El dilema de los mangos

Por Erasmo Calzadilla

Fajado estaba yo la mañana del sábado una vez más con el Nuevo Tratado del Entendimiento Humano, de Leibniz, estupefacto de cuan oscuros y desordenados pueden llegar a ser los Grandes Filósofos, o tal vez las traducciones de estos, cuando llegó mi abuela contando molesta y encabronada lo que había visto.

Por coger una pausa salí a escuchar la historia que “mima” alterada contaba. Se trataba esta vez de que El Loco se había metido en la finquita a tumbar mangos, y ella había tenido que llamarle la atención.

Pero para entender este cuento hay que hacer un rodeo: en medio del periodo especial, hace casi 15 años, las leyes dieron el visto bueno a lo que ya venía ocurriendo de manera casi imparable: la ocupación de los terrenos públicos por particulares principalmente para cuestiones de autoconsumo.

Era grande el hambre en esa época, y estos terrenos donde los niños jugábamos devinieron finquitas mucho resolvieron. El reparto no fue del todo justo ni organizado, sino que como en la ocupación del Oeste norteamericano, según las películas, las tierras fueron de quien primero las cercó.

Sin tener que fajarse con nadie mi padre y mi difunto abuelo limpiaron y sembraron, al lado del edificio de donde vivimos en el Eléctrico, en los límites de la Ciudad de la Habana, una parcela bastante árida como para que alguien la deseara, y es que nadie sospechaba que en aquel pedregal podían crecer más que yerbas silvestres. Pero a base de sacrificio lograron algunos árboles frutales con los que mi abuela prepara sendos batidos nocturnos en la temporada de cada fruta.

Aunque no como en el periodo especial, hoy el hambre vuelve a tocar las puertas de los cubanos bajo la sombra de la de crisis mundial.

A menudo, sobre todo en vacaciones, entran los niños de por ahí a la finquita a recoger las frutas del suelo … y mientras yo suelo hacerme el chivo loco en estos casos, mi padre si los ve les da un buen regañón, pues grande es su sentido de pertenencia.

Pero otras veces se meten los muchachones y entonces si que es un problema mayor.  En primer lugar por que suben a las matas y arrasan no dejando ni un mango para el comemierda que se sacrificó.  En segunda lugar por que estos jóvenes de que hablo son generalmente expresidiarios de mal ambiente, fruto tan común en mi barrio, armados casi siempre de cuchillos y punzones, con los que cualquier encuentro cercano puede ser el inicio de un tur que puede llevar a la tumba, al hospital o a la cárcel, en los peores casos.

La caída desde la metafísica leibniziana hasta la cruda realidad barrial me fue como un chorro de agua fría, mi primera reacción al cuento de mi abuela fue: “deja que se los cojan todos (y palabrota a continuación)” y fui a meterme de nuevo contra El Entendimiento Humano.

Continuará…

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Puerto de La Habana. Por Bob Nikkel, EUA. Cámera: iPhone 8

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