Festival de Cine Cimarrón

Erasmo Calzadilla

foto: Caridad

HAVANA TIMES, 21 dic — El Festival de Nuevo Cine Latinoamericano es (desde mi punto de vista, claro) el evento más grandioso que le sucede cada año a esta ciudad.

Porque ocurre en invierno el clima es agradable y la gente más afable; [email protected] [email protected] que atrae le dan al villorrio un toque cosmopolita, y por unos días el reguetón, la policía y el turismo sexual no enseñorean la noche de las principales avenidas capitalinas.

Últimamente ni al cine voy por no fajarme con las guaguas pero cuando empieza la fiesta del cine es como si cayera en celo: me olvido del transporte, del cansancio, del hambre y trato de ver todo lo más que puedo.

Empecé a interesarme por ese evento cuando entré en la universidad (año 1994). Antes de esa fecha muy vagamente, porque en el ambiente cultural de los barrios periféricos y humildes (como donde crecí) no se le hace demasiado swing.

Paradójicamente el festival no llega a los barrios, a pesar de que la idea original era alentar un cine revolucionario y popular (en el mejor sentido de esas palabras), no uno destinado a las élites ilustradas o a la clase media-culta citadina.

Ha llovido mucho desde su fundación en el 78, y el ideal revolucionario y emancipatorio se ha desteñido bastante. La gente persigue (por lo general) los filmes con gancho fácil y recursos trillados.

La industria cinematográfica de nuestro continente se ajusta cada vez más a esa dinámica y el festival de La Habana, a pesar de apellidarse Nuevo, le abre los brazos a tal cine. Con semejantes truenos hace muchos años que evitaba las propuestas latinoamericanas.

Mis horas festivaleras las dedicaba a corretear tras las pelis recomendadas o las del Panorama Internacional, pero en la edición 33 que acaba de finalizar todo cambió, gracias al catálogo que un amigo me obsequió.

Pues sí, me regalaron un catálogo (de esos a todo color que venden a un precio exorbitante para cualquier [email protected] que viva de su sueldo), y gracias a su orientación pude darme buena racha de magníficos documentales latinoamericanos.

Las luchas de [email protected] mapuches por recuperar sus tierras en mano de las trasnacionales; el intento por enjuiciar a los responsables de genocidios en Guatemala, que aún siguen libres; la vida política de un literato que llegó a presidente de Dominicana tras la dictadura de Trujillo; el drama de [email protected] pobladores indígenas de la caribeña Paraíso, que están siendo desplazados por el turismo residencial de extranjeros adinerados; el espionaje sistemático que sobre los luchadores independentistas realizó el gobierno de Puerto Rico con la ayuda de la CIA.

De todo eso y mucho más ahora estoy mejor informado y sensibilizado gracias al catálogo que casi nadie puede comprar.

Yo sé que se hace un esfuerzo, que la cuestión económica es delicada y aún así la entrada a los cines sigue siendo muy barata, pero ante la disyuntiva de convertir al festival de la Habana en uno cuya identidad sea solo regional (para el “gran” cine latinoamericano), preferiría, y creo que sería muy interesante retomar la modesta (en términos económicos) pero ambiciosa y hermosa (en términos estéticos y políticos) idea inicial.

¿Tiene el ICAIC interés de ello o habrá que inventar el Festival de Cine Cimarrón?


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