancianos.

Sufro por ellos y temo por mi.   Y aunque el tema no pesa todo el tiempo en mi cabeza, no dejo de estremecerme cada vez que soy testigo de escenas como las que narré.   Que desgraciadamente se hacen cada vez más cotidianas.

Francisco Castro

Francisco Castro: Todo se vuelve más simple cuando uno cruza la línea de los treinta años. Que no significa que sea más fácil, sino más bien, todo lo contrario. Ahí estoy yo, del otro lado de la línea, tratando de averiguar, con lo poco que sé de arte, política, economía…, vida, cómo seguir sin romper algunos juramentos que parecían esenciales, cómo no claudicar, cómo hacer de los años vividos, un faro hacia el futuro.


2 thoughts on “Sufro por ellos y temo por mí

  • el 4 noviembre, 2010 a las 7:11 pm
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    El “negocio” de los Ancianos…ha “prosperado” mucho en alemania,incluso …donde hay mas puesto de trabajo es en esa Area…los hijos te envian a una casa de ancianos!!..(esas casa de ancianos son privados)….hay que trabajar,y no se ocupan de los ancianos(los hijos)!!….aqui como se dice es “el primer mundo”…con toda su riqueza …pero lo mismo que escribe,lo veo a diario en los metros,y en la estaciones de trenes!!en BERLIN!!

  • el 4 noviembre, 2010 a las 7:00 pm
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    Una vez amigo Francisco…trabaje en una empresa…que se le llaman en alemania (leihfirma),son empresas que te “prestan”,como aqui mi profesion es la gastronomia,mi jefa ..me envio a una casa de ancianos …preparaba los desayunos,y repartia los almuezos(que ya venian preparados)!!..Creo que ya escribi sobre el tema! en otra ocasion!…..pero dure pocos dias ..porque no podia creer lo que veia…y sentia…los viejitos (as) a veces “cagados”..la cama llena,de orine…Inmaginate un Cuarto cerrado…por el frio …con calefaccion!! orine y mierda! cuando entraba a llevar la comida!! casi vomitaba!! a veces abria las ventanas! para un poco de ventilacon…..a veces llamaba a la enfermera,y le decia la situacion!! me decia que …”ya voy”….peo me iba a casa,despues de 6 horas de trabajo,y los ancianos “seguian cagados y orinados”…le dije a mi jefa que no me enviaran mas alla!…..sigo

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