El favor

Por Caridad

Había una ciudad donde las casas tenían pensamientos propios.  La gente debía pedirles permiso para habitarlas, debían mostrar sus buenas intenciones todo el tiempo, agradecerles ese inmenso favor de permitirles vivir dentro de ellas: ocultarse del sol y la lluvia, criar a los hijos y recibir amigos.

Por todas esas cosas la gente debía dar gracias  día y noche, aunque las hubiesen construido con sus manos, ellos o sus padres. Daba igual. Había que agradecer. Y el agradecimiento incluía dejar de hacer cosas que molestaran a las casas, o hacerlas al modo de ellas.

Hay una ciudad donde cualquier historia semejante a esta es un cuento de hadas, en comparación a los favores que debemos pedir a diario.

Anoche caminaba por la calle 23, no tenía prisas en llegar a mi casa y me detuve frente a la heladería Copelia.  Normalmente cierra sus puertas a las 9:00pm, pero este mes decidieron extender su horario hasta la medianoche, teniendo en cuenta la gran cantidad de personas que, de vacaciones, apenas encuentran sitios donde tomar helados en moneda nacional.

Ahí va el primer favor.

Los tomadores de helado debemos agradecer que, al menos, exista la heladería Copelia, único lugar donde, con plena seguridad, se puede encontrar el dichoso helado casi todos los días de la semana.

Uno de los tantos custodios del lugar me permite entrar a una de las secciones abiertas, pero a medio camino ya no hay nadie que me indique qué mesa puedo ocupar. Una voz grita al custodio de la puerta que no deje entrar a más nadie, se acabó el helado.

Son las 10:00pm (faltan dos horas para el cierre).

Desconcertada pregunto a uno de los gastronómicos dónde puedo sentarme. Él repite la frase: se acabó. Otro de ellos, desde una silla, me pregunta:

  • a ver, cuántos tú quieres?, siéntate allí.

Próximo favor.

Debo agradecer a este fulano que no me diera la espalda como todos los demás, que sin levantarse de su silla me indique una mesa sucia – chorreando agua – donde puedo esperar a que me traigan mi helado.

No encontré a quién pedirle que me limpiara la mesa.  El Fulano había desaparecido y los demás dependientes se movían como zombis o emitiendo gritos entre ellos.

Alguien colocó encima de la mesa un pozuelo con algo semi derretido que podría recordarme aquellos helados que en mi niñez saboreaba en cafeterías de 7ma categoría.

Es el mismo helado que venden hace mucho tiempo, nada que ver con el “Copelia”, ese está destinado al área en CUC, donde una tímida bola tiene el gracioso precio de 5 ´0 6 días de trabajo.

Qué gran favor.

Que aún nos vendan un poco de helado, aunque no sea copelia, ni se le parezca.

Qué gran favor. Que dejen abiertas las puertas hasta la media noche…aunque a las 10:30pm ya no hay helados.

El dependiente no me trajo un vaso de agua…ni limpió la mesa.

Pero debí salir rebosante de agradecimiento, porque logré tomar helado, me hicieron el favor de despacharme un poco de “su” producto.

El Copelia es solo una de esa apabullante cantidad de casas-pensantes con las que nos encontramos todo el tiempo. A las que hay que agradecer por su displicencia para vendernos productos malos, a precios humillantes.

…y continuamos dando las gracias…

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Compañeros, Varadero, Cuba. Por Cheril, LeBlanc (Nova Scotia, Canadá). Cámera: Nikon D 3400

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